CARTAS Y CARTEROS
CARTAS Y CARTEROS
Hace unos cincuenta años atrás, el Cartero era un ser
especial, casi mítico, que se desplazaba en una vieja bicicleta para dejar en
algunas casas privilegiadas la carta que alguien hubo despachado desde otro
lugar.
Me atrevo a afirmar que el Cartero era parte de todas las
familias. Se le prodigaba un especial tipo de amor, debido a que era el
portador de noticias personales, privadas, íntimas, esperadas con impaciencia.
Hoy disponemos de varios elementos que nos permiten estar
comunicados con el resto del mundo al momento. Un chiquitín maneja hoy con
destreza computadoras, teléfonos y aparatos inteligentes con los que supera
todas las distancias, aún antes de haber cumplido su instrucción primaria.
Pero en los cincuenta las cosas eran distintas. En los
cincuenta un teléfono era un aparato poco común. No muchas familias podían
darse el lujo de solicitarlo, porque había muy pocos en el país y eran
sumamente costosos. Había familias que vivían en soberbios palacetes, con
jardín y piscina, con garaje y timbre… pero no llegaban al nivel del teléfono.
Había zonas en las que sólo era probable tenerlo algún día, cuando quedara
disponible el de otro usuario que ya no lo necesitara.
Las casas en venta agregaban en forma visible la advertencia
“Con Teléfono” justificando así el sobreprecio importante al que era
merecedora.
Pero quiero volver al tema que motiva este escrito: el Cartero, el Correo y las Cartas. No puedo
asegurar cuál de los tres es el Protagonista de este encuentro, pues la magia
de este tema radica en la trilogía, sin que ninguno de ellos sea el definido
personaje principal.
El Correo era la Institución Madre, que abarcaba una importante
serie de elementos.
La Filatelia, por ejemplo, era el arte de las colecciones de
estampillas con las que se compraba el derecho a enviar una carta. Nuestro país
no descolló para nada en esta disciplina, salvo raras excepciones, en la que otros
países tenían desarrollada una gran actividad artística y comercial, que me permitió a mí aprender la geografía del mundo de manera entretenida y llena de color.
El reparto de correspondencia por tren, barco y avión,
motivó otrora el desarrollo de diferentes industrias. Cada tren tenía los vagones correo con sus Jefes, Empleados y operarios. Algo similar sucedía con
el despacho de la correspondencia por
otros medios.
Cada Ciudad, Pueblo o
Estación, tenía su Oficina Postal. En aquellas épocas, tanto el Cura Párroco como
el Jefe de la Estación Ferroviaria y el Jefe de la Oficina de Correos, eran una
forma de autoridades civiles con notables privilegios. Conformaban un
triunvirato o trilogía rectora y consultora que llegaba a influir en los
destinos de los vecinos.
Dentro de cada Oficina Postal había también una Caja de
Ahorros –algo similar a un Mini Banco- , una Oficina de Telégrafos, una Oficina
de Cargas o Encomiendas y otras oficinas menores, como la de Control de la
flotilla de bicicletas de los carteros. Esas pequeñas oficinas -o sub oficinas en realidad- eran una cosa no tan menor en aquellos tiempos,
cuando en cada pueblo había una docena de poderosas bicicletas inglesas que
mantenían activo el importante tráfico de la correspondencia. Sin olvidar el prestigioso, ignoto y poco reconocido arte del bicicletero, que con muchos cambios y
actualizaciones, aún existe.
Las cartas eran la más simple forma de comunicación a la
distancia. Las llamadas telefónicas, por sus problemas y costo elevado, no eran
de uso frecuente, salvo para los afortunados que tenían un teléfono en casa.
Escribir y leer una carta solía convertirse en una bella
ceremonia que reunía a toda la familia. Quien la dirigía llamaba a los demás,
les pedía silencio y comenzaba con el singular ritual de compartir aquella
magia entre todos.
Fueron años en que las familias debieron separarse a causa
de guerras y hambrunas, dejando en Europa a los mayores, mientras los jóvenes
se marcharon a “hacer la América”, significando esta frase que aceptaron el
desafío de venir a unas tierras lejanas donde debieron empezar desde lo más
bajo, accediendo a la soledad, el desarraigo, las injusticias que nunca
faltaron, los abusos que siempre abundaron y el idioma nuevo que se debió
adoptar.
Muchos acudían a los Escritores de Cartas, un oficio que se
popularizó a principios del siglo pasado y al final del anterior, quienes por
una módica suma escuchaban con paciencia los requerimientos del cliente, para
luego darles vida en las cartas, generalmente confeccionadas en una bonita y
elegante cursiva que le daba categoría.
El servicio se completaba con la confección del sobre y la
entrega en la Oficina Postal más próxima. Esa productiva actividad, hoy
desconocida y desaparecida, llegó a ser casi una profesión. Y los elementos de
trabajo del escritor casi se podían comparar a los de un cirujano. Ordenados
sobre un escritorio lo más prolijo posible, podían verse varios tipos de
plumas, tinteros, diferentes tipos de hojas de papel, tarjetas de toda clase, reglas,
secantes y otros artículos que hoy no se sabría decir para qué podían
utilizarse.
La nobleza de los jóvenes inmigrantes muchas veces exigía
relatar mentiras piadosas o piadosas verdades a medias, cuando el éxito era
esquivo y no era bueno dar noticias inquietantes a quienes esperaban ansiosos
las buenas nuevas. También había que ser cautos con lo que se expresaba, porque
muchas veces del otro lado había miembros de la familia que esperaban
comentarios positivos para seguir los pasos de quien escribía.
Se utilizaban códigos convenidos antes de la partida con los
jóvenes que quedaban esperando señales. Así, quienes tuvieron éxito y mejoraron
su situación, lisa y llanamente podía escribir “Todo está bien, pueden venir
los que quieran que les mando dinero para el pasaje”. Pero había una mayoría de casos en los que la
carta decía algo así: “Estoy muy bien y
tengo trabajo, pero el clima se puso loco, hace mucho frío, hay tempestades
fuertes y para venir conviene esperar hasta que cambie el tiempo”…
Hubo muchos casos en que las supuestas tempestades nunca
cesaron. Las cartas cada vez se volvieron más espaciadas y con peores
comentarios climáticos, hasta que finalmente se cortó el hilo conductor.
Al comenzar el vigésimo siglo se construyeron en Buenos
Aires los subterráneos, se tendieron líneas férreas y se generaron muchos
empleos que requirieron mano de obra fuerte y barata para un estallido de
diversas obras de ingeniería que permitieron a nuestros abuelos crecer e
instalarse solidamente en el país. Pero hubo muchos que no tuvieron esa suerte,
porque se toparon con un mal que causó muertes a millares: la tuberculosis. Por
ese motivo mucha correspondencia quedó trunca para siempre y, cuando alguno de
los que esperaban desde el otro lado del océano se atrevió a venir para ver qué
pasó, con suerte se encontró con la infausta nueva.
En casa la correspondencia circulaba entre mis Padres y su
familia en Navarro, provincia de Buenos Aires, a unos cien kilómetros de la
Capital. No era la gran distancia, pero la falta de recursos hacía que
pareciera mayor. Cada semana una carta salía de casa y otra se recibía. El amor
que estaba impregnado en ellas se sentía con el sobre cerrado y desde lejos…
Las noticias que se intercambiaban no eran dignas del Buenos
Aires Herald y ni siquiera de Radiolandia, pero eran una prolongación de los
diálogos que se hubieran mantenido estando juntos.
Mamá, Papá, mi hermano menor y yo nos acomodábamos en torno a la mesa familiar, tomando algún mate cocido con galletitas Manón, para comenzar el ritual. Se rasgaba el sobre con mucho cuidado, porque más tarde todo se guardaría primorosamente. Quien leía era Mamá, porque tenía más destreza para la lectura ya que había terminado la primaria, un lujo importante para quien vivía en el campo hace ochenta años.
La lectura comenzaba como
siempre, con la consabida fórmula “Aquí estamos todos bien, gracias a Dios, y
esperamos que Ustedes estén del mismo modo”.
Seguidamente se mencionaban las noticias, empezando por las buenas: “La prima Susana tuvo su primer bebito y los
vecinos sacaron la cuenta para ver si estaba todo bien y coincidió”. “Y qué es la cuenta de los vecinos?” podía
preguntar yo, a lo que respondían con alguna evasiva, como por ejemplo “Sacaron
la cuenta para ver si le alcanzaba la plata para pagar los gastos…” o algo así.
Y continuaba: “Papá anda muy nervioso
porque le duelen mucho las piernas por el reumatismo. El médico le dio unos
remedios pero él no quiere tomarlos”. “El Tío José cambió su viejo Ford T por
un modelo A que anda mucho mejor y está casi nuevo, es un chiche”.
Las cartas mencionaban a toda la Familia y, en menor medida,
el vecindario, los asuntos del campo, el clima, las mascotas y algunas otras
cosas intrascendentes, pero que eran un alimento espiritual para ellos. Luego
se procedía a responderla, también entre los cuatro, junto a la débil luz de
una lámpara apoyada en la mesa de la cocina.
Entre una cosa y otra se llegaba a las diez de la noche y se
hacía tarde para Papá, que se levantaba a las 4:30 para ir a trabajar
pedaleando en su vieja bicicleta hasta la Standard Electric, donde entraba a
las 6:00. Casi con seguridad llevaba en un bolsillo la carta con la respuesta
para dejarla en el correo al finalizar la jornada laboral.
Por medio de esas cálidas reuniones familiares sabíamos
cuáles vacas tuvieron terneros, cuánta miel se cosechó de las colmenas, cuánto
rindió la cosecha de maiz, la de trigo y la de papas. Qué muchachos fueron
convocados para el Servicio Militar, quiénes debieron recibir cirugías y quienes
se marcharon con Jesús.
De esa sencilla manera la vida iba y venía desde aquella
mesa. Durante nuestra niñez también se preparaban así las vacaciones de verano,
que invariablemente serían en las casas de los Abuelos o los Tíos, sin más
alternativa.
Después de la lectura de las cartas seguía un comentario
colectivo, cuya duración dependía de la importancia y gravedad de las noticias
recibidas. Una vez mi hermano y yo nos quedamos atónitos viendo cómo Mamá y
Papá se abrazaron y lloraron juntos… lo que para nuestras almas infantiles
significó una zozobra sin igual. Al vernos azorados, nos explicaron con alguna
disimulada renuencia que ya no veríamos otra vez al Tío Ulderico.
En torno a las cartas sucedían pequeños milagros ocasionales
que nos enseñaban que siempre se puede aprender algo nuevo. Así fuimos
conociendo poco a poco las fotografías, que nos enviaban para estar menos lejos
de lo que se sentía. Las tarjetas de invitación, que nos enseñaron qué eran los
casamientos, bautismos y comuniones. Y muy de vez en cuando aparecía una carta
con letra trémula y con raro remitente, conteniendo un anónimo despreciable que
ponía a Mamá fuera de sí. Eran aquellos los antecedentes de los Hoax de hoy,
que se envían con denuncias, advertencias y amenazas de todo tipo. Eso nos
permite comprobar que siempre hubo ignorantes, imbéciles y miserables.
Creo que ya debo haber volcado todos mis recuerdos con
respecto a las cartas y su entorno. Si pienso un poco más, revolviendo el arcón
de la memoria, tal vez halle alguna otra escena por describir. Pero me temo que
ya no sería muy interesante.
Así que ahora, de la misma manera en que al final de las
lecturas de antaño, hoy cierro este ritual conmemorativo de una época feliz que
quedó muy atrás en la vida.
Vuelva cada cosa a su lugar, cada personaje a su álbum, cada
memoria a su estante en algún lugar en el fondo del corazón, que es donde se
guardan las cosas queridas.
Lo que uno guarda como recuerdo material sirve sólo para
juntar polvo en algún cajón de la casa. Hoy no conservo ni fotos ni cartas. Ni
los cuadernos de la primaria ni las fotos de mi juventud. Hoy, con cabellos y
barbas blancos y con un bastón que me ayude a andar, no necesito ver mi figura
infantil medrosa y esmirriada. Del niño de aquellos años queda nada más aquello
que no muere jamás aunque se transforme.
Y así declaro finalizada esta hora de reflexión y memoria
que decidí compartir con mis Amigos. Más adelante y a medida que las recuerde,
seguramente habrá más memorias y más escritos. Pero por ahora apago la Luz de
la memoria y me despido.
¡Saludos!
21.02.2017
Comentarios
Publicar un comentario