LA ILUSIÓN DE LA FELICIDAD

 



Tal vez resulte insensato considerar a la Felicidad una simple ilusión en estos años en que la Nueva Era nos ofrece sus más bellas promesas. Pero antes de que esas promesas comiencen a concretarse no hay razón alguna para aceptarla como algo verdadero y posible.

 

Muchas personas poderosas situadas en una posición socialmente encumbrada y envidiable, en la intimidad confiesan impotencias y menoscabos insospechados que les impiden acercarse siquiera a un atisbo de la felicidad. Y a eso nadie lo imagina desde afuera. Mentras tanto otros, lejos de los mimos de la opulencia, ven que la vida es bella a pesar de sus fatigas y carencias y la viven agradeciendo los dones y bienes concedidos, pues saben que es una bendición disfrutar de buena salud y ver correr a sus hijos bajo la sombra de un árbol. Curioso don el de la felicidad, capaz de enajenar a unos y elevar a otros sin que resulte posible crear una regla capaz de explicar su funcionamiento y naturaleza.

 

Considerando la observación más elemental, se ve que el padecimiento del hombre nace con su vida. En efecto, viene al mundo llorando, como si supiese qué le espera aquí. Inicia entonces una lucha sin fin por respirar, alimentarse y vivir, que lo seguirá durante toda su existencia. El hombre debe afrontar una nueva guerra en cada etapa de su existencia y no es exagerado afirmar que cada día libra una batalla, hasta que finalmente sucumbe en una de ellas, sin importar la edad.

 

Sería inútil pretender enumerar los enfrentamientos a los que la vida somete al hombre a través de sus distintas etapas. Y el corolario que surge de esta clara observación es que seguramente entre tantas batallas tiene pocas oportunidades de conocer la felicidad.

 

Recurriendo a la Ciencia, se sabe que este hermoso planeta azul es un mundo lamentablemente cruel, donde reina la ley del más fuerte. La biología acepta sin rodeos que la naturaleza reconoce la supremacía del más apto para perpetuar las especies, de modo que el hombre debe reconocerse como el ser más amoroso de la Creación con respecto a otros, dado que desarrolló ciertos códigos de respeto y solidaridad, aunque no siempre se manifiesten. Además, es en su interior orgánico donde se desarrollan las guerras más feroces. Efectivamente, allí es donde el metabolismo libra perpetuos combates entre bacterias y defensas, entre glóbulos útiles e inactivos y entre  toxinas y antídotos, en una forma tan feroz que cualquier guerra de la historia empalidece.

 

Recurriendo a la Biblia, tanto como Libro Sagrado o como fuente histórica y moral de relativa importancia, se ve que en su principio explica que Eva y Adán fueron expulsados por Dios del Paraíso, el supuesto reino de la Felicidad Perpetua, por no respetar sus instrucciones. Aunque se sabe que sus textos deben ser tomados como parábolas y metáforas, no deja de ser sugerente que los símbolos del inicio de la Humanidad hayan sido despojados del símbolo de la felicidad por el símbolo directivo.

 

Poco después sigue otra demostración de que este es un mundo de dolor, en el capítulo que describe cómo Caín asesinó a su hermano Abel por una ración de comida. Continuando la lectura sólo se hallará una ininterrumpida descripción de batallas, guerras y luchas, que son la clara descripción de la historia y naturaleza del hombre.

 

Entre una confusa narración de hechos controversiales, se halla un Dios que por una razón fuera de todo entendimiento privilegia a un pueblo por sobre los demás. Se ve también en otros relatos que el mismo Dios se llama vengativo, profiere amenazas y somete a su rebaño a pruebas caprichosas y dolorosas. Una acabada prueba de ello es el Libro de Job, un verdadero compendio de pruebas nefastas a las que es sometido un hombre para que Dios compruebe su Amor. Esto no pretende ser un análisis bíblico, pero sí demostrar lo esquiva que la Felicidad puede llegar a ser para esta Humanidad, supuestamente  amenazada aún por su propio Dios.

 

La Historia académica no es menos dolorosa y ofrece una amplia galería de miserias desde los inicios de sus anales. Las civilizaciones se suceden a través de los tiempos de la misma manera que sus invariables hegemonías dispuestas por la fuerza. Y lo peor es que aunque la humanidad aparentemente evoluciona hacia una etapa de perfección, esa perfección nunca se hace del todo evidente. Hay desarrollo científico, tecnológico y económico, pero ese desarrollo no se manifiesta en una aplicación positiva sino todo lo contrario, de modo que las naciones desarrolladas de hoy se las ingenian para reeditar las mismas miserias de los imperios desaparecidos.

 

La economía es otra fuente de dolor para la humanidad. Se enseña a través de los códigos de ética y moral, que se debe buscar la realización sin detenerse a pensar en las riquezas y sin perder la calma ante las carencias que impone el sistema. Pero las clases dirigentes no reciben los mismos códigos y atesoran riquezas sin cesar. Aún las que no les corresponden. Y no consideran que podrían estar mejor dispuestas o que resultaría más sano si mantuvieran una mejor relación entre costos y precios, entre responsabiidades y salarios, o entre capitales estériles y asistencia a la humanidad. Hoy el poderoso atesora fortunas tan inmensas que no podría gastar en toda su vida y se rodea de ejércitos que se la protejan a través de la violencia y la intriga.

 

El Imperialismo hace que existan naciones subyugadas que permiten la opulencia de otras. Una ley de oferta y demanda con retoques caprichosos regula los mercados a través de la explotación de millones de personas. Las leyes naturales se violan continuamente y toda la humanidad paga por ello. El medio ambiente es saqueado, mutilado, humillado y desaparecido. Quienes toman decisiones e imparten justicia lo hacen sin considerar los perjuicios que sus obras ocasionan a los demás. Un victimario irresponsable decide la desgracia de un pueblo, de una nación, o de una... humanidad.

 

¿Entonces? Entonces es razonable que no exista la Felicidad en un mundo donde persisten las guerras y las injusticias. Nadie puede ser feliz en medio del dolor, la miseria y la barbarie. Se superaron muchas enfermedades, pero continuamente se descubren otras y son pocas las naciones que poseen un adecuado sistema de salud. El hombre cada vez es más víctima del hombre, aunque grite que llegó el tercer milenio. Es fácil caer en la cuenta, entonces, que ante esta galería de calamidades no es posible que florezca la Felicidad. Tal vez puedan existir individuales momentos de alegría y celebración, pero nunca una Felicidad firme.

 

La educación ofrece puntos de vista similares. El ser humano debe enfrentarse a obstáculos insalvables que a veces se manifiestan desde sus progenitores. Las clases menos favorecidas son las que por ignorancia traen al mundo mayor cantidad de hijos a los que no pueden alimentar, educar ni proteger. De ellos, los que llegan a ser adultos lo hacen casi siempre con enfermedades, invalidez, analfabetismo, toxicomanías y la imposibilidad de ser útiles o tomar un empleo. Dentro de ese círculo la educación jamás prospera y es natural que las incapacidades se sigan dando en forma creciente hasta que algo externo, como la intervención del estado o un fenómeno natural, rompe el ciclo.

 

Yendo a la raíz filosófica del asunto es posible preguntarse quién dijo que el Hombre está destinado a la Felicidad. Si es que alguien lo dijo. No, por cierto, las religiones o las escuelas esotericas, quienes desde siempre saben que este es un mundo de ilusión en el que el Alma viene a aprender por medio de durísimas experiencias. “A Ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas” dice el Salve, oración católica dirigida a la Virgen María. No puede ser más clara. Las enseñanzas de las escuelas esotéricas, por su parte, dicen que “a mayor nivel evolutivo las pruebas son más duras” lo que para nada constituye un aliciente.

 

De cualquier manera, se entiende que hay que disfrutar lo que la vida permite, sin mayores cuestionamientos. Para el Místico el ahorro y la previsión son errores, pues constituyen la forma de visualizar, preparar y crear su propia miseria. La vida debe encararse siempre en positivo, con la certeza que todo se dará bien, tal como uno lo crea con la energía de su mente. Si aprende a conectarse con la Divina Fuente  en forma adecuada, podrá tomar de Ella lo necesario hasta el fin de su vida, por lo que cada día se ejercita para lograrlo y aprende a discernir lo necesario, lo imprescindible y lo superfluo. Para el Místico auténtico la vida es una felicidad completa, pues todo lo que a otros quita el sueño es para él inútil. Y lo que le es necesario de verdad, le llega en abundancia. En cantidad suficiente para distribuir entre su entorno inmediato.

 

Muchos sabios y santos de la antigüedad fueron felices y se arrobaron en el éxtasis contemplativo aunque le hayan abundado enfermedades y miserias. El místico es entonces el único que está llamado a ser feliz, si bien su trabajo es arduo y demanda más de... una vida.

 

De esto se desprende que la Felicidad no es un estado de ánimo sujeto a las condiciones del ambiente, sino un estado espiritual que permite al hombre permanecer al margen de la adversidad y el dolor. El Sabio permanece sereno mientras todos huyen ante el avance de ejércitos, catástrofes y epidemias. A él por alguna razón no le alcanzan sus efectos. Como si Dios lo protegiera o un raro fenómeno lo mantuviera fuera de la vorágine. Y es así en verdad. Cuando el Alma se conecta a la Divina Fuente, la conciencia profana calla y deja que hable la conciencia profunda. Ella guía, protege y provee. El místico no es feliz porque lo tiene todo ni porque nada le afecta, sino porque despertó en su interior el Poder Inmanente del Sabio, que halla todo lo que necesita y siempre se encuentra más allá de cualquier contingencia.

 

Así es como se llega a la conclusión que la felicidad es nada más que un estado inefable de la conciencia profunda y superior, consecuencia directa de su evolución. La felicidad engaña al hombre común, o el hombre común se engaña sólo en su búsqueda, de modo que sufrirá por ella teniéndola en las manos, la agradecerá sin tenerla, o tratará de arrebatarla a otros creyendo que es la consecuencia de una posesión.  Las guerras de la humanidad, las angustias del hombre mortal y la Luz de los Santos, siempre se tomaron como causas y consecuencias de la felicidad, sin embargo nada está más equivocado.

 

Simplemente, la felicidad está en nosotros. Reside en lo más hondo de nuestro ser y sólo la descubriremos cuando estemos en condiciones de verla. Cuando la aceptemos sin más errores de interpretación y dejemos que se manifieste en libertad, espontáneamente. Cuando nuestra madurez interior así lo permita. No es cierto que la felicidad es el resultado de la paz, la salud, la armonía y otras cien condiciones. Es al revés. Cuando evolucione nuestra personalidad lo suficiente hallaremos la felicidad. Como dice la sentencia de Jesús. Busca el Reino de Dios y su Divina Justicia, y lo demás te será dado por añadidura.

 

Mientras tanto, la búsqueda de la felicidad por otros medios y en otros sitios habrá de fracasar rotundamente. No busquemos más la felicidad. Despertémosla...

 

Miguel Keegan

10 de Agosto de 2004

 

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