SOBRE PROFETAS & PROFECIAS

SOBRE PROFETAS & PROFECIAS A partir del lamentado atentado contra las Torres Gemelas el 11 de setiembre de 2001, comenzaron a circular un caos de noticias, correos y comentarios citando distintas profecías de tono escalofriante. De Nostradamus, de Malaquías, de Solari Parravicini y otros cien Profetas. Todas, aparentemente, advertían con descripciones terroríficas el hecho del que debimos ser testigos. Y nos advierten aún, sobre mucho más por venir. Pero antes de angustiarnos por un futuro pletórico de horrores, es bueno que nos serenemos y reflexionemos un instante. Hay bastante para decir acerca de las catástrofes cósmicas. Desde mucho antes del nacimiento de la Humanidad, multitud de fenómenos naturales amenazaron al mundo. Cuando el hombre aún no hubo nacido, el planeta se sacudió como un tiovivo en incontables ocasiones. Fue impactado por aerolitos, atravesó zonas de gases cósmicos, invirtió sus polos, modificó su clima y sacudió sus mares del mismo modo que un can sacude sus pulgas. Creemos que el hombre apareció cuando el mundo adquirió alguna estabilidad y aún así sabemos que diferentes cataclismos diezmaron la humanidad a través del tiempo. No sabemos cuántas civilizaciones fueron convertidas por una catástrofe en una simple banda de color en la corteza, tal como lo podemos ver en cualquier cañón. Las fuerzas naturales están intimamente ligadas a la conciencia colectiva de un planeta. Basándonos en la Ley de las Semejanzas, podemos aceptar que una conciencia planetaria basada en el Amor atraerá toda clase de glorias y bonanzas. Generaría una armonía cósmica permanente que sirviría de escudo natural a cualquier amenaza, tanto exterior como interior. Y permitiría a la humanidad lograr el desarrollo capaz de dominar armoniosamente los elementos y fenómenos que pudieran amenazarla, si surgiera alguno. Una humanidad como la nuestra no hace más que despertar las dormidas iras de los elementos. Atizamos el fuego del magma para que estalle en terremotos y volcanes. Creamos vórtices incontenibles que generan huracanes feroces. Abusamos de la tierra y el agua hasta agotarlas o intoxicarlas. La humanidad sonríe satisfecha mientras juega a estallar el planeta. ¿Cómo podemos ser tan incongruentes? Siempre hubo tragedias. Las hay hoy y las habrá mientras el hombre siga siendo lo que es: un pequeño ser en evolución. Mientras no alcancemos el nivel de amor como para superar las mil fronteras que nos separan, seguiremos así. Y cuando más avance la tecnología y mayores sean las ciudades, más graves serán las tragedias. El atentado a las Torres Gemelas puede ser considerado como el Caballo de Troya de la actualidad. Sólo que más sofisticado. Los bandos no interesan. Siempre es el Hombre contra el Hombre. Los ciclos se repiten. Avanza la tecnología, crecen los conglomerados urbanos, mejoran los medios de comunicación y se diseñan armas cada vez más crueles, mortíferas y convenientes. Es fácil para los filósofos y los místicos efectuar una predicción, conociendo las leyes naturales que aún son un misterio para quienes se ocupan sólo de los asuntos profanos. Quienes reservan una parte de su corazón para las verdades cósmicas y los senderos espirituales, saben que se repetirán los hechos de la antigüedad. Y Lemuria, Atlántida, Sodoma, Gomorra, Alejandría y todas las grandes urbes castigadas de otras épocas, se recrearán invariablemente en aquellas que hoy dejen de lado los sagrados principios que rigen la verdadera vida: la Luz, la Vida y el Amor. Siempre hubieron terremotos y catástrofes naturales. Siempre reinaron el hambre, la peste y la miseria en algún rincón del mundo. Pero si se volcaran de pronto todos los fondos que se invierten en armamento y hegemonías políticas, en medios que ayuden a la Humanidad a superar sus dolores y se invirtieran esas grandes fortunas en educación, salud y justicia, otra sería la situación del mundo. Quien siembra tormentas cosecha tempestades. La violencia engendra más violencia. El odio genera más odio. Y el círculo vicioso se acentúa y crece realimentándose de nuestras propias debilidades, hasta el infinito. Quien pelea por una causa es un patriota y quien pelea del lado opuesto es un terrorista. Y aquí tampoco interesa el bando. Una vez más, sólo es el hombre contra el hombre. La pelea es siempre por el poder. Unos someten a otros en nombre de una verdad, sin detenerse a pensar que no existe verdad que deba imponerse por la fuerza. Lo que se impone por el miedo no sirve y pierde su vigencia en cuanto cesa el poder que lo sustenta. Ideales, religiones, fronteras, sistemas políticos y medios económicos, no deberían ser fuentes de violencia. Ningún Dios sanamente conceptuado puede exigir a sus fieles el combate, la batalla, la muerte o la destrucción. Ninguna religión propiamente dicha puede admitir la existencia de pueblos oprimidos y miserables. El mundo no tiene fronteras, El hombre dibuja los mapas según su conveniencia. La economía debe estar al servicio del hombre y no al revés. Dios no se equivoca. Los hombres sí. Los armisticios se firman cuando uno de los bandos beligerantes llega al fin de sus fuerzas. Vence el que tuvo menos muertos. Y las crónicas las escriben siempre los vencedores. Los vencidos no tienen derechos. Siempre están equivocados. Pero a esta altura de los acontecimientos no podemos estar seguros de que en una nueva guerra haya un vencedor. Los arsenales actuales son capaces de destruir varias veces a la humanidad, a pesar de que la humanidad es una sóla. Si ocurre la gran calamidad que tememos, será responsabilidad de todos. Hasta hoy, la locura del hombre no llegó al paroxismo y estamos a tiempo de detenerla. Es más. Aún la locura no está libre. Multitud de seres de buena voluntad, con la fuerza de sus oraciones, visualizaciones y llamados a las Huestes Cósmicas, están conteniendo el alud catastrófico. En algún lugar del vasto universo, y seguramente mucho más cerca de lo que creemos, los Seres de Luz nos observan. Si manifestamos sinceramente y con toda la fuerza de nuestros corazones el vivo deseo de ayudar, de servir, de darle al mundo la Luz que necesita, de unirnos cada día en el esfuerzo de la oración, de la creación mental positiva y de la generación del amor sincero... Ellos sabrán que la humanidad aún merece una oportunidad. Por eso este llamado sereno a la reflexión. Que callen los clamores fatídicos de los periodistas mercenarios que anuncian la guerra. Que callen los gritos de los soldados que marchan al combate como bestias feroces. Que callen los ruidos de las turbinas y los reactores de los ingenios destructivos. Que callen todos los llamados y los aprestos bélicos. Que los políticos del mundo despierten de sus perennes ebriedades. Que nunca más un cura, pope, rabino, ayatollah o sacerdote de cualquier credo vuelva a bendecir las armas de un ejército. Y que de una vez y para siempre, los pueblos puedan vivir en la paz que los Maestros Cósmicos propician. Será la catástrofe, la guerra o la paz según nuestros propios deseos. Lo que está escrito son avisos pero no sentencias. El destino no es invariable. Aún en medio de la noche más oscura hay Entidades dispuestas a ayudar. Torpe sería ir a la destrucción sólo porque lo dice una profecía. O diez profecías. También hay ias que dicen que sólo por el amor será salvo el hombre. Y las que dicen que si el hombre se esfuerza por vencer el demonio que lleva dentro, podrá ingresar a la nueva era de oro sin pasar por holocausto alguno. Y otras que advierten que el hombre decidirá si habrá de iniciarse por la Luz o por el Fuego. En cuanto a la muerte... sabemos bien que no es eterna la envoltura carnal que animamos y que da lo mismo pasar por la transición de una manera u otra. El fin, para la humanidad, no es algo lejano. Es más: tan cercano es que ella misma lo está provocando. ¿Es posible que resulte tan difícil ser un poco sensato? Lo que podemos decidir no es cómo morimos... ¡sino cómo vivir! Hermanos en la Luz... ¿Qué decidimos? Con los mejores deseos de Paz Profunda: Miguel José Keegan Terraza Villa Ballester, Buenos Aires, Argentina Miercoles 10 de Octubre de 2001

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