LOS NIÑOS POBRES DE LA CONFITERÍA
Breve crónica de un suceso verídico
Esta publicación se refiere a un suceso que ocurrió una noche de abril de 2019, en la Panadería y Confitería La Moderna, de una esquina céntrica de Villa Ballester.
En la noticia original un periódico denunciaba que no habían permitido que un chico de la calle tomara dentro del salón un desayuno abonado por otro cliente.
Inicialmente me indigné, como es natural y lógico. Pero a la mañana siguiente, comentando el tema con algunos familiares, pude ver el reverso de la moneda.
Sigo considerando que no estuvo bien negarle la posibilidad de desayunar dentro del local al chico. Pero hay otro punto de vista que paso a exponer, que explica y justifica la actitud del encargado del local y pone de manifiesto la exasperante dicotomía que mueve nuestra posibilidad de opinión. Se trata de unos sucesos de mi propia cosecha, que me ocurrieron hace algún tiempo.
Un Amigo y yo estábamos disfrutando una grata merienda en un local cercano a la plaza de San Martín, cuando descubrimos junto a nuestra mesa un par de ojitos tristes mirándonos con avidez. Nos conmovimos ante el brillo y emoción de esos ojitos y decidimos compartir la merienda con ese chiquillo de pocos años que apenas alcanzaba la altura de la mesa.
No llegamos a sentir la más mínima satisfacción por haberla compartido, cuando aparecieron de pronto y como surgidos de la nada, varios pares de ojillos más que nos miraban con la misma emoción que los anteriores.
Grande fue nuestra turbación cuando uno de los mozos despachó a los chiquilines con amable firmeza y nos explicó que eso siempre sucedía, que era una triquiñuela preparada por sus mayores para comprometer a los clientes apelando a su sensibilidad.
Similares sucesos nos ocurrieron tomando helados con algunos sobrinos, también en un local de San Martín. Y cerca de la plaza de Villa Devoto, en una pizzería. En una cafetería de Martínez con otro Amigo. En una cafetería próxima a la estación, en San isidro.Y en una heladería del Centro sobre la calle Florida. Seguramente, si exprimo un poco más la memoria recordaré más anécdotas similares, ya que es muy común que ocurran en Buenos Aires.
Ahora les presentaré otro hecho singular aunque de tinte diferente. A un chiquillo que se acercó a pedirnos dinero a la ventanilla del coche, le ofrecimos buenamente un lindo sándwich, parte de una abundante cena que llevábamos para casa. Pero desde la vereda, un homínido de aspecto amenazante nos gritó con notoria aspereza “¡Che, boludo! ¡Al pibe vos dale plata, que de comer me encargo yo!”
Uno de mis Amigos, otrora dueño de un almacén en un paraje cercano a la ciudad de Arrecifes, entregaba mercadería a algunos de sus clientes “de mayor confianza” por medio del sistema “Con Libreta”. Sus agradecidos clientes pronto desarrollaron la estratagema de acudir a comprar “olvidando” portar la libreta y rogando que les permita retirar igualmente la mercadería, con el compromiso de registrar la operación durante la próxima visita. Resumiendo, al momento de anotar las compras adeudadas, invariablemente las que recordaban los clientes eran siempre sensiblemente menores a las recordadas y anotadas por mi Amigo en sus cuadernos. Así fue como mi Amigo desestimó esa forma de venta tan desfavorable para él y los clientes lo abandonaron para comprar en efectivo riguroso en otros locales. Esto, más los rumores que los ingratos clientes echaron a andar acerca de los malos y deshonestos procederes comerciales de mi Amigo, lograron pronto el cierre del negocio.
Especial mención merecen aquellos demonios que, en un primer meritorio puesto se hicieron famosos por asistir a Misa los domingos sólo para luego de echar una rápida ojeada a la canasta de las limosnas circulada por una dama asistente, al tiempo que arrojaban unas escasas pero sonoras monedas, de un veloz zarpazo se robaban los billetes de más valor. En ellos jamás hubo la menor vergüenza o temor de ser apaleado a la salida, seguros que la buena gente allí reunida no era capaz de semejante acción.
Con estas pocas anécdotas pretendí exponer la otra cara de las necesidades insatisfechas de los humildes, que incluso llegaron a atacar los locales de los que eran asiduos clientes, durante los infaustos días de rebeliones y saqueos en nuestro desventurado país.
Así que no siempre los “indigentes carenciados” son merecedores de nuestra compasión, ya que no vacilan –inspirados, animados y amparados por politiqueros rastreros, demonios mafiosos, delincuentes y anarquistas— en robarse hasta las registradoras de los comercios donde compran y destruirlo poco después.
Tan así es que aún hoy podemos ver pasar por las calles, cartoneros que sin vergüenza, temor ni complejo, empujan los carritos robados durante aquellas increíbles jornadas, con el natural orgullo de quien exhibe una herramienta de trabajo.
Me pregunto qué sucedería si la Policía hoy encarcelara a todos los que portan un carrito de supermercado para sus tareas, ya que no existe manera de justificar la honesta posesión de ellos. Lo más probable es que se desate una furia social como ocurre siempre que la ley pretende actuar ante un desmadre de la turba ignorante y furiosa.
Seguramente quienes lean esta publicación me regalen respuestas descalificantes, acusaciones e insultos, acostumbrados a vivir de negocios como los que expuse, desde la siniestra seudo política que hoy nos rige en un pobre país en destrucción.
Comentarios
Publicar un comentario