DISCURSO DE LA VERDAD

 

Pocos conceptos han sido causa de disputas, controversias y hasta guerras, como la Verdad. Fácilmente podemos advertir que cualquier lucha de la humanidad ha tenido su origen en el deseo de hacer prevalecer una verdad: social, religiosa, política o hasta científica, pero una verdad. Justo es pensar, entonces, cómo es posible que la verdad se preste a tantas y tales irregularidades, si supuestamente por su simple naturaleza, estaría excenta de discusión. Pero antes de preguntarnos esto es preferible averiguar qué es la verdad y buscarle una definición.

 

Según las enciclopedias corrientes, es la simple concordancia entre las cosas y el concepto que de ellas tiene nuestra mente.

 

Pero entonces cabe preguntarse qué mente, o la mente de quién, pues fácilmente podemos inferir que no todas las mentes elaboran de igual forma sus ideas.

 

Otra acepción explica que es la concordancia entre lo que se dice y lo que se siente o piensa.

 

Y aquí cabe una pregunta similar: ¿Quién siente o quién piensa? Pues también reconocemos las posibles diferencias entre los pensamientos y sentimientos de las distintas personas.

 

Una acepción tal vez más firme es la que explica que es el juicio o proposición que no se puede negar o rebatir racionalmente.

 

Y aquí cabe preguntarse cómo asegurarnos un examen imparcial acerca de la racionalidad de los interlocutores y cómo esa racionalidad puede tener efecto sobre la verdad.

 

Tal vez una definición más acertada sea la que afirma que se trata de cualquier juicio, concepto o proposición que resulte el fiel reflejo de una expresión divina o cósmica.

 

Si bien a grandes rasgos esta parece correcta, habrá que aceptar que se debería ajustar con gran inteligencia para aplicarla a las cosas cotidianas y personales. Pero esos ajustes mellarían ya su condición de verdad, le pondrían un límite y ajustarían su valor según la visión de cada uno. Y así ya no existiría más como verdad.

 

Evidentemente es difícil procurar una definición exacta de este concepto. La dificultad estriba en que si bien la verdad es única, pueden existir diferentes interpretaciones de ella según quien la emita o ponga de manifiesto.

 

También es difícil expresar una verdad dejando de lado el personalismo o individualismo, que no son más que las manifestaciones más elementales del egoísmo.

 

La vanidad, la egolatría, la impertinencia y otros vicios de la personalidad, son también enemigos de la verdad, pues pretenden un ajuste de ella a los requerimientos personales, aunque en muchas ocasiones esa pretensión sea espontánea y hasta  carente de cualquier intencionalidad.

 

Desde un punto de vista esotérico podemos afirmar que existe una única gran verdad, que es la Ley Universal, Cósmica o Divina. Y que a partir de ella subyacen numerosas jerarquías de conceptos menores o pequeñas verdades, que no son sino los diferentes medios con que la Fuente nos permite lograr nuestra manifestación.

 

Como ejemplo podemos citar que un manantial en medio del desierto genera un oasis y que este oasis está por ley universal disponible para quien lo necesite. Sin embargo, si una tribu nómada se asienta en forma permanente junto a él y con el tiempo constituye una ciudad, habrá de pretender que ese oasis sea de su exclusiva propiedad y que los extranjeros que necesiten de él le paguen un tributo.

 

Aquí tenemos el nacimiento de la avaricia, que obligará a pagar un impuesto –en este caso al agua- a cualquiera que la necesite. Lo mismo sucederá con un campo de pastoreo, un bosque, un puente o cualquier otro elemento de valor. Y así, la ley cósmica habrá dado lugar –al menos en forma provisoria-  a la ley del hombre, nacida de la verdad aparente del primer ocupante que pudo establecerse en forma permanente, como si ello fuera motivo suficiente para cobrar un impuesto.

 

Como este simple ejemplo, es posible enumerar decenas. Antiguos imperios se fundaron a partir de verdades aparentes. Luego crecieron, se extendieron, declinaron y desaparecieron también por ellas.

 

A pesar del tiempo transcurrido, hoy existen naciones que de una manera incomprensible entran en guerra a causa de sus límites territoriales, discriminaciones raciales e intolerancias triviales, al mismo tiempo que otras se preparan para una supuesta conquista espacial sin considerar que la inmadurez evidenciada como civilizaciones hará que llevemos nuestros miserables conflictos donde vayamos.

 

Dejando de lado las naciones, si nos observamos como individuos podemos apreciar que todas las falencias residen en nosotros mismos, que nadie está exento de ellas y que se nos descubren en la personalidad  -que creemos desarrollada, rica y en un importante nivel evolutivo- como los pobres remiendos de una prenda cuya vejez no podemos disimular.

 

Criticamos la paja en el ojo ajeno sin ver la viga que cargamos en el propio, como nos hace notar la antigua parábola del Maestro Jesús. Resulta evidente, entonces, que para nuestro actual estado evolutivo es mucho más fácil ejercer la crítica hacia nuestros hermanos, que volver nuestra capacidad de apreciación hacia un previo auto análisis. En la mayoría de los casos es probable que ni siquiera hubiéramos hallado un motivo valedero para emitir un juicio así. Aunque también es cierto que muchas veces nuestros juicios pretenden ser sinceros y pueden constituir un servicio fraternal hacia quienes los destinamos, desde nuestro propio punto de vista.

 

Nuestra capacidad de análisis de la verdad puede tener varios puntos de vista, que es bueno tener en consideración.

 

a.. Necesitar la Verdad: lo que significa haber logrado el entendimiento de que existe un concepto que, por su propia condición, no admite duda y sentirnos motivados a buscar por todos los medios disponibles su manifestación, hasta llegar a armonizarnos con él e imbuirnos de su poder y naturaleza. Por ejemplo, antes de opinar sobre las condiciones meteorológicas del día, sabemos que es conveniente salir a observar el cielo.

 

b.. Creer la Verdad: lo que significa habernos familiarizado con una fuente externa que creemos fidedigna, para adoptar un concepto con el que necesitamos interiorizarnos. Por ejemplo, además de salir a observar el cielo recurrimos a un informe meteorológico, que a pesar de ser una fuente seria y confiable puede estar equivocado, parcial o totalmente, moviéndonos a una falsa apreciación.

 

Estos errores lamentablemente son inevitables en nuestra civilización y cada día es normal ver decenas de ellos por doquier. Pero con el tiempo esos errores se decantan por el peso de su propia esencia o por los cambios que se dan en las sociedades. Es decir que la solución a esos errores insumen tiempo, costos elevados y hasta un dolor que debe aceptarse, nos parezca bien o no, como parte de nuestro proceso evolutivo.

 

c.. Buscar la Verdad: lo que significa haber logrado la madurez intelectual y psíquica como para saber que antes de emitir un juicio verdadero necesitamos una comprobación fehaciente y que la misma debe integrarse con la experiencia personal, mas toda la información posible. Por ejemplo, antes de opinar sobre el tiempo, lo mejor será sumar nuestra observación personal a los datos del informe emitido por los especialistas y hasta aprender al menos algunos conceptos sobre meteorología.

La búsqueda de la verdad es un proceso largo, que puede incluso requerir una vida entera, como sucede con las búsquedas filosóficas profundas, las mas complejas formulaciones de las matemáticas y ciencias afines, o los procesos de investigación más delicados en la biología y la astronomía.

 

d.. Saber la Verdad: lo que significa haber evolucionado en la intuición y la búsqueda lo suficiente como para aprender a evaluar las fuentes; comprender la limitación de la opinión y valoración personal; entender que hay una verdad fundamental, pero que para nosotros existen otras verdades, grandes y pequeñas, que son manifestaciones parciales pero valederas de la primera; aceptar que la verdad se manifiesta de la misma manera a todos, aunque cada uno tiene una comprensión o entendimiento diferente de ella; y que las verdades individuales no deben prevalecer unas sobre otras sino que deben coexistir en perfecta armonía.

 

e.. Ser la Verdad: lo que significa ser consciente de que en nuestro nivel evolutivo nos debemos contentar con manejar nuestras pequeñas verdades cotidianas con respeto, tolerancia y amor, dejando para más adelante –cuando lleguemos a ser Luz-  la esperanza de abrevar en la verdad suprema.

 

Vemos entonces como el concepto Verdad resulta algo inasible, voluble, evolucionante, pero para nada fiable. Cuando la Justicia afirma que se busca la verdad, inicia su labor con una premisa falsa. En toda controversia cada litigante ofrecerá un aspecto de la gran verdad. El suyo.


Hay ocasiones en que las pequeñas verdades que aportan los participantes resultan inaceptables en forma tan evidente, que desconciertan. Falto de argumentos valederos, un acusado puede elaborar los más intrincados e increíbles razonamientos con el propósito de justificar su accionar. Y es posible que esos razonamientos terminen con la increíble proeza de dejarlo libre de culpa. La justicia puede dejar libre al más vil de los reos, sólo por el buen argumento ofrecido.

De donde podemos inferir que no importa mucho la verdad, sino la habilidad para construir un buen andamiaje verbal, lo suficientemente fuerte como para crear una ilusión jurídica aceptable.


Y si la Justicia, que en definitiva es el arte y la ciencia que aplica la verdad en las controversias de los hombres, sabe fehacientemente que la verdad humana no es fija, firme ni confiable, podemos deducir como conclusión fatídica e inevitable que hoy, tal como se desenvuelve la sociedad… la verdad humana no existe. Pero la otra, la Gran Verdad, la Universal, Divina o Cósmica, esa es eterna e inmutable y en definitiva es la que en algún momento decidirá que llegó la hora del Gran Cambio.

 

 

Miguel Keegan

23.02.2021


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