PECADO Y CULPA
Pecado y culpa. Culpa y pecado. Dos términos que comprenden
un concepto moral, ético, religioso, filosófico, psicológico, familiar y
cotidiano. Lo que significa que no sólo son aplicables a las más altas
lucubraciones de intelectuales, teólogos y jueces, sino que son propios también
del trato familiar y de entrecasa en cualquier vecindario.
La definición más clara, breve y precisa que hallé sobre
pecado es la que lo indica simplemente como la falta de amor. Y así, cada vez
que con nuestra mejor intención hacemos a un lado el amor para enarbolar otro
estandarte como responsabilidad, dignidad, lealtad o cualquier otro similar, tocamos
invariablemente el campo del pecado.
En cuanto al concepto de culpa, también es simple definirlo.
Culpa es, simplemente, tomar conciencia del pecado. Es decir que es el
sentimiento natural que surge en nuestro interior cada vez que caemos en la
cuenta que hemos faltado al amor.
Para despojarlo del sentido religioso que parece lo caracteriza, al pecado lo podemos llamar también error, falta, yerro o transgresión. Y de igual modo, a la culpa la podemos llamar arrepentimiento, dolor, contrición o pesar.
Cada sociedad y cada institución tiene sus propias normas de
conducta, terminología y códigos éticos que, a grandes rasgos, son casi los
mismos para todas y sus diferencias se deben nada más a razones de época y
regionalismos.
Evitando entrar a la Religión y a las Escuelas de
Pensamiento, podemos afirmar que la regla de oro es común a todos los grupos
humanos y tiene una vigencia permanente: No hagas a los demás lo que no quieres
que te hagan a ti. Y también se nos dice Amarás a tu projimo como a ti mismo.
En cuanto a la relación del hombre con la Naturaleza, su Fuente Primordial u origen,
también existe un precepto o regla común que nos enseña y prescribe el amor a Ella
por sobre todas las cosas, aunque nos deje librada a nuestro entendimiento la
imagen de Ella que prefiramos o logremos aceptar.
Si bien casi todas las Religiones carecen de una imagen para representar a Dios y enseñan a no crearla, hay quienes necesitan adoptar una, aunque más no sea como elemento didáctico. Y para representarlo, en especial a los niños, se adoptó la imagen de un anciano venerable pero de fuerte carácter, más que nada para diferenciarlo del Maestro Jesús, su Hijo para los Cristianos.
Para nosotros es conocida la tradicional lección de Los Diez
Mandamientos, los cuales conservan su vigencia a pesar de que la supuesta
evolución social los deba violar permanentemente. En realidad, el hecho de
violarlas habla más del acostumbramiento a la decadencia moral y a la
resignación a vivir entre sombras.
A la mentira se le prefiere llamar sofisma o eufemismo. Al
crimen, arrebato emocional, defensa propia o servicio patriótico. A la codicia,
libertad de mercado y libre competencia. Inflación al afán de lucro despiadado
y desmedido en una crisis económica. Sensualidad a la lujuria y así tantos otros ejemplos.
Dentro de El Libro Egipcio de los Muertos, un texto que data del tercer milenio AC, se destaca la famosa Confesión Negativa o Confesión a Maath, un tesoro de enseñanzas que permanece vigente a pesar de su antigüedad. Si actualizáramos ese texto a palabras de nuestros días, descubriríamos como hoy convivimos y toleramos no sólo crímenes sociales y delito internacional, sino que nos espantaríamos al descubrir nuestras propias miserias yacentes bajo nuestras más sencillas actitudes cotidianas.
Diversas Comunidades de estudios filosóficos, místicos y
esotéricos, perduran desde hace siglos con el único fin de buscar, conocer y
proteger las verdades fundamentales de nuestra Vida. Así es cómo existieron -y
aún existen algunas en forma discreta- esforzándose por mantener encendida la
Luz de la Verdad en una tumultuosa sociedad que cada vez se sumerge más en la desenfrenada
búsqueda de satisfación de sus afanes materiales.
Pretendiendo salvar al Hombre, a la Sociedad y al Mundo,
surgen a diario grupos de meditación y estudio que a pesar de sus propósitos
nobles y elevados, no tardan en descubrir que dentro de sus propias aulas yacen
infiltrados miembros profanos llegados en una sincera búsqueda de Verdad y Paz,
pero que no pueden luego sostener.
Masones, Teósofos, Rosacruces, Templarios y grupos
disidentes de las religiones más tradicionales, trabajan en su esforzada misión
sin gran resultado debido a la naturaleza imperfecta del hombre, en este caso
su material de trabajo.
Así como casi cada día surgen nuevos grupos con su propósito
de crecer y evolucionar por dentro, así también surgen publicaciones de todo
tipo ofreciendo fórmulas para vivir mejor y lograr la Felicidad. Pero ocurre
que la mayoría de los líderes de esos grupos, notoriamente pretenden enseñar
algo que aún no aprendieron, aunque están listos para cobrarlo.
Aparentemente la vida es una sucesión de actos acertados y erróneos que nos permiten ambular
en un curso de acción fruto de nuestras virtudes y defectos. Reglas, fórmulas y
mapas no son suficientes para garantizarnos un camino fácil o seguro. Sólo
queda soportar la Iniciación con la mayor humildad y buscar la Verdad, a falta
de algo mejor, dentro de nosotros mismos. Hoy ya no hay profetas confiables,
pero dentro de nosotros reside una energía poderosa que, sabiéndola manejar, es
capaz de hacernos lograr milagros. El Espíritu Santo es el nombre que a esa
energía le dan los cristianos, pero otros la llaman de cien formas diferentes,
algunas de ellas algo disparatadas.
Es curioso ver cómo en muchas de las Escuelas Esotéricas abundan los Miembros que, felices y entusiasmados con los conocimientos que hallan en los fértiles campos de la arqueología, la cábala, la cosmología, las matemáticas y otras disciplinas por el estilo, descuidan la otra polaridad, la que incluye las sanas disciplinas prácticas de la ética, el amor, el servicio y la propuesta de una sana convivencia con los semejantes.
Vivir en Paz y Armonía demanda hoy un cuidadoso equilibrio
de sanas conductas que permitan superar las tentaciones del mundo superfluo y
permanecer en pie aún en los peores momentos. La tradición nos enumera siete
pecados capitales, que agrupan en su seno a tantos otros como actitudes procaces
se nos pueden maginar y que se actualizan según las épocas, los pueblos y la
personaliad de cada individuo. Este no es el lugar para detallarlos, pero a
quien le interese el tema puede buscar en la web, en donde hallará material más
que abundante.
Es bueno considerar en este momento que cada error o transgresión a la Ley Universal del Amor, origina una condición energética que requerirá su justa compensación en el momento y la forma oportuna. Muchos refranes populares inmortalizan esta ley, sentenciando que “Quien a hierro mata, a hierro muere”, o “Cosecharás lo que siembras” y otros muchos.
Considerando esta alternativa justo es suponer que nadie querría transgredirla, pero es cierto también que el corazón del hombre guarda fuerzas que a veces resultan imposibles de creer y, muy lametablemente, no puede pasar mucho tiempo sin cometer un yerro conciente.
El hombre sabe squivocarse a sabiendas. Y más, sabe reiterar
su equivocación y permanecer en la actitud del yerro con una inexplicable
soberbia, como si su error fuera digno de orgullo, como si cometerlo fuera una
hazaña.
Dentro de una gama infinita de individualidades, hay quienes
cometen actos reñidos con su conciencia sin poder evitarlo. Y en ocasiones, sin
tener la más mínima intención de hacerlo. Caen en errores de juicio que los
hacen sentirse autorizados a cometer acciones que sus propias conciencias les
impide y se los advierte a gritos. En estos casos buscan un supuesto
justificativo a su error, como el culto a la verdad, el Amor a la Patria, el
afán de progreso, el cumplimiento del deber, las razones humanitarias y tantos
otros descabellados como estos, que en realidad ocultan grandes dosis de
soberbia, ignorancia y maldad extremas, y no pueden resistir el más leve
análisis.
Seguramente, si efectuamos una introspección veremos que hallaremos nuestro propio arcón de vanidades lleno de apreciaciones menoscabantes acerca de nuestros hermanos, discriminaciones, intolerancias diversas, inmovilidad de conceptos, incapacidades disfrazadas, afanes materiales desmedidos, miedos mal disimulados, petulancias incontrolables, secretos profundos y dudas faltas de consistencia, que son el principio y la causa de nuestros yerros.
Pero ¿y aquellos daños perpetrados por almas de la peor condición, que causaron estragos mundiales por generaciones, como las guerras? ¿Cuál sería la compensación justa para imponer a los culpables? ¿Y quiénes serían los culpables? ¿Quienes deciden la guerra o quienes disparan armas apocalípticas cumpliendo las órdenes? ¿Habrá diferencia entre quien va a la batalla con el orgullo del patriota que mata por su supuesta justa causa y quien va como becerro al matadero, deseando morir por la primera bala, antes de cometer la locura de usar su fusil?
Hay mil preguntas para hacernos en la reflexión acerca de la culpa y el castigo. Pero fatalmente también existen quienes no tienen ninguna duda que plantearse.
Existe un ejercicio vastamente conocido para hurgar en
nuestro interior buscando las causas que nos llevaron a cometer nuestros
yerros. Es la Introspección y consiste en autoanalizarnos, buscar, hallar y
remediar en lo más hondo de nuestro Ser Interno el motivo de nuestra inquietud,
que casi siempre nos negamos a aceptar aunque lo conocemos muy bien.
Este ejercicio tiene cuatro pasos bien definidos, que nos
conducirían a la liberación de nuestros pesares e inquietudes:
a.. El Examen de Conciencia, que consiste en la búsqueda
propiamente dicha del motivo de nuestro pesar, hasta hallarlo.
b.. El Arrepentimiento, que es sentir con absoluta
sinceridad un dolor real y muy profundo por los errores cometidos.
c.. El Propósito de Enmienda, que se manifiesta en el vivo
deseo de no volver a cometer este error ni a caer en las situaciones que nos puedan
conducir nuevamente a él.
d.. La Reparación, tal vez la parte más difícil, pues exige una
gran Humildad para aceptar la dura tarea de enmendar nuestros errores y las
consecuencias que sobrevinieron por ellos. Esta Reparación puede ser de índole
material, espiritual y mixta y sus características son las que todos pueden
imaginar, por lo que no hace falta más detalles. Sólo agregar que si se siente
una necesidad de compensación real es imperioso cumplirla sin plazos, remilgos
ni subterfugios que luego nos obligarían a reparar mucho más.
El hombre puede ser culpable de muchos sucesos y puede saberlo o no. Todos podemos ser o sentirnos en algún momento culpables de algo. Pero lo que no podemos es erigirnos en Jueces capaces de administrar el castigo o la pena hacia un tercero. Esa responsabilidad le cabe sólo a la Conciencia Suprema. Nosotros no podemos evaluar los sucesos y decidir penalidades por ellos. Ni nos pedirán que lo hagamos. Pero la vida en sociedad impuso que exista una serie de normas para regirla y en ese caso esas normas pasan a aceptarse normalmente en la forma de leyes de aplicación según cada país y es lo que finalmente constituye la Constitución de cada uno, que pasa a tener localmente el valor de la Conciencia Suprema y todos los ciudadanos quedan obligados a Ella.
Es normal que haya muchos individuos que se resistan a
cualquier norma semejante, con el justificativo de que prefieren vivir en
libertad ya que las leyes son una forma de sometimiento a una autoridad que no
se reconoce. Quienes pretenden una vida así, son los anarquistas. Hoy resulta
más que evidente que es imposible vivir sin leyes y sin Justicia, aunque las
que se logren sean precarias e imperfectas. La sociedad humana hoy no puede
sobrevivir sin esas autoridades que intenten al menos un boceto de orden,
jerarquía y disciplina.
Al tratar de culpas, es también momento para tratar acerca de una virtud poco considerada en los estrados de la Justicia Humana. Es la Misericordia. “Ella es la disposición a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenas. Se manifiesta en comprensión, amabilidad, asistencia al necesitado, perdón y reconciliación. Más que un sentimiento de simpatía es una práctica. En el cristianismo es uno de los principales atributos divinos”. (Wikipedia)
Luego de la guerra, los vencedores juzgan a los vencidos. Ha de ser muy difícil para un general vencedor sentir Misericordia hacia los vencidos. Para un prisionero también ha de ser muy difícil aspirar a Ella o aceptar el castigo que sobrevenga. En las Almas de ambos habrá seguramente negros torbellinos de emociones. Se chocarán deseos de venganza con compasión, odios sangrientos con miedos cervales. Y en muchos casos habrá quienes se acuerden de Dios, como en todos los momentos de apremio. La Justicia dependerá de muchos factores, pero muy especialmente de la calidad humana de quienes la administren.
Es de destacar que existe también la Misericordia Interesada o- Falsa, consistente en el manejo benévolo o compasivo de la justicia, pero no a causa de un claro entendimiento de los hechos, permitiendo considerar atenuantes o merecimientos, sino simplemente a causa de un interesado acuerdo económico, hecho que generará a su vez otra cadena de sucesos que se extenderá en el futuro hasta límites insondables.
Si entendemos como pecado no la definición de las
religiones, que es más que sensata y válida, sino la de la vida en general, que
lo explica como la simple negativa a aceptar y cumplir sus leyes, debemos reconocer
que es difícil para un ser evolucionante vivir sin cometerlos con relativa
frecuencia, porque el pecado está implícito en nuestra naturaleza. Así, existe el
pecado de comisión, que consiste sólo en hacer lo que no se debe; y el de
omisión, que es justamente lo contrario: no hacer lo que es debido. Para ambos
casos, qué o quién determina lo que se debe y lo que no, puede ser nuestro padre,
nuestro médico, nuestro instructor, nuestro entrenador, el municipio o nada más
nuestro sentido común.
Entre este laberinto de errores y compensaciones, veremos ocasionalmente
personas que se sienten culpables de un suceso desgraciado que no es real, o no
es tan real como lo sienten. Cabe preguntarse aquí cual es el origen de
semejante embrollo. Este caso de falsa comisión puede tener una explicación
psiquiátrica, que podrá enfocarse de distinta forma según las explicaciones que
ofrezca el sujeto. Pero también podría buscarse su causa en una condición
kármica a tratarse por diferentes especialistas, que tendrán seguramente muchos
antecedentes en los cuales indagar para procurar una solución.
También forman parte de la vasta galería de las culpas, la
ignorancia y la indiferencia. La primera, porque se cree erroneamente que el hecho
de no conocer un asunto nos permite equivocarnos con él libremente. Como
ejemplo sabemos que no es cierto que por desconocer la existencia de la
electricidad estamos a salvo de sus
efectos. Casi lo mismo ocurre con la segunda, aunque en este caso hay una
diferencia. Es la de desdeñar un tema a propósito, evitando exponerse a un
error, o vivir sin disfrutarlo. Por ejemplo: “No votaré para no equivocarme al
elegir un candidato”.
También existe la creencia generalizada que los yerros
siempre son de naturaleza concreta, son hechos consumados. Pero no es así. Hay
yerros de palabra u orales y de pensamiento o mentales.
(*) Los de palabra son aquellos que producen daño por el concepto que revelan en contra de algo o alguien y se manifiestan en mentiras o secretos revelados. Caben aquí las expresiones de los políticos, con destino a multitudes de personas que, carenciadas y ávidas de soluciones a sus problemas, permiten que las seduzcan con promesas que aunque se perciban como falsas o de aplicación imposible, no dejan de ser un sueño que sería maravilloso se realice. También caben aquí textos publicitarios, presentación de nuevos productos, campañas comerciales y todo un vasto mundo de promesas infundadas o mentirosas, presentadas por las empresas que pretenden imponer sus productos en plaza, a veces a cualquier costo.
(*) Los de pensamiento son todas las cadenas de ideas,
proyectos y deseos que procuran causar perjuicios, daño o mal a otro. Quienes
desarrollan armas, preparan fraudes, crean falsas espectativas, planifican
sabotajes y estafas o impiden con maniobras egoístas que otros triunfen, son
sus agentes.
(*) En este momento es bueno considerar que tanto la voz como el pensamiento, según sostienen los filósofos de la antigüedad, poseen un poder oculto de gran alcance. Una teoría muy arraigada afirma que se construyeron numerosas obras gigantescas solamente con esa energía, trasladando piedras de gran tamaño a través de enormes distancias. Así es como habrían sido construídas pirámides, templos y piedras erectas. Los muchos sostenedores de esa teoría permiten considerarla como una posibilidad más que cierta y para que oficialmente la acepte el mundo científico, tal vez necesite nada más se la divulgue y compruebe con verdadero interés. Como se sostiene desde tiempos inmemoriales, los más importantes secretos se protejen sólos, por lo que simplemente se los deja expuestos a la vista de todos, para que nadie repare en ellos.
(*) Los yerros o pecados de obra son las acciones
desgraciadas que cometemos permanentemente. Las tecnologías actuales
permitieron que los delitos tradicionales hayan recibido un importante
incremento en la gravedad y variedad de perjuicios a las sociedades. Al mismo
tiempo, el reclamo por derechos desatendidos -aunque en la mayoría de los casos
no corresponden- constituyó una forma más de negocio, que ataca al alma de la
población.
El Kybalión, libro esotérico que describe parte de las enseñanzas de Hermes Trimegisto, explica: “El Todo es mente; el Universo es mental. El Todo es el conjunto totalizador. Nada hay fuera del Todo.” De esto se desprende que cada actitud de cada ser es una poderosa energía en movimiento. Y como esas energías se agrupan por semejanza, facilmente podemos deducir que los errores que se cometen, más las emociones que generan como inmediata consecuencia, se unifican en una gran cantidad final de energía –negativa por su naturaleza- que busca manifestarse de alguna manera. La simple manifestación de esa energía podría ser lo que hoy está causando los cambios climáticos que tanto afectan al mundo. Y si le sumamos el perjuicio del estrago ocasionado a la Naturaleza, podemos considerar que el Apocalipsis es un hecho casi inminente. A menos que tomemos conciencia y demos un violento golpe de timón para cambiar de rumbo, no transcurrirán muchos años sin que el desastre natural se inicie. Y luego de que se inicie, nada podrá detenerlo. Entonces no servirán ya las oraciones ni los rituales. Y tendremos la ocasión de ver con nuestros propios ojos, la recreación del fin de la Atlántida legendaria.
Creo que hoy casi no es posible vivir sin pecar. La
abundancia de tentaciones y desafíos de todo tipo son una fuerza abrumadora que
tenazmente trata de vencer nuestra Paz y Virtud. Pero también sé que es nuestra
obligación intentarlo sinceramente y, si fracasamos en el propósito, bueno será
volver a empezar una y otra vez. Una y otra vez. Pero, eso sí, siempre sinceramente.
02.01.2022
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