DIOSES

 


A esta altura de mi vida estoy comprendiendo la inmensa gravedad de nuestro error genético de creernos importantes. En realidad, no somos más importantes de cualquiera otra criatura de este mundo. No somos Los Amos de la Creación, ni la obra máxima y perfecta de Dios.

 

Justamente estoy empezando a entender que esa idea nos fue implantada como parte de un Programa de Vida pobre, imperfecto e incompleto que nuestros creadores colocaron en nuestro ADN.

 

Esas carencias son la causa de todas nuestras inevitables tribulaciones y, justamente, nosotros debemos descubrir si ellas se nos imprimieron a propósito para que aprendiéramos a superarlas, o si nos fueron impuestas con el fin egoísta de no permitirnos lograr la Evolución verdadera que nos saque de nuestro ostracismo Cósmico.

 

Creemos ingenuamente que nuestra raza está llamada a crecer y desarrollarse en todos los aspectos de su integridad. En el plano físico, con los adelantos que la ciencia nos dará para vencer enfermedades y carencias. En el mental, con los conocimientos que nos permitirán organizar una sociedad armoniosa y pujante con un gobierno recto, una economía fuerte y una sociedad bien organizada y equitativa. Y en el espiritual, con la posibilidad de alcanzar una supuesta y probable vida superior semejante a un Paraíso en la Tierra. Pero no creo que sea así. Más vale, hoy siento todo lo contrario.

 

Nuestra raza imperfecta debe permanecer aquí en su natural condición porque ese es su programa. Y así seguirá la historia mientras el programa permanezca en vigencia. No desaparecerán jamás las calamidades del mundo y todas las que conocemos continuarán azotándonos como lo han hecho desde siempre. La Humanidad es así ya que así fue diseñada en el Tablero Cósmico que le dio origen. Aquí nada mejorará. Al contrario, no nos deberá sorprender si entramos en un Ciclo en el que todo se complique.

 

Pero aquí viene al caso la tradición del Redentor. En efecto, cada uno de nosotros llegará en su existencia individual a un punto tal de evolución íntimo, personal y único, que le permitirá subir un paso más en la Escala Cósmica. Entonces, con el automatismo sigiloso y eficaz del programa que nos anima, seremos enviados a una vibración algo más elevada, donde nuevas condiciones de vida nos ofrecerán otro ámbito de existencia. Así será otro plano para otra vida. El Redentor es nuestra propia Conciencia, habiendo alcanzado el justo grado de desarrollo para dar ese Trascendental Paso. Entonces nos liberaremos de esta rueda de vidas o encarnaciones tan modesta para pasar a otra de la que aún no podemos tener una idea.

 

Ese es el programa de vida que los supuestos Dioses nos colocaron en el ADN, del mismo modo que se coloca un microchip en un teléfono celular. Por eso en nuestro mundo las cosas no cambian: porque están programadas en nosotros, porque así fuimos diseñados, porque todo tiene un motivo para una finalidad. Las imperfecciones del mundo y de la sociedad nacen de la imperfección del hombre.

 

¿Es injusto, está mal, es pecado? Tal vez lo sea para nosotros, pero Ellos lo decidieron así y no es importante nuestra opinión. Somos su proyecto, su obra, su mascota. Este planeta les pertenece y Ellos lo trabajan a Su criterio, así como el hombre  de campo trabaja su tierra para obtener lo que desea.

 

No es mucho lo que podemos hacer, realmente. Ni siquiera podemos estar seguros que esté vigente aquella tradicional enseñanza de que Sólo por el Amor será salvo el Hombre, aunque nos fuera impartida por el más grande de los Maestros que conociera la Humanidad…

 

Por el momento esa es la única instrucción que se lee en nuestra Carta de Navegación y me aferro a ella con el vivo deseo que permanezca vigente…

 

Miguel Keegan, 10.04.2020

 

 

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