LOS FANTASMAS DEL
CINE REGINA
Advertencia:
A quienes tengan la amabilidad de entregarse a la lectura de este relato, les
debo aclarar que la obra no deberá encuadrarse dentro de ninguno de los
formatos normalmente establecidos, ya que, a medida que lo iba armando,
diversos factores me hacían notar que me exponía a caer en errores que me
ocasionarían evitables disgustos. Así fue que de ensayo pasó a cuento corto,
luego a cuento extenso, luego a semi crónica y terminó en un formato impreciso
capaz de acomodarse al gusto de cualquier lector. Lo que más me costó fue
aceptar que fácilmente podía ser un casi documento, por mi inflexible decisión
de respetar fechas y lugares, pero ese riesgo se soslayó evitando las mayores y
más delicadas precisiones. Así que apreciaré como autor, que me concedan el
permiso para citar datos que podrían prestarse a dudas y confusiones sin llegar
a ello. Esta obra no pretende ser un libro de consulta, sino apenas un
cuadernillo de datos tipo paranormales con el que pasar ocios y ratos libres en
forma más o menos amena.
Pasaron tantos años de aquello, que ya no puedo precisar cuando ocurrió. Y si mucho me esfuerzo por recordarlo, corro el riesgo de perder hasta la certeza de que haya ocurrido alguna vez. Pero apelando a la clara memoria de mis cercanos amigos, hoy reconozco que sin dudas, sí ocurrió. Y fue en los años 80, en Munro, en las instalaciones del viejo cine teatro Regina, donde había recalado para sumarme a un transitorio espacio radial en la emisora FM Munro, destinado a temas de tipo esotérico, invitado por mi querido Amigo Omar Cabrera de la Fuente.
Cuando llegué
allí, el país había iniciado su inexorable caída y casi no quedaba nada de todo
lo pujante y rico de las décadas anteriores, así que no me extenderé demasiado para
indicar que aquel cine había visto años de verdadera opulencia, de la que
participaron todos los sectores de la empresa. Por ejemplo, el espacioso
vestíbulo, hoy vacío y lleno de polvo y trastos, daba lugar a una magnífica
confitería a la que acudían clientes de toda la zona norte, porque después de
las diarias funciones nadie se marchaba a su casa sin antes pasar por aquel
local de ensueño, donde se unían deliciosas gastronomías, exquisitas
decoraciones y lo más selecto de la juventud.
Pero todo aquello
no es parte en absoluto de este relato. Apenas es un párrafo para ubicarnos en
el ayer y el hoy de aquel lugar descuidado y triste. Era una construcción
antigua pero muy sólida, amplia y apta para varios fines. El cine ocupaba la
mayor superficie, con su sala para poco menos de cuatrocientas personas y todos
los elementos necesarios para su normal y actualizado funcionamiento. Las
butacas estaban dispuestas a la usanza clásica en forma de herradura, contaba
con un sistema de iluminación con seguro contra cortes de energía, un sistema
de audio dotado de características novedosas como sonido envolvente con ocho
canales, sincronizado con el súper proyector de video en Cinemascope. Y todavía
no logro entrar en el tema que me interesa: los fantasmas.
Puede que el
asunto no sea dominado o conocido por todos, pero la verdad es que podemos
afirmar sin temor a equivocarnos que no hay un cine, teatro o sala de
espectáculos que no tenga el suyo. Uno cuando menos. Esto se debe a varios
motivos. Así como estos sitios tienen en este reino un número más que
importante de seguidores entusiastas, debemos considerar y tener muy en cuenta,
que también los tienen en el otro lado, en el más allá, en la siguiente
dimensión. Y que toda esa masa de asistentes, dada su condición de invisibles,
impalpables e inaudibles, puede ingresar a las salas sin anunciarse ni pagar
entrada. No podemos saber que están entre nosotros y eso para ellos no es un
problema. Muy por el contrario, pueden disfrutar de los espectáculos con total
libertad.
Pero eso no es lo
importante ni mucho menos. Ocurre que en la naturaleza nada existe
separadamente, sino íntimamente ligado al todo del que forma parte. Y en
especial los fantasmas, quienes saben muy bien esto y lo aprovechan lo más que
pueden. Los trabajadores de estas salas, más allá de cuales sean sus oficios y
especialidades, forman parte también de una corte muy especial de seres, casi
intermedios entre unos y otros, al punto que hay ocasiones en que no es posible
distinguir un fantasma de quien no lo es. En parte porque la muerte es una
natural secuencia de la vida, su directa prolongación. Es como un cable de
diferente color, que sigue siendo parte de la misma obra. Y también porque se
sienten atraídos por esa atmósfera inseparable que los mantiene animados y
vivos.
Una noche llegué a la sede del cine para hacerme cargo del programa radial un buen tiempo antes del horario fijado y al cruzar el espacioso vestíbulo, vacío, oscuro y poco amigable por los riesgos de golpes y caídas accidentales, al adaptarme al ambiente en un par de minutos, vi cómo el espacio era surcado por colores y sonidos cuyo origen no conocía. Habituado a esas raras situaciones debido a mis dificultades visuales, permanecí quieto tratando de ver qué sucedía. No tardé en descubrir que me hallaba en el sector donde confluían los pasillos que llevaban a los viejos palcos, ya en desuso y arrojados al más llorable de los olvidos.
En unos segundos descubrí que era aquel un envidiable puesto de
observación desde donde podía observar en detalle hasta el más mínimo rincón
del primer piso: la sala de máquinas, donde estaban los controles del telón y
los cierra pantallas; los comandos de la parrilla de luces y los interruptores eléctricos
de todas las dependencias, activas y no. Los accesos a sitios increíbles como las
luminarias de la terraza, los neones de la calle y los escondrijos umbríos de
los vestidores del sótano. Glorioso lugar aquel, un verdadero Puente de Mando
para el mundo de los que no se ven y prefieren no ser vistos. Y para quienes,
como yo, nos sentimos parte viva de ese intermedio entre la realidad, la
fantasía y el desconocido escalón donde acudimos los buscadores de misterios.
Empachado ya de
tantas ignotas maravillas, me entregué a disfrutar la película que estaban proyectando:
Las brujas de Eastwick, de la que surgían los sonidos y colores qua atrajeron
mi atención un rato antes. Paso a paso me fui acercando al salón auditorio
procurando una mayor concentración y así fue como empecé a distinguir los
fantasmas del lugar, sombras vacilantes que se acercaban y permanecían junto a
mí, sin saber con qué intenciones, creyendo entender que debían y necesitaban
recargarse cuanto antes, sin exponerse a accidentes ni acechanzas de nuestra
parte. Debía recordar que para ellos éramos el enemigo, lo malo, la Luz y que
nuestra proximidad era ciertamente un gran riesgo que no deseaban por nada,
asumir. Ellos necesitan nuestra energía psíquica no sólo para vivir, sino
también para poder concretar las tareas que su condición diferente les impone,
como si fuera su propio metabolismo.
La proximidad de dos razas casi antagónicas siempre fue una convivencia difícil si no imposible. Y más aún, cuando ambas siguen un curso vital con vínculos permanentes y obligados son causa de cismas difíciles de evitar que pueden escalar hasta un nivel importante. Las Luces y las Sombras no son sólo nombres de bandos que no pueden convivir a pesar de sus más nobles intenciones. Son dos civilizaciones extrañas entre sí, que a pesar de ser casi idénticas morfológicamente, son sumamente distantes en casi cualquier otro aspecto.
Tal vez la razón de las difeferencias radique en el origen o creación de ambas y el aspecto emocional que se haya filtrado en ellas hasta el punto más recóndito de la espiral cromosómica, desde el cual la mínima posibilidad de cambio se torna imposible.
Para explicar este fenómeno no es necesario extendernos demasiado en discusiones fútiles. Basta con enunciar que todo lo que existe se nos manifiesta a través de dos formas elementales que se hallan por doquier: las vibraciones y los ciclos. Si en el futuro surgieran nuevas formas de vida o llegaran desde el espacio exterior o de cualquiera otro lugar ignoto, deberán ajustarse forzosamente a esos parámetros, pues son y serán invariables, permanentes, eternos. Existen muchos seres que no conocemos, que no podríamos comprender siquiera. Pero aceptando esa condición básica, no hallaremos impedimento para entendernos. Existen mil formas de manifestaciones que nos son extrañas y eso es sólo porque rechazamos adecuar nuestra mente a lo que se nos presenta. Aceptando comprender y entender esas entidades, no hay motivos para alejarlas o temerles.
Comparten nuestra realidad seres de otros tiempos, ya sean del pasado como del futuro, tanto próximo como lejano. Algunos podrían provenir de lugares tan remotos que para alcanzarlos en su nivel evolutivo deberíamos recurrir a medios teóricos o poco probables, como la de Einstein-Rosen, que nos permitiría desplazarnos por dimensiones diferentes a las nuestras, experiencia por el momento reservada sólo a la Ciencia Ficción.
Con frecuencia se especula también con viajes, elementos y seres interdimensionales, aunque realmente la sola explicación del concepto de las dimensiones o planos simultáneos de existencia, es dificultosa para quien no está del todo familiarizado con él. También es común hallar textos mencionando a diferentes categorías de seres conviviendo con la humanidad en forma casi cotidiana, como Ángeles, Maestros, Regentes, supuestos Comandantes de Fuerzas Visitantes, y toda una vasta gama de personajes fuera de nuestras posibilidades de percepción, siempre protegidos por un aura de invisibilidad y misterio. Es abrumadora la cantidad de disparates que se dicen, se escriben y se publican sobre estos temas. Sin embargo, entre toda esa montaña de conceptos, siempre puede rescatarse algo de verdad. verdad. El origen de las dudas sobre estos asuntos se halla en el pleno desconocimiento que abriga la humanidad sobre la vida y la muerte, ese Gran Umbral donde callan todas las opiniones y se diluyen todas las certezas. Es el Misterioso Portal frente al que hacen silencio los más Sabios y temen hasta los más osados. Pero si un día se llegara a descorrer el velo que lo cubre, todo miedo se disiparía en un instante y aún los más cobardes tomarían decisiones que hoy ni siquiera sueñan.
El misterio de
la Vida y la Muerte, ciertamente lo es solo para los ignorantes, pues ambos no
son más que los extremos del hilo de la existencia que todos transitamos. Para
que resulte más gráfico, reemplacemos el término “hilo” por “senda” y busquemos
un ejemplo. Nacemos -entre un determinado número de personas que es nuestro
“Comité de Bienvenida” con el que deberemos permanecer toda o, al menos, buena
parte de nuestra existencia, porque conforman el lazo cósmico que nos vincula
con el Universo. Es el laboratorio donde la Vida nos someterá a todo tipo de pruebas y tribulaciones hasta que
lleguemos a ser el modelo completo al que estamos destinados. Esos seres
conforman los procesos a los que deberemos ser sometidos hasta lograr el propósito
original, las diferentes notas de una infinita sinfonía celestial, los paulatinos
toques de las duras herramientas que nos darán forma, los innumerables pasos
que inevitablemente habrán de conducirnos hasta un peldaño evolutivo superior,
motivo de nuestra existencia. Aquí cabe preguntarnos si realmente es válido
transcurrir toda una vida de dolores, lecciones y pesares, nada más para dar un
simple paso. Por supuesto, la respuesta es sí, aunque resulte absurdo a nuestro
entendimiento.
Para que suceda semejante
fenómeno fueron necesarios muchos días de la cadena del tiempo, muchas entidades
de naturaleza tras humana, muchos controles de las ruedas del Karma, y otros
mil elementos que pasan a ser ingredientes irreemplazables en la formación de
nuestra trina conformación (materia, mente, espíritu); nuestra dual expresión (cuerpo,
alma) y nuestra individualidad, resultado final de numerosos elementos
constitutivos cósmicos. Y para que todos ellos se mantengan organizados y
estables (en buena salud) debe existir algo que los rija con fuerza y armonía
(conciencia). Pero cuando por cualquier razón no se pueda ejercer ese debido
control, sobrevienen la enfermedad, el deterioro y la inevitable muerte.
Sin embargo la
muerte no es el final. Sería ilógico creer que semejante complejidad fue
diseñada para vivir apenas unos 80 años en promedio y nada más. El hombre por
fortuna no puede acceder a todas las importantes fuentes del conocimiento,
porque carece de la responsabilidad de utilizarlo en forma positiva. Así y
todo, se las ingenia sobradamente para cometer toda clase de desatinos que bien
le valdría la pena de expulsión del planeta donde vive, que sería probablemente
la segunda. Pero sabemos que este planeta otorga varias oportunidades, de modo
que la vida continúa sin grandes sobresaltos una y otra vez.
Constantemente
vemos como nacen niños en todas partes, a pesar de las calamidades que nos
azotan sin cesar y nos cuesta aceptar que la ley natural permita tal
despilfarro de energía. Así y todo, los niños siguen viniendo. Y viven, se
reproducen, se deterioran y, finalmente, mueren. Por las múltiples vías de la vida, nacimientos
y muertes se suceden cada vez con mayor celeridad. Pero al comprobar ese
inmenso tránsito en uno y otro sentido, algunas veces nos preguntamos qué
sucede con los que se marchan. Hay una forma de velada angustia interior que
nos obliga a preguntarnos qué sucede con las personas que gozaron de prestigio,
fama y encumbramiento. Simplemente, se marchan como todos, no hay diferencias
al final. Nadie hay más encumbrado que nuestros seres queridos, que se van
igual que todos. Todos nos vamos de la misma manera y al mismo lugar. Y el
Universo dispone de Leyes y Controles que lo supervisan todo y nunca se
equivocan. Existe un día en que todo se sabe, todo se paga, todo queda en paz.
Y todo se termina y vuelve a nacer. El Universo un día nos lo dirá todo y no
necesitaremos preguntarnos más.
¿Dimensiones? Sí, existen y las hay por doquier. Son como cuadernos en cuyas hojas debemos escribir nuestro aprendizaje, nuestras pruebas y nuestros avances y retrocesos. Cada dimensión o cuaderno da cabida a cierto tipo de seres directamente relacionados con ella y con las pruebas que deben afrontar. Finalizado el aprendizaje y luego de resultar aprobada en esa fase particular, cada alma adquiere un nuevo grado de avance, de lo que se deduce que podría ocurrir que algunas almas se estacionen en una dimensión por alguna causa especial que no es discutible ni tratable libremente.
Cada dimensión tiene su Maestro, su programa de trabajos y ciertos individuos que permanecen anclados en ellas hasta cumplir su tiempo y su misión. Es digno de considerarse entonces, que podrían existir seres “en tránsito” que tal vez pudieran cambiar su condición, misión o estado. Podría existir la posibilidad de que ciertos Seres un día dejaran de ser lo que son para dar un salto evolutivo y, avanzando en su escala, convertirse en otro tipo de entidad. Podríamos preguntarnos, por ejemplo, si un demonio obcesor tiene la posibilidad de convertirse en un ángel benefactor. Como humanos tenemos una infinita imaginación capaz de proponer una gran variedad de situaciones, pero no tenemos la posibilidad de definirlas, y sabiamente sólo se nos permite conservar la duda hasta poder abordarla en mejores tiempos y condiciones, aunque responsabilizándonos de tan delicado tema hasta entonces. Desconocer un tema por completo no nos da autorización para espiar por él desde rendijas y ojos de cerraduras. Además, cada esfera de Conocimiento está celosamente protegida de ojos que se dañarían irremediablemente por ver lo que no deberían, como nos ocurrirría si observáramos la luz natural a ojo desnudo.
Aquel tipo de hipótesis abre camino a un abismo de dudas y controversias que mil
filósofos no han podido aún desentrañar. Y no sé si alguna vez habrán de
lograrlo. Por lo pronto no sería bueno presentar esta inquietud a un sacerdote,
quien a no dudarlo nos echaría a los perros ni bien terminamos de enunciársela,
por apostasía, blasfemia y sacrilegio.
Entre las sombras del cine podía seguir los detalles del film sin perderme una escena o una palabra. Ya que había tantos palcos disponibles en la casi oscuridad, elegí uno y me acomodé en él. Parecerá tonto, pero cuantas más veces veo una película, más la disfruto. Los profundos bajos de la banda sonora, los chasquidos secos de los metales al moverse y chocarse, no son los mismos al escucharlos diez veces, aun adelantándonos al instante en que suceden. Pronto me di cuenta que no era sólo yo quien disfrutaba el espectáculo repetido. En efecto, a unos pocos metros de mi lugar secreto, descubrí a otro cultor de los filmes viejos y repetidos. Quise ver de quién se trataba, moviéndome en el palco tratando de hallar una posición más propicia, pero no hubo resultado. Por el contrario, unos violentos chistidos castigaron mi osadía. Volví a la quietud y al silencio. Intenté fisgonear en varias ocasiones con idéntico resultado, pero noté que a mi vecino mi presencia no le importaba, por el contrario, él disfrutaba la función en forma imperturbable. Al recordar que la película se acercaba ya al final, volví a observarlo para ver sus reacciones, y quedé consternado al comprobar que ya se había marchado. Habiendo descubierto que tenía un compañero para mirar películas como polizón, procuré descubrir si había más. No me sorprendió en absoluto comprobar que sí los había. Había varios más, que se sumaban a las funciones de la tarde y noche, tal vez porque eran los horarios de menos asistentes y más silencio. Loa observé repetidamente. No eran más de tres y se mantenían en actitud completamente pasiva: uno era calvo del todo, otro lucía una mediana cabellera blanca, brillante y prolija; y el tercero, como para completar el muestrario, se destacaba por mostrar una abundante pelambre rojiza e hirsuta como la de un guerrero vikingo.
Rara mezcla de
cabellos, cabelleras y peinados, para esta exposición de seres escurridizos, que ocupaban los pasillos
oscuros del cine Regina aquella noche. Pero no lo hicieron durante mucho
tiempo, ya que al terminar la proyección se encendieron las luces y la magia se
esfumó.
Entre las semioscuridades de los pasillos que recorrían los viejos palcos en desuso, yo permanecí atento a lo que sucedía. Inicialmente, nada sucedió. Pero de pronto, aparentemente sin motivo, la polvorienta cortina de uno de aquellos palcos, se agitó con fuerza. Confieso que no me fue posible mantener la sangre fría y caí en un estado de miedo infantil que me avergüenza. Hubiera querido huir sin la menor duda, pero me contuve: no por valor sino por curiosidad. Sentí que allí estaba la oportunidad de saber qué estaba ocurriendo en verdad y qué sería lo que sucedería en el instante siguiente. Si bien creo en todo lo que dicen los cuentos e historias de todos los tiempos, también sé que es poco probable que un ser de esos que pone los cabellos de punta se manifieste como si nada, sólo para ser reporteado. No sé si perdí la oportunidad de mi Vida, pero no lo creo. Nuevamente me hallé siguiendo la película entre las sombras de aquel sector llamado el entre palcos, con mucho más miedo que valor. En tiempos normales los entre palcos están suavemente iluminados por una mínima tensión eléctrica, pero en estos días permanecen del todo a oscuras sólo por ahorro, lo que por muchos motivos me parece descabellado. Apenas reiniciado el film, procuro descubrir los detalles de lo que estaba sucediendo, especialmente si habían regresado mis amigos polizones. En cuanto me acostumbré a la penumbra comencé a detectarlos. Pero ya no eran tres, sino siete.
Me parece
mejor no entrar en las descripciones, porque no puedo saber cuántos
serán en total. Y me felicito por esa decisión, pues mientras digo esto se
agita nuevamente la cortina del palco que está más cerca de mi posición y
compruebo con espanto que hay otro
polizón, pero este es muy alto y, no sé por qué, me parece amenazador. Me pongo
de pie con la valerosa intención de una vergonzosa huida, pero me parece que
desea cortarme esa mínima posibilidad. Es una sombra de tal vez dos metros de
alto y vestida de traje, levitón, esmoquín o algo parecido, de calidad superior.
Recordé en ese momento a los vampiros y seres similares, sobre todo porque no
lo veía pisar el piso, como si flotara en el aire. Vino hacia mí en una densa oscuridad
y alzó sus brazos como para asirme del cuello. No llegué a decidir un medio
defensivo, cuando sentí que por fortuna pasó sobre mí dejándome percibir nada
más una helada oscuridad… y desapareció. Me dejé caer sobre la más cercana
butaca y me quedé en ella hasta poder reaccionar.
En verdad, no sé qué ocurrió. Desconozco si aquella sombra tenía algo más importante que hacer, si nunca tuvo intención de dañarme, si tuve un miedo irreflexivo y sin causa… confieso que no tengo idea sobre lo que sucedió, pero me alegro mucho que no haya sido para más.
Algunos
estudiosos sostienen que vivir implica aceptar cambios permanentes en nuestra
vida y en nuestra morfología, que mientras vivimos estamos expuestos a todo
tipo de agentes que nos desgastan, nos deterioran y nos enferman. Y si no
hallamos el medio de recuperarnos de esos insistentes asedios, estamos llamados
a perecer por ellos, ya sea por enfermedades, accidentes o, incluso, crímenes.
A la hora de devolver el envase a la Tierra, no importa el medio. Sólo importa
cumplir la obligación de devolverlo. En el transcurso de nuestros días muchas
veces veremos situaciones que nos resulten sumamente dolorosas o extremadamente
injustas. Y entenderemos en el momento oportuno lo que dice un antiguo axioma: “Para
morirse sólo hace falta estar vivo”. Y otro axioma: “Extraño Ser el hombre, que
nacer no pide, a vivir no aprende, y
morir no quiere”.
Las religiones
insisten en que los humanos debemos esforzarnos por volver a la tierra después
de la transición de cualquier manera, salvo los casos aquellos en que la tarea
resulte imposible en absoluto, como por ejemplo serían los incendios, los
hundimientos, las explosiones y otros que ocasionen una pérdida completa del
vehículo físico. Sin ese esfuerzo el Alma Inmortal vería graves dificultades
para ingresar al reino siguiente, porque así como no pudo decidir en qué forma
se incorporaría a nuestro cuerpo, parece que tampoco le interesa saber cómo lo habrá
de abandonar. Ocurre que la armonía que debió lograrse entre materia, mente y
alma al momento del nacimiento, debe
mantenerse durante toda la vida y sostenerse hasta el instante de la final separación.
Pero más allá de
lo expuesto, podemos estar seguros de que los fantasmas existen, aunque todavía
no sepamos con certeza qué son. Se afirma casi con total convicción que un
fantasma no es otra cosa que un alma en pena. Es decir que cualquier difunto
que no se haya ido de este reino en paz, con seguridad será un fantasma, hasta
que haya logrado ordenar sus asuntos. A partir de esta afirmación, podemos
entender que existen dos tipos de fantasmas cuando menos: los buenos, simpáticos
y hasta juguetones, que suelen ser víctimas de humanos de poco juicio y mala
catadura. Un ejemplo de estos es “El Fantasma de Canterville” personaje
ficticio de un relato de Oscar Wilde, víctima de los abusos y burlas de sus
descendientes, todos muchachones despreocupados y entregados al vivir bien a
costa de las arcas de sus antepasados. Y los malvados, de los cuales es mejor
no hablar, debido a la bajeza obscena que caracteriza su naturaleza, y que
aparentemente subsiste, probablemente hasta agotar la energía que lo anima. En
estos casos casi siempre se origina en deseos de venganza, culpas o deudas que -deben
equilibrarse y hasta en celos enfermizos por una insatisfacción sexual que lo
atormenta durante encarnaciones. Existe la infortunada tendencia a confundirlos
con los demonios, aunque tienen una diferencia muy importante. Los fantasmas
alguna vez fueron seres humanos; mientras que los segundos, no. La maldad
yacente en estos últimos es tal, que es sabida la conveniencia de ni siquiera
mencionarlos pues, como seres energéticos que son, su polaridad negativa es
tal, que siempre están listos para manifestarse en la primera ocasión que se
les dé. Se dice que con sólo pensarlos, nombrarlos o referirlos por escrito, ellos
se consideran convocados y acuden prestamente, como sucede con los tableros
Ouija, cierto tipo de espejos y algunas armas, talismanes y rituales
específicos. Pero en verdad con citarlos, ya es suficiente.
Los fantasmas
malvados son seres de oscuridad aunque situados en una categoría diferente a
los demonios, y guardan en su naturaleza una miríada de bajas pasiones y
emociones, lo que les impide el ascenso por tiempos humanamente imposibles,
pero entendiéndose que, al menos en teoría, les llegará algún lejano día el
momento de su liberación. Mientras tanto son su hábitat todos los lugares de
padecimiento. Una buena parte de ellos ocupan casas abandonadas, castillos,
palacios, cuarteles, lugares donde hubo trincheras y campos de batalla. O
lugares donde ocurrieron sucesos con muchos fallecidos como el recordado World
Trade Center (1973-2001),o lugares donde
hubo accidentes luctuosos, como la tragedia de Los Alfaques en 1978, en
Terragona, y el accidente de Torre del Bierzo de 1944, el mayor de su historia,
ambos de España.
Los fantasmas
viven y se manifiestan no sólo en antiguas residencias, parroquias abandonadas,
castillos embrujados y hospitales en desuso: pueden vivir en cualquier lugar,
habitado o no, donde un desencarnado se halle aprisionado sin la paz necesaria
para su descanso. Suelen instalarse en lugares donde vivieron y transcurrieron
sus peripecias, donde yacen sus restos sin haber sido consagrados, desgraciados
y abandonados, soportando en muchas ocasiones una larga sobrevivencia falta de
Luz y Bendición. Hay muchos recorriendo los mares a causa de naufragios, otros
cuyos cuerpos fueron a parar a abismos de hielo, en glaciares, o a abismos de
fuego, por volcanes o sismos, o antiguos campos de batalla, donde sus despojos
quedaron sin consuelo, sin esperanza, y –tal vez lo peor de todo- sin fe. Hay otros donde quedaron malheridos,
faltos de auxilio, sabiendo que la muerte sería una bendición, pero podría
tardar mucho en llegar. Hay una gran
variedad de fantasmas y cada uno tiene su historia y su manifestación particular.
Pero todos son almas que necesitan compasión, comprensión y una gran dosis de
amor. Un fantasma no hace daño: por el contrario, nos agradecerá vivamente si
le damos asistencia y consuelo. “Las trincheras de Verdún fueron el infierno de
la Primera Guerra Mundial, marcadas por una guerra de desgaste extremadamente
sangrienta entre febrero y diciembre de 1916, resultando en alrededor de
700,000 bajas y un paisaje devastado. El bombardeo masivo de artillería y los
combates se libraron en un terreno que se volvió un lodazal, sepultando a los
soldados bajo barro y restos de obuses, convirtiendo las trincheras en zonas
inhumanas de muerte y miseria.” (Wikipedia)
Una verdadera
enciclopedia de la fantasmogénesis es la recopilación de las crónicas de la
segunda guerra mundial, un desgraciado manantial de historias de catástrofes en
aire, mar y tierra, cada una plena de fallecimientos, heridas y desapariciones
a causa de los combates y las bajas incesantes. Si bien casi todas tienen
explicaciones claras, también existen las que no la tienen o conducen a
misterios difíciles de explicarse aunque esas casi todas son atribuidas a
simples bulos.
En una ocasión
me tocó vivir una interesante experiencia. No suelo incluir en mis relatos
hechos de mi vida personal, pero en esta ocasión vale la pena ventilar uno en
particular. Estando en unas forzosas vacaciones en la sala de T.I. de la
clínica donde me atienden, a raíz de una afección cardíaca de la que
afortunadamente me repuse en pocos días, tuve un raro encuentro con unos seres
extraños que luego identifiqué como fantasmas. Eran de los amigables gracias a
Dios, pero lo supe luego de volver a casa y revolver papeles y memorias. Eran
parecidos a dos pequeñas nubes animadas de un suave matiz azulado, a las que se
les podía diferenciar una cabeza sin rasgos, apenas con dos grandes ojos negros
como los de los extraterrestres grises de las crónicas y flotaban en el aire
sin ruido, aunque entre ellos parecían sostener una animada conversación. Sólo
pasaron ante mis ojos como para hacerme tomar conciencia de su existencia, nada
más. Y desaparecieron suavemente, como un aroma. Para describirlos en pocas
palabras, diré que eran idénticos a Casper, el fantasmita amigable de la
película, conocido en español como Gasparín. Supe de una experiencia idéntica
con un pariente, sólo que en un taller de chapa y pintura. Y fuera de ellas,
ninguna otra.
Pocas noches
después, ante otro encuentro en la FM Munro, volví a acomodarme en mi butaca
del cine con el propósito de asistir a otra función gratuita, en el sector
donde antes se hallaba la antesala de los palcos, desafectada y a oscuras.
Mucho me sorprendí al hallar ocupado mi lugar. Saludé amablemente al intruso,
sin obtener respuesta, actitud que me indignó. Era raro que no respondiera mi
saludo, cuando estaba usando descaradamente aquella butaca. Pero como hay gente
para todo, no quise importunar al extraño y ocupé otra, también cercana, para
fastidiarlo. Supe que había logrado mi propósito, pues al instante se levantó y
se marchó. No se fue muy lejos, apenas tres o cuatro lugares más allá. Y sin
más, comenzó la proyección. Esta vez sería “La Milla Verde” con Tom Hanks, Michael
Clarke Duncan y elenco.
Miraba al
extraño con insistencia, procurando iniciar un diálogo, pero creo que captó la
idea y se entregó al film por completo. Promediando la proyección noté que se
había marchado y di por perdido ese día. Pero estaba equivocado. Cuando me
entregaba a las delicias de un exquisito café expreso bien espumoso, lo veo
entrar a la cafetería dirigiéndose resueltamente al mismo lugar en que me
encontraba yo y lo saludé extendiéndole la mano. No me respondió de ningún modo
y yo quedé estupefacto, pensando cuales serían mis próximos pasos. Pero él se
adelantó.
-¿Qué desea
Usted de mí? Me preguntó con una voz notablemente artificial y metálica, como
la de los operadores de celulares. –Me temo que ni siquiera Usted sabe por qué
me persigue.
- Sí que sé –Le
respondí. Lo sigo sólo para saber quién es Usted y por qué mira películas a
Hurtadillas como
un simple delincuente.
- Tal vez porque
lo sea…
- Usted será
muchas cosas, pero nunca un simple delincuente…
- ¿Y por qué?
- Porque Usted
es un Alma Errante, un buscador que no sabe lo que busca, alguien que sin una
ayuda amiga, deberá vagar entre planos de existencia hasta el fin de los
tiempos… O seguir oculto en este ruinoso cine hasta que lo derrumben y deba
huir en busca de otros sitios donde esconderse.
- ¿Y qué le
importa a Usted todo este panorama?
-
Verdaderamente, nada en lo absoluto. Sólo se cruzaron nuestros caminos justo
dentro de este cine, donde hube descubierto que había otros seres como Usted,
aunque nada más Usted fue quien me contactó.
- ¿Y pretende
acaso una disculpa?
- No, en
absoluto. Pero si Usted llegara a necesitar un contacto para orientarse en este
difícil plano, ése podría ser yo, con toda seguridad.
- Me miró en silencio, escudriñándome. En su
rostro gris, no se distinguían los rasgos y mucho menos los ojos. Pero los
sentía recorriéndome de arriba abajo, como buscando algo, y yo lo dejé hacer.
- No le
molestará que tome asiento, pregunté, y me respondió con un gesto aprobatorio,
sentándose él a su vez. El intercambio de miradas continuó en silencio.
- ¿Qué siente
Usted en este momento? –preguntó.
- Que debo
esperar su respuesta antes de marcharme.
- ¿Marcharse?
¿Por qué y a dónde? ¿Y qué respuesta?
- A continuar con mi vida y mis compromisos. Y a mi oferta de ser su contacto…
- Usted creyó
que era mi prisionero… ¿Por qué? Eso es muy propio de su plano…
- También
ustedes tienen formas particulares de actuar. Entonces, si yo no soy su
prisionero y Usted no es mi invitado… ¿Qué estamos haciendo aquí?
- Pues… Esta es
nada más una charla de presentación para conocernos. Que este sea nuestro lugar
de encuentro cuando necesitemos respuestas.
- Bien, que así
sea le respondí. Y me fui a atender mi programa radial en la FM, mientras él
tomó de nuevo su butaca para continuar viendo la película.
Después de una
semana volvimos a encontrarnos en el Hall del cine. Yo no tenía nada especial
para consultarle, pero estaba seguro que algo sucedería para despertarnos la
curiosidad y el interés. Me esforcé por resultar educado y cordial, con un
sencillo “Buenas Noches”. Él estaba ya acomodado en su lugar y yo nada le dije
para evitar confrontaciones. “Si, buenas noches” respondió sin entusiasmo.
-No sabía que
disfrutaban de nuestras películas, mentí disimuladamente.
-No las
disfrutamos, me respondió. Para nosotros sólo es un medio de cargar energías…
-Y cómo es eso?
Pregunté.
-Para
explicárselo rápidamente, usaré una analogía. En todas las obras de arte Ustedes
ponen una buena parte de vuestra Alma Inmortal, porque así es como se hace. Sin
ese requisito, no habría arte. Y
nosotros, los desencarnados, tomamos una parte de ella como una forma práctica
de reponerla en nuestro organismo. Es comparable a un surtidor de combustible. Leer
un libro, contemplar un cuadro, escuchar un tema musical o ver una película, nos
permiten recuperar las energías que usamos en nuestras actividades cotidianas.
¿Y tienen otras
formas de asimilar energía?
Esta es la más
generalizada, la única aceptada por los Maestros Regentes. Hay otras, pero no
nos están permitidas y están reñidas con nuestra ética básica.
¿Y puede saberse
algo sobre esas otras formas?
¿Para qué
quieres conocerlas? Ni siquiera las conocen muchos de nosotros…
Hablamos de la
posibilidad de trabajar juntos, de servirnos, de hacer algo bueno…
Si, puedo
hablarte algo sobre aquello, pero antes debes comprometerte a un secreto
absoluto…
¡Sea! - Le respondí entusiasmado, aprestándome a
recibir unas lecciones de supremo valor que quedarían a mi custodia por el
porvenir.
Los
desencarnados tenemos varias formas de nutrirnos. Una de las más gratas es la
de acudir a lugares donde existen fuentes de energía directas, como luz, sonido
y emoción; son los estadios deportivos, las salas de subastas y los burlesques,
donde las emociones y sensaciones surgen de las situaciones vividas por los
participantes de ellas, como partidos, peleas, compras y ventas de bienes, safaris
con desafíos a animales feroces, y otros sucesos donde quienes participan
pueden ganar, perder, salir heridos o hasta morir. Y otras, como cines, teatros y lugares de
espectáculos diversos, libros, revistas, cines y teatros, donde las energías surgen
de obras representadas, y son casi todas productos de guiones y
escenificaciones que acaban al finalizar la obra, sin riesgos para los
participantes. Sin dudas, son las primeras las más suculentas para el alma
receptora, pero es verdad que las emociones negativas en extremo causan al alma
un daño relativo, que se acentúa con la reiteración, daño que, al final de la
existencia, se debe compensar.
¿Y cómo opera el
proceso de compensar?
Es un sencillo
procedimiento natural que obra de acuerdo a cierto tipo de contador que debe
estar siempre en equilibrio con la condición cósmica de cada individuo. Si el
individuo está en déficit con respecto al contador, puede recibir la carga
necesaria para equilibrarse. Pero si se halla excedido, el mismo contador le
retira la carga necesaria para quedar equilibrado. Así de simple y efectivo es.
Y ante ese contador no hay posibilidad de error o engaño, así que le ahorré la
pregunta.
El muy granuja
seguramente se hallaba feliz de haberme demostrado la superioridad de sus
conductas y procedimientos, mientras yo me atormentaba por no poder replicarle.
Pero no tardé en recuperarme para volver a atizarlo.
Me pregunto si
el formato y la distribución de nuestras salas le sugiere algo en particular,
pues en nuestro mundo todo está relacionado con formas y magnitudes próximas y vinculadas…
Claro que me
sugiere y Usted lo sabe. Pero como está muy lejos de confiar en mí, deberemos
seguir este juego de “Le creo, o no le creo” hasta que se decida a dejarlo.
Por mi parte y
si a Usted le parece bien, puedo dejar este juego ya mismo, aunque sé que por
su condición sus conocimientos superan a los míos.
Es verdad, pero
Usted, como humano, puede fingir, actuar y utilizar el sarcasmo, recursos que
para nosotros están vedados…
Lo cierto es que
entiendo que debo ser absolutamente sincero en mis diálogos con Usted, pues no
estoy en condiciones de prescindir de sus servicios, así que vuelvo a
preguntarle si la disposición de nuestras salas le sugiere algo.
Usted mismo
puede responderse, porque conoce la verdad.
Le diré que
nuestras salas tienen una configuración especial, procurando lograr la mayor
eficacia posible en la utilización de la luz y el sonido. Además, la forma y
construcción de cada butaca es tal, que genera un vacío individual como para
crear un vórtice capaz de atraer a los candidatos más aptos para disfrutar del
espectáculo y que al finalizar la función se sientan felices por haber asistido
a ella.
Mucho mejor, por
haber participado en ella… pues la aparente pasividad de los espectadores no es
tal, sino que es una participación indirecta pero no pasiva. La suma de las
emociones de los asistentes crea otro vórtice del que depende el éxito o el
fracaso de la obra o película, como así también el aumento o no en la afluencia
de público, la opinión de la crítica, la intención de la producción de
favorecer nuevas y mayores obras y otras mil variedades de sucesos que no es
fácil enumerar, pero que bullen en el trasfondo energético que les da vida,
forma y tiempo…
Mientras
escuchaba estas palabras, me sentía atrapado por ellas en una maraña de
proyectos y cálculos que eran el germen de la actividad y de la breve obra que
ya palpitaba en mi corazón. Sentado en la butaca veía formarse en el aire del
recinto, palpitantes burbujas de energías multicolores que latían, titilaban, se
estiraban con una inexplicable elasticidad, luego se contraían crepitando como
una hoguera, y finalmente estallaban en unos fuegos artificiales que me
presagiaban un futuro promisorio en el fabuloso mundo del espectáculo. Mi amigo,
el fantasma, sonreía satisfecho y yo no estaba seguro por qué lo hacía.
Esta parte creo
que ya está concluida, me dijo, pero todavía hay mucho más por conversar…
¿Dice Usted que
todavía hay mucho más por conversar?
No creerá Usted
que por haber platicado veinte minutos sobre los fantasmas en el viejo cine Regina,
el tema estaría agotado…
Mi amigo, créame
que en verdad no lo sé. Mientras conversamos siento que sobre nosotros ruge una cascada de dudas y proyectos que no
sé si debo consultárselos o no, pero…
Haga Usted como
mejor le plazca, pero yo estoy aquí para abrirle los portales de esta
Dimensión, así como Usted se ofreció para hacer lo mismo en la suya.
Le aseguro, mi
Amigo, que en estas pocas charlas que hemos tenido, he sacado un gran provecho. Descubrí, por ejemplo, que un fantasma no es
más que una prolongación de nosotros, en el próximo reino o dimensión. Y que
debe nutrirse a partir de la energía propia de los sitios adonde concurra. Aquí
charlamos largo rato con referencia a la energía que vienen a tomar de
diferentes obras y funciones. Pero también pueden nutrirse -y lo hacen a menudo- a partir de templos de
diferentes religiones, hospitales, clínicas e internados, cementerios, cárceles,
minas y, en general, de cualquier lugar donde un fallecido haya sufrido
experiencias severas que lo dejaron espiritualmente “marcado”. Y en este caso,
las marcas dejadas por experiencias severas, no deben ser necesariamente
negativas, sino que también pueden ser positivas, como el nacimiento de los
hijos, el otorgamiento de premios o reconocimientos especiales que, acaban por
proporcionarle una experiencia honda y penetrante.
Prácticamente no
existen lugares donde no pueda haber, cuando menos, un fantasma. Dado que todo
es energía, y ellos también lo son, como nosotros, podemos afirmar sin temor a
equivocarnos, que no hay lugares en el mundo donde no puedan estar. Donde
creemos que no puede haberlos, ocurre que el medio no es favorable para que
podamos captarlos. Pero que están, están. Cumbres heladas, abismos submarinos,
entrañas de volcanes, dentro de las furiosas nubes de un tornado, en medio de
los desiertos más áridos y lejanos… ellos pueden estar. Así como Saint Exuperi
se encontró con El Principito, cualquiera puede encontrarse con otro Principito,
aunque aquel no era, ciertamente, un fantasma. No es este el momento ni el
lugar para tratar el tema, pero hay muchísimas Entidades con las que podríamos
relacionarnos aparte de un fantasma, o de El Principito. Cada una de ellas
tiene su característica y su misión que cumplir. Todas son diferentes. Algunas
pueden ser muy amigables, pero otras no lo son para nada y probablemente
nuestros caminos jamás se crucen con los de ellos. En la inmensa vastedad del
universo, las diferentes entidades que lo ocupan están regidas por infinitas
leyes naturales que determinan claramente qué puede suceder y qué no, del mismo
modo que en una gran senda ferroviaria hay toda clase de mecanismos para evitar
que los trenes choquen en una telaraña de cruces, estaciones, desvíos,
empalmes, túneles y otros cien desafíos de la técnica y la ingeniería. Si bien
es cierto que muy ocasionalmente los mecanismos suelen fallar y suceden
inexplicables accidentes que llenan de espanto a la sociedad, quien pueda por
un instante sustraerse a la realidad, para observarlo todo con ojos de Ángel, verá
que existe una gran variedad de Entidades encargándose de vigilarlo todo para
evitar terribles desastres que podrían suceder debido a la falta de cuidado y
atención por parte de los humanos. No nos importa mucho si fue un Ángel o un Hado,
sólo nos importa que alguien lo hizo. Son infinitas las situaciones en que
alguien intervino en forma imprevista cuando todo estaba perdido. Por fortuna
hay personas e instituciones que se dedican a registrar cuidadosamente sucesos
de esta naturaleza cuyos archivos pueden consultarse en circunstancias
especialmente contempladas. No es sencillo lograrlo. No, para nada. Si lo
fuera, miles de personas llegarían cada día en procura de datos para satisfacer
su egolatría, para nutrir las arcas de su ambición o para poner en marcha sórdidos
mecanismos que alimenten bajas pasiones.
Somos ciudadanos
de un minúsculo planeta, invisible en la vastedad del Cosmos Infinito. Pero no
existe por casualidad ni espontáneamente. No es un capricho de la naturaleza ni
un milagro circunstancial. La Astronomía nos explica con paciente detalle, como
un planeta podría considerarse una célula o un átomo en otra escala. Y a medida
que los conocimientos se amplían y las ciencias se actualizan, oímos hablar con
naturalidad de campos cuánticos, cuerdas y dimensiones, términos que nos
advierten de nuevas e infinitas posibilidades de estudio y reflexión, que
vienen a confirmarnos que el conocimiento nunca se completa. Y cuando cerramos
un libro para tomar un descanso y alivianar nuestra mente, descubrimos que alguien
nos trajo una buena cantidad de otros, a cuya lectura nos deberemos entregar
los próximos tiempos.
Pero a esta
altura del relato me detengo para preguntarme qué tendrán que ver los fantasmas
con los campos cuánticos. Ocurre que el conocimiento avanza muy rápidamente y
también con rapidez descubrimos que muchos lugares que permanecían como una
ausencia de conocimiento pronto se volvía un descubrimiento asombroso, y que
aquel espacio vacío que habíamos dejado sin llenar hacía un par de meses
apenas, hoy quedaba lleno por demás al comprender que la pieza que no sabíamos
a qué podía corresponder, encajaba justo allí. Esto es para advertir que el antiguo
título de “Alma en Pena” hoy podría aplicarse a otros ítems de la existencia
que antes no considerábamos.
Como no soy
físico y estoy muy lejos de serlo, no me atrevo a asegurar esto que les diré:
pero al saber que existen nuevas formas de partículas, deberíamos considerar la
posibilidad de que exista una gran variedad de seres relacionados a las
partículas recién descubiertas o hasta aún próximas a descubrirse.
Desde niño oí
mencionar que quienes sufrían accidentes muy violentos y sobrecogedores, no
ingresaban de inmediato al Paraíso o Reino de la Luz, sino que debían atravesar
un período de adaptación a la Nueva Vida, cuya duración podría ser larga y
complicada. Una de las Leyes de Hermes Trimegisto dice justamente al respecto “Tal
como es arriba, es abajo”, significando que si en el plano material y objetivo
necesitáramos un proceso de ´cien años, como ejemplo, no hay motivo para creer
que en el plano espiritual y subjetivo necesitaremos mucho menos… O mucho más. También
debemos considerar que el tiempo y el espacio suelen ser diferentes aquí y
allá, por lo que no sería buena idea creer que las unidades de ambos lugares de
existencia serían iguales, ni hacerse ilusiones acerca de Ellas.
Por lo expuesto
sería correcto aceptar que dentro del término “Almas en Pena” cabrían varias
categorías de ellas. Seres que se desplazan entre dimensiones diferentes, que
vagan entre zonas que aún no podríamos describir, o que esperan una ayuda para
saber a dónde dirigirse o qué hacer, o que por diferentes motivos no tienen
siquiera en claro donde están ni qué les
sucedió, como podría ser el caso de quienes fallecieron a causa del uso de
drogas cuyos efectos no conocían, son todos casos que pueden arrojar al Ser a
un estado de confusión del que luego no saben controlar ni pueden salir y andan
más tarde por tiempos inmensurables perdidos como en una nube de dudas y miedos
que bien podríamos señalar como el mismísimo infierno, sin pretender considerar
términos o situaciones religiosas.
Me vinieron a la
mente, de pronto, una gran cantidad de entidades y situaciones que no sabía
cómo catalogar. Las almas que permanecen junto a cenotafios. Los espíritus
errantes de los cementerios, morgues y lugares de tortura. Las extrañas almas
que viven en iglesias y templos abandonados, espantando feamente a quienes se
atreven a fisgonear. Los de quienes apenas nacieron y fueron arrebatados a la
existencia por razones desgraciadas. Los que se arrastran en tabernas, bodegas
y lugares de diversiones obscenas, y tantos más que se mencionan en libros de
sombrías literaturas y películas de igual calidad: los famosos Niños de Ojos Negros,
los Hombres Grises, las Damas de Blanco, las Lloronas, los monstruos (vampiros,
licántropos, gárgolas y varios seres extraños más, mezcla de realidad,
tradición, ilusiones y miedos). Y no creamos que con esto la galería quedó
completa, ya que falta agregar aquellos seres que es casi imposible nombrarlos:
muñecas que parecen tener vida, seres que sólo ven las cámaras de seguridad,
fallecidos que vuelven a su sala de internación… Y podemos sumar los sonidos,
las voces y la música sin una fuente visible, los barcos fantasmas, los
mensajes escritos en espejos y vidrios sin causa aparente y los aromas y olores
sin una fuente notoria…
Y entre tantas
idas y vueltas, lentamente el país se fue hundiendo en una espiral económica y
financiera esperable, advertida y anunciada por autoridades y especialistas.
Sin embargo, el jolgorio no se detuvo sino que se incrementó. Personalmente
declaro que para mí, muchas fueron las causas de esta tragedia, pero el
principal verdugo fue el presidente Carlos S. Menem, con su famoso “Ramal que
para, se clausura” que culminó con la destrucción de los ferrocarriles en
nuestro país, hundiendo en la miseria a una gran parte de la población, que se
vio de pronto sin recursos ni comunicaciones. Al mismo tiempo surgió la
industria del vandalismo y el saqueo, que en poco tiempo licuó todo el material
ferroviario que hubo sido la gloria del país durante décadas hasta llegar a
venderlo por peso en las ferreterías. De
esta manera se le extiende la agonía al país y a su población, mientras los
fantasmas precipitan sus maniobras de escape por doquier. El Sálvese quien
Pueda no es problema para los Fantasmas, quienes por su condición tan
particular pueden acomodarse en cualquier parte. Tampoco es que ellos huyan, ya
que sólo necesitan trasladarse, o mudarse. Pero para nosotros ese fenómeno es
diferente. Si los fantasmas se mudan, es probable que nosotros nos topemos con
uno o con varios, cuando vamos a cualquier desván, sótano, depósito o
cualquiera otro lugar de poco tránsito o visitas. Y es así como los tristes
personajes de este relato se vieron forzados a emigrar, rompiendo su esquema de
paz al que estaban acostumbrados.
Una desventurada
mañana, los vecinos de Munro despertaron con el fragor y el estrépito causado
por una gran cuadrilla de trabajadores que, armados de carretillas y
herramientas, se disponían a derribar las instalaciones del Cine Teatro Regina,
sin más remedio ni oposición. Las escenas que siguieron fueron las esperadas.
Hubo vecinos que procuraron por todos los medios establecer una mediación o
presentar una demanda, pero todos los pasos posibles ya los había dado alguien
por adelantado, sin resultado alguno. Así que todos los presentes se fueron
retirando, permitiendo que la devastación continúe libremente. Y continuó. Me
temo que hasta los mismos fantasmas fueron atravesados por venablos de dolor
ante tal abyecta destrucción.
Hasta aquí hay
detallada una galería más o menos extensa, de seres extraños que conviven -con
nosotros ocupando el mismo espacio y tiempo, al menos en forma aparente. Pero nadie
nos ha de asegurar que si nos acercamos a ellos lo suficiente como para mirarlos
a los ojos, no veamos unas cuencas vacías. Ni que si nos topamos con alguien
que viene por la misma vereda, en vez de darnos un topetazo no nos traspase
simplemente como un hálito helado. O que si paseando el perrito por la noche,
este de pronto se pone a aullar como loco dando vueltas sobre sí mismo, sólo
porque desde la vereda del frente nos observa alguien con aspecto de figura de
baraja.
En realidad,
según estudiosos y especialistas, existen muchos personajes y seres capaces de
espantarnos, pero la inmensa mayoría, por no decir todos, se encuentran en lo
más profundo de nuestra mente. De manera que las figuras más horrendas que nos
pueden acechar, son fruto de nuestros miedos y dudas. No tienen vida propia ni
pueden hacernos más daño que el que le permitamos. Además, cualquier persona
Creyente, respetuosa y devota de un Más Allá, sabe que con sólo invocar cualquier
Entidad de Luz en la que creyere, nada ni nadie proveniente del reino de las
sombras podrá afectarlo. Así que por más que el Cine este lleno de oscuridades
y bultos amedrentadores, podemos seguir nuestra vida y nuestro rumbo sin temor,
protegidos suficientemente por una Corte Superior que nos mantendrá a salvo. El
único requisito para que esta Divina Protección nos asista, es tener la
Conciencia tranquila y el corazón en Paz. Y, claro, mantenernos siempre de este
lado del Umbral, reconociendo que cruzándolo nos alejaremos de la protección
para internarnos en dominios que no nos pertenecen. Y abstenernos de tener,
comprar, aceptar ni heredar objetos cuyo origen no conozcamos cabalmente,
aunque sean bellas obras de arte, pues muchas veces viven y viajan en ellas
Entidades que ni podemos imaginar. Casi cualquier objeto puede transformarse,
con el tratamiento adecuado, en un talismán o elemento de poder, capaz de
utilizarse para fines inconfesables, y tanto para bien como para mal.
Y para cumplir
mi obligación como aspirante a Servidor de la Luz, incluyo seguidamente la
orden que, según los más antiguos tratados esotéricos, es la mejor protección
contra los seres de la oscuridad:
“Márchate de
aquí que no te llamé, no te quiero ni te necesito. Regresa al lugar de donde nunca
debiste salir, vete de inmediato, que ya vienen los Seres de Luz para
retirarte”.
Espero que nunca
debáis probar la efectividad de esta oración, pero conservadla con vosotros.
Puede
reproducirse y divulgarse libremente.
Y si mencionan
su autor, mucho mejor.
Se agradece
desde ahora.
Miguel Keegan, 08
de octubre de 2025.
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