UN IRLANDÉS RICO
Mis ancestros vinieron de Irlanda a mediados del 1800, huyendo de algo. No sé si de la hambruna a causa de la peste de la papa, no sé si de las cada vez más frecuentes incursiones de los ingleses, no sé si de las deudas que se generaban por los abusos de los dueños de las tierras que ocupaban, no sé bien de qué. Lo cierto es que venían huyendo de algo. Por aquellos tiempos en Irlanda había muchos motivos para huir.
Habían sido chacareros. Si bien algo bohemios, románticos y amigos de la música y los tragos, no descuidaban para nada su trabajo. Cuando se decidieron a venir, no eran ciertamente los más pobres de todos. Viajaron en un barco mercante, en la forma más simple y económica que pudieron contratar. Casi no trajeron equipaje, un poco para abaratar el costo de los pasajes y otro poco porque en realidad nunca habían llegado a contar con bienes propios. Era común entonces permitir a los chacareros ocupar una propiedad con todo lo necesario para subsistir, prohibiéndoseles toda modificación en las existencias. Pero sí traían unas cuantas monedas de algún valor, ocultas en una vieja media. Lo que hoy podría llegar a ser tal vez, una tarjeta Mastercard.
El grupo se dividió al llegar a América y, mientras unos decidieron probar suerte en los Estados Unidos, otros prefirieron ir a Cuba, México u otros puertos de las Antillas. Finalmente, sólo uno prefirió separarse del grupo y recalar en Buenos Aires. Ese fue John Keegan, mi bisabuelo.
Ya desembarcado, pronto se reunió con otros irlandeses que como él trataban de inspirarse para ver qué hacer. Murray, Cavannagh, Murtagh, Duggan, Maguirre, Carey, Braken, McLoughlyn, Corman… todos formaron parte de alguna de las posteriores anécdotas de mi abuelo. Había muchos más, de esos y otros apellidos, que me suenan siempre bien. Todos gente buena que debió escoger qué camino tomar en busca de su nueva vida.
Argentina era en esos años una nación que crecía sin que nada pudiera evitarlo. Como dijo no hace mucho un político detestable, condenada al éxito. Sólo que en aquellos años era verdad. Cada punto del país daba lugar a una explotación diferente, de acuerdo a su suelo. Buenos Aires se convirtió en un inmenso establecimiento agrícola ganadero surcado por una infinita red de ferrocarriles, rutas y caminos.
Algunos irlandeses fueron hacia el sur, a lo que hoy es Coronel Dorrego, Tornquist y Coronel Pringles. Otros al norte, a San Antonio de Areco, Capitán Sarmiento, Arrecifes, Capilla del Señor y hasta a la Provincia de Santa Fe. El grupo de mi bisabuelo fue para el Oeste, hacia Lobos, Navarro, Chivilcoy, Veinticinco de Mayo, Nueve de Julio, Mercedes y Carlos Casares. En realidad, en estas pampas hubo una diáspora de irlandeses que se extendió por todas partes. Hoy estamos extendidos por el país y cualquier cementerio de provincia ostenta testimonios fúnebres de todo tipo, desde los monumentos más fastuosos hasta las sepulturas más humildes que llevan la Cruz Celta y otros símbolos propios de ellos. Y por doquier existen localidades y calles con muchos de esos nombres queridos.
Mi bisabuelo marchó, sabrá Dios con qué vueltas, aventuras y peripecias, hacia Lobos. Con las monedas de su media compró una chacrita no muy ambiciosa y levantó allí su rancho de adobe y chapas. Sin que hayan trascendido los detalles se casó con una Paisana de apellido Braken, cuyo nombre se perdió porque todos le dijeron sólo Mummy. Con ella tuvo tres hijos: Ana, Estela y Juan, mi abuelo.
En aquellos tiempos el hombre de campo se sentía atraído por las pulperías, donde se solazaba con algunos tragos y los juegos de naipes, junto a los vecinos de la zona. Mi bisabuelo no tardó en hacerse famoso, no tanto por su habilidad sino porque no le gustaba mucho que le ganen una partida. Por ello decidió que sería bueno acompañarse con un arma, como los vaqueros y llevó desde entonces un revólver Smith & Wesson calibre 45, con el que se convirtió en un personaje temible. Tanto, que una noche un jugador menos amigo de perder que él, lo esperó a la salida de un juego y sólo con un disparo mortal puso fin a su breve historia.
Mi joven abuelo debió hacerse cargo de la familia pero, según se comentaba en la zona, no gozaba de buen carácter y era muy exigente con sus hermanas. Como consecuencia de ello Estela pronto se casó y se marchó de casa, mientras que Anita, que permaneció soltera toda la vida, no tardó en irse a vivir con su primo, Patricio Braken, también soltero vitalicio, amigo de los perros y entusiasta de la siesta bajo los árboles después del almuerzo. Los dos vivieron también en un rancho de adobe y chapas, bien conservado y de muy grato aspecto.
Juan, libre de sus hermanas, vendió su propiedad para comprarse una chacrita en Navarro, en el paraje La Blanqueada. Como era de usanza, también se construyó su rancho de adobe y techo de chapas, pero este fue bastante amplio, ya que contó con dos secciones. En una de ellas estaba la gran cocina, presidida por un enorme fogón que hizo las delicias de mi infancia. Se fue allí con su madre y no tardó en casarse con la hija de otro chacarero local, pero… Italiano. La muchacha se llamaba Pascuala, o Pascualina, según el humor del día. Buenísima gente los italianos, pero no combinan para nada con los irlandeses. Al menos, eso fue lo que resultó en casa de los Keegan, desde aquel momento los Keegan Marazzi.
Mi abuelo Juan, John según le decían sus amigos irlandeses, era bastante zapatraca. Al igual que el otro John, su padre, no era lo que se dice un fanático del trabajo. Más vale prefería dedicarse a su acordeón, con el que de soltero animó todas las fiestas de la zona.
Casado Juan, su madre debió dejar de ser Mummy para convertirse en Granny con la llegada de los nietos. Granny era una abnegada católica que conocía más de la Iglesia que cualquier Cura, pero adolecía del mismo mal que su hijo en lo que al trabajo se refería. Así que en casa de John Keegan hijo, la única persona laboriosa pasó a ser Pascuala, quien por su fuerte carácter se impuso en la familia y aplicó un férreo criterio de orden y jerarquía consistente en que cada uno debía dedicarse a lo que quisiera, pero Ella y sólo Ella sería quien condujera la casa.
Eso le cayó muy bien a John, quien siguió con su acordeón ahora siempre acompañada por una hermosa pipa cargada con el famoso tabaco holandés que aún hoy huele a chocolate y luce en su empaque la figura de un encepado.
Por su parte, Granny continuó dedicándose a sus prácticas devocionales y algunas otras tareas sin complicaciones como preparar scons, tejer, bordar carpetas o cultivar algunas plantas de adorno.
Cuando los niños empezaron a crecer, Pascuala le cedió el puesto de niñera. Por lo que Granny fue inmensamente feliz criando sus tres nietos: Juan Ramón, María Elena y José María, mi buen Padre años más tarde.
Para la crianza de los niños Granny sugirió que debía contarse con un Tutor, un Maestro que debía impartirles las básicas enseñanzas necesarias para la vida. Tras breve deliberación se tomó una decisión salomónica para satisfacer las dos genealogías. Y así fue como fueron contratados dos ilustres catedráticos de la zona.
El Maestro Cesare Casartelli, representante de los Peninsulares, quien enseñaría su parte. Algo de Matemáticas, para poder efectuar todo tipo de cálculos y operaciones. Y algo de Cultura General, como Gramática, Historia, Geografía y Naturaleza, para saber en qué mundo vivían.
Complementando el equipo, el Maestro Bernie Hamm, en nombre de los insulares de la verde Erin, de cuyo nombre no pude hallar registro alguno, al punto de no saber con certeza cómo se escribe siquiera, sería quien impartiría las clases de inglés para mantener vivo el idioma de los ancestros. Y, como estaba al tanto de los sucesos políticos del país y el mundo, también debería adaptarlos a la mente inocente de los párvulos en unas clases menos que elementales de Instrucción Cívica y complementos de Historia, para que les diera las primeras nociones de lo que era el país entre las grandes potencias de principios de siglo.
Finalmente, al Catecismo lo dictaría Granny misma, con sumo detalle y responsabilidad.
El Maestro Casartelli desempeñó sus tareas durante un tiempo no muy largo, a razón de dos clases por semana, así los niños podían aprender también a trabajar. Iba en un bonito sulky a dictar sus clases, prolijamente vestido y con una maleta llena de libros. Tenía alojamiento permanente en una enorme estancia cercana que pertenecía a otro italiano que le había confiado la tutoría de sus hijos. Era puntual, cortés y sumamente culto, al punto de poder enseñar una importante cantidad de materias, artes y ciencias, con total suficiencia. En la mesa, el respetado maestro se esforzó por enseñar a la familia algunas simples normas de conducta para comportarse ante otras personas, pero en ese aspecto su gestión fue un fracaso rotundo, ya que ni Pascuala ni John ni nadie se interesó en esas delicadezas consideradas absurdas.
Bernie Hamm no le iba en zaga, pero era un gran jugador y bebedor y eso lo perdía. Vivía en uno de los galpones de la Cooperativa de Tamberos ya que no había logrado progresar mucho en su vida. Su sulky era liviano y de grandes y delgadas ruedas, porque muchas veces lo usaba para correr carreras. El caballo no escapaba a sus locuras, por lo que le tocó en más de una ocasión correr cuadreras o prestarse a servir en un juego improvisado de polo o pato, sin que le fuera del todo mal.
Pero, por una razón o por otra, Bernie casi siempre llegaba tarde a sus clases, desaliñado, con un porrón de ginebra vacío saltando dentro del piso del sulky y dormido como un oso. Por eso el abuelo John acostumbraba recibirlo a la entrada y lo ayudaba a bajar y recobrarse, para luego continuar con una larga charla que duraba más que el horario de clases, por lo que siempre la jornada de idioma y civismo culminaba con un vergonzoso asueto.
Así las cosas, pronto Granny y Pascuala llegaron a un acuerdo coincidiendo en que ya era hora del fin del curso, porque los chicos habían crecido. Juan Ramón, el que más se destacó en las clases, se marchó a trabajar a la chacra de un vecino con un buen caudal de conocimientos de historia, pero falto por completo de cualquier destreza en lo laboral. María Elena se casó con otro italiano, Ulderico, sin que para él importara si había aprendido algo o no, aunque reconocía había logrado una bonita caligrafía que fue la admiración de la familia y se destacaba también en el arte culinario. Y por último, José María, mi padre, casi no había aprendido nada, salvo algo de cálculo, pero alcanzó una sorprendente destreza por su propia cuenta, en el arte de la ejecución del acordeón, además del juego de pelota a paleta.
Pero ya estaba listo para enfrentar la vida y encaró una mínima explotación en su propia chacra. Esta consistía en un tambo con una veintena de vacas, de las que obtení unos pocos tarros al día debido a la dificultad para madrugar. Además intentó suerte con una mínima huerta doméstica y una plantación de árboles frutales, que nunca prosperó. Mi padre arregló los horarios para llevar la leche a la Cooperativa justo en el momento que podía combinarlo con el de la cancha de pelota a paleta y así la gestión de cada día para él culminaba a la media tarde. Y así la actividad frutihortícola no alcanzó ni un mínimo éxito, ya que no era solamente dejar que la naturaleza obrara, sino que demandaba excesiva mano de obra para las diferentes tareas. Demás está decir que Pascuala, harta de estas avivadas, dio por finalizada la explotación agropecuaria y José María se fue a trabajar a otra chacra cercana.
Ya sin nietos que atender y algo mayor para seguir con sus scons, bordados y costuras, la buena Granny prefirió marcharse con los Maestros y así mis abuelos quedaron sólos en la chacra, ahora silenciosa por completo y huérfana de ánimos y proyectos.
Juan Ramón no fue exitoso como trabajador y no logró salir de una vida de soledad, aburrimiento y falta de rumbo. Su vida útil se distribuyó entre sus tareas de operario textil, el estudio de la historia universal y los programas de tango en la radio.
María Elena fue feliz y exitosa como esposa y mamá de siete hijos y, aunque ninguno tuvo un logro académico, todos fueron exitosos en diferentes actividades rurales.
Y José María se casó con una de las chicas de la chacra donde trabajaba y con ella se marchó a la ciudad para que sus hijos -yo entre ellos- puedan estudiar y supuestamente lograr una profesión.
Es curioso notar cómo la vida se las ingenió para que en ese entorno familiar la responsabilidad y la educación siempre tropezaran con un obstáculo cómplice. Por alguna razón, las tres generaciones de esta historia estuvieron marcadas por la falta de un rumbo adecuado y de un claro poder interior. Hubo bohemia, música, algo de religión y tradición, vida doméstica y familiaridad, pero nada de pujanza, planificación o habilidad para el comercio o el estudio serio.
Los años pasaron y las oportunidades se fueron disolviendo. Y mi generación, la cuarta desde el John de las monedas en la media, sigue con igual destino: modestos trabajadores en diferentes empresas, simples vecinos de barrio común y la suerte adicional de que en la quinta generación todos los hijos son niñas, significando que esta rama del apellido llegó a su fin, irremediablemente.
Yo me casé de grande, deseando no traer hijos a un mundo que presentía demasiado conflictivo y duro, pero ansioso de ofrecer mi ayuda a quienes se la tendrían que ver con los oscuros fantasmas de esta era llena de desafíos desiguales.
No seguí estudios académicos aunque siempre tuve vocación de servicio. Interesado en los estudios esotéricos por inclinación natural y entusiasmado por las historias de mi abuelo John, desde muy joven devoré todos los libros a mi alcance sobre esos temas, hasta considerar que hoy ya me queda muy poco por aprender. Y lo que me falta no se puede aprender aquí.
En consecuencia, hago una reflexión casi al final de la crónica afirmando que no está bien que este cuento se llame “Un Irlandés Pobre” como me lo planteé desde el principio, sino que más vale deberá llamarse “Un Irlandés Rico” pues mis muchos establecimientos productivos son todos aquellos donde puedo acercarme a brindar, a ofrecer, a enseñar o a entregar algo de lo mucho invisible, intangible e invaluable que la vida me dio. Y mis tesoros, joyas del mundo invisible y del Ser Interno que no caben en las arcas del hombre y nadie puede esconder ni robar, no se agotan jamás y se multiplican en forma incontenible y espontánea ante la sola presencia del Amor…
Mis riquezas están aquí, a la vista de todos. Y si os place, podéis serviros de Ellas. ¡Adelante!
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