INSOMNIO

Inicialmente pretendí garabatear en unas pocas carillas una serie de experiencias mentales o espirituales, pero luego se salieron de cauce y se transformaron en estos pocos cuentos breves, que no dejan de ser bocetos o apuntes, más que otra cosa. 

Además de ser la presentación de algunas de mis reales  experiencias ante quien desee leerlas, es también para mí algo comparable a una libreta de notas, en la que vuelco algunas escenas importantes para mí, a fin de que cuando flaquee mi memoria pueda recrearlas fácilmente.

Sin más preámbulo, aquí las expongo. 


INSOMNIO


01 - Insomnio

Se llama así al síntoma consistente en la pérdida del sueño o la dificultad para dormir. Supongo que deben existir diferentes tipos, porque no debe ser lo mismo no poder pegar un ojo durante la noche, a comprobar de vez en cuando que a las tres de la madrugada uno ya se siente con intenciones de iniciar la jornada. Tampoco debe ser lo mismo una forma enfermiza de no poder dormir aún estando cansado, que el bello disfrute de entregarse cuando aún todos duermen, a la tarea de llevar al papel o a la pantalla de la computadora el sutil encanto que nos susurra el más allá.

Pero sea o no insomnio, desde hace un tiempo me ocurre esto de despertarme antes que el sol con el vivo entusiasmo por escribir algo. Nada que ver con un síntoma, a no ser el de recibir y canalizar con alegría todo aquello que me cuchichean los Espíritus desde el Reino Invisible.

Seguramente debe estar relacionado con la edad, ya que en tiempos no muy lejanos no me ocurría nada parecido. Pero ahora, rozando ya los setenta y retirado de las labores cotidianas y obligatorias, siento casi como un deber atender estos llamados y dejarlos en escritos ordenados para que otros sepan que, superando los sentidos físicos, hay mundos mucho más grandes y gratos que este. 

Como decía, desde hace un tiempo padezco de insomnio. O, mejor dicho, disfruto de insomnio, lo que es muy diferente. Así, mientras quien padece de este síntoma siente que está perdiendo horas de sueño y descanso, quien lo disfruta se entrega a pasar esas horas dedicándolas a un tipo de trabajo que lo hace feliz, del que nunca nadie se jubila ni retira.

Quien disfruta practicando el arte de escribir, salta jubiloso de la cama cuando lo llama el insomnio y a cualquier hora inicia su trabajo sin reniegos. Una multitud de experiencias oníricas de pronto demandan ser llevadas a la letra. Y uno ni las llama ni las siente como trabajo. 

Sabe que si se levanta y se sienta frente al teclado, se le abrirán las puertas de un camino maravilloso que es resultado de un Llamado. Un Llamado proveniente de dulces Reinos Abstractos llenos de Historias, Música y multitud de formas de comunicación capaces de mantenerlo a uno despierto durante mucho tiempo. 

Pero más allá de lo soñado, al despertar recuerdo la experiencia como si hubiera sido nada más que un paseo, con las mismas rarezas, encantos y escenas de la ciudad viva. 

Creo que inmediatamente después de despertar, uno debe rescatar lo que vivió en ese llamado. Ya sea en los versos de un Poema, en las cadencias de una canción o en las pinceladas sobre un lienzo, es bueno, para quien le interese recordar los detalles del llamado, registrarlo apenas despierte, pues de no hacerlo así se evapora, al menos parcialmente, la conexión con la Fuente y ya no será posible evocar el contenido del mismo. En ese caso sólo nos quedará una vaga idea de lo vivido y el resto volverá a su origen.

A continuación procuraré describir lo mejor posible, aquello que algunos de esos Llamados contenían.

02 – El Primer Llamado

Aquella fue la primera vez que tuve un Llamado. Fue una experiencia inesperada, aunque para nada desconocida. Ya hacía años que venía estudiando y experimentando con temas del más allá, siempre desde el aspecto positivo, divino o blanco. Me interesaba aprender de  civilizaciones perdidas, seres de otros mundos, parapsicología, astrología y todo lo extraño y  sobrenatural que se pudiera hallar en plaza. De esa manera me había convertido en un laborioso autodidacta y ratón de bibliotecas, evitándome así -por razones de fuerza mayor- los enojosos exámenes de admisión y los normales  condicionamientos de Universidades e Instituciones Oficiales de Enseñanza de todas las disciplinas, que sin ninguna duda habrían hallado suficientes razones para no recibirme. El mundo se perdió así un médico de gran vocación pero de pocas luces.

Tendría unos veinte años cuando tuve que estar en reposo durante unos meses por haberme lesionado una pierna en un accidente. Debía permanecer quieto en la cama, lo que para mí era torturante y aprovechaba para aprovisionarme de toda clase de libros con los que nutrirme en forma intensiva y sacar así el mayor provecho a la situación. Por esto el sueño se me había salido de ritmo y podía dormirme profundamente a cualquier hora del día o podía tomar una breve siesta a la mitad de la madrugada. Al despertar, simplemente levantaba la persiana y sin salir de la habitación adivinaba qué sucedía en la calle. No importaba qué hora era al momento de intentar captar los distintos aspectos de la vida fuera de casa. Había aprendido a descifrar los ruidos y movimientos que me llegaban desde todas partes, aún los parciales e indirectos. 

Recuerdo que estábamos en primavera, debido a que eran los primeros días cálidos que pujaban por superar a los últimos vientos atenuados del invierno. Desde la cama, con una colcha liviana y varias almohadas para permanecer sentado, escuchaba a bajo volumen una seguidilla de temas de Chopin. Esa música deliciosa me evitaba la ansiedad y los accesos de mal humor que me decidían a arrojar todo por la ventana aún estando en planta baja, sólo como un berrinche que me desahogue. En la mesita de luz había un mapa multicolor de envases con medicamentos, un vaso con agua y el horario para tomarlos en orden. Antiinflamatorios, antiácidos, antibióticos,  anticoagulantes y otros miserables productos de la farmacopea local, eran lo primero que se veía al entrar a mi habitación. 

Decía que estaba escuchando una selección de temas de Chopin cuando me sucedió, como dije al principio, un fenómeno para nada desconocido pero sí inesperado, ya que no había dispuesto que ocurriese ni estaba siquiera pensando en esos días dedicarme a ello. Se manifestó en forma natural y espontánea. De pronto noté una ligera aberración en la vista que atribuí a mi congénita y progresiva miopía, que solía jugarme bromas pesadas. Sentí que el aire parecía vibrar, un fenómeno que caracterizó después todas las manifestaciones psíquicas que tuve y mi ser completo atravesó un poderoso umbral vibrante, levemente comparable a un relámpago o destello. Acomodé como pude mis ojos y pude descubrir que me hallaba en otro lugar de la habitación, como si me hubiera separado o desdoblado del cuerpo. Pretendí saber qué había sucedido y por qué mi cuerpo, quietecito y bien dormido en la cama, se había librado de mi Ser Interno y le permitía moverse por su cuenta. Tal vez había sonado la hora de la transición y no quedaba más alternativa que permitírselo… Recordé los libros de Tuesday Lobsang Rampa, escritos creo que en los años cincuenta, describiendo la experiencia del Viaje Astral, igual a lo que estaba sintiendo. Al ver mi cuerpo metido en la cama supuse que esa era mi primera sensación desde la muerte, pero noté una indudable conexión que no pude captar con los ojos en un principio, que luego se manifestó como el famoso Cordón de Plata, la etérica conexión que une ambos cuerpos. Mientras tomaba plena conciencia de lo que sucedía, entendía que debía poder liberarme del cuerpo físico para volar, como Supermán u otro de los Super Héroes de las historietas y me dispuse a comprobarlo. El Cordón de Plata emitía rítmicos latidos luminosos que se dejaban ver en la forma de un rutilante vínculo. 

Pronto me familiaricé con él y fui aprendiendo sus ocultas características. Uno puede moverse en el plano astral de un lado a otro sin que ese vínculo se interrumpa, lo que sucede sólo al morirse. Para comprobarlo, salí de la habitación elevándome como un fantasma, sin que el techo fuese un impedimento. Muy por el contrario, lo atravesé percibiendo, sin haberlo pretendido, cada parte de su construcción, como si me interesara verificar los detalles de su arquitectura. Grande fue mi sorpresa cuando sentí que estaba fuera de la habitación y comprobé que mi visión funcionaba de otra manera. A pesar de mi referida miopía, tal que sin mis poderosos anteojos apenas podía ver bultos y siluetas, descubrí de pronto que podía ver cada hoja de cada árbol, cada pétalo y estambre, cada cabello, cada hierba, cada rostro… Y todo lo que el mundo es, se me presentó por vez primera en su prístina belleza, en su máximo esplendor y en su realidad completa. La Naturaleza estalló para mí y eso no más fue una indescriptible sensación en sí misma. Volé primero cautamente alrededor del techo de mi casa, hasta que me liberé del temor y lo hice ya con seguridad, disfrutando como nunca la experiencia que me ofrecían las cosas. Miré hacia arriba y creí que el cielo con su azul diáfano salpicado de nubes blanquísimas me hacía una invitación. Como flecha partí hacia lo alto buscando la belleza del paisaje en su astral magnificencia y gocé la ciudad vista desde arriba, bonita y brillante como una gema. 

También noté que los sonidos eran diferentes en esa región. Podía oír o captar sonidos sumamente gratos que se unían en espléndidas armonías espontáneas, formando una música que emanaba de todas partes, lo que podía ser la suma de las notas características de cada ser, cada elemento y sustancia, formando así entre todos una melodía increíble, permanente y cósmica. Comprendí así el motivo por el que los Grandes Maestros de la Música universal pudieron y pueden aún componer obras excelsas que perdurarán por siempre, al ser parte del Cósmico  y la Eternidad. Es más. Un Maestro puede hacer desde el Astral que un Alma compatible de este plano transcriba lo que le dicte desde aquel. Pude entender también la pesadumbre de quienes no llegan a sintonizarse con esas armonías naturales y lo difícil que debe resultarles la vida carentes de esas exquisitas bendiciones. Deduje así muchos conceptos. La multiplicidad de los planos de existencia y las encarnaciones sucesivas, el origen de las guerras, enfermedades, catástrofes y azotes divinos. Y no los deduje, sino en realidad se me mostraron solos, no hice más que tomarlos. Disfrutaba plenamente esa experiencia, pero lo Cósmico, que todo lo rige, decidió que llegó el momento en que la prueba debía finalizar. Y de la misma manera que un niño recoge el hilo de su barrilete, así algo comenzó a jalar aquel sutil cordón de luz palpitante. Vibró el aire y el cordón empezó a llamarme hacia su origen. Con suave firmeza me hizo repetir el viaje en reversa y supe que ese era el final de aquel, para mí, memorable momento. Otra vez sobrevolé la calle, el jardín y la casa. De nuevo atravesé el techo, verificando los secretos de su  arquitectura y me hallé una vez más en la cama, con los libros y los medicamentos, todavía dormido en Paz. Supe que esa imagen era comparable a la que ofrecemos al final, cuando nos dormimos para siempre. Sólo que en ese momento nada jala del cordón sino que pierde su luz y brillo, se adelgaza, se afloja y, finalmente se corta. Pero justo en ese instante tomamos conciencia que existe aún otro cordón, más luminoso y brillante que el anterior, que nos jala hacia otro lugar. Nos jala hacia la fuente de donde emana la armonía de los seres y las cosas, hacia donde brota la música de la Vida, la Eternidad y lo Cósmico. 

Entregado aún a esos pensamientos, el cordón jaló un poco más y, tras un instante de sopor, me hallé en la cama, feliz por haber tenido esa bella experiencia onírica que debía recordar y analizar largamente y en detalle. 

Y, por qué omitir decirlo, también recuerdo que luego de toda esa lección me sentí mucho mejor y terminaron mis días de reposo.

03 – El Llamado de la Estación

Siempre viví cerca de una estación ferroviaria, así que el trepidar de los trenes, el largo y potente reclamo de sus bocinas y el infernal estrépito de sus maniobras, desde niño resultaron como música para mi sueño. Actualmente me sucede igual fenómeno. A quien le molesta el fragor del ferrocarril sufre por él. Pero yo lo disfruto. Conozco cada ruido tan bien como si trabajara con ellos. Cada vez que se tocan los vagones, cada vez que una locomotora cambia de posición, cada vez que se accionan los cambios y los bogies van y vuelven a pesar de aburrirse, para mí resulta una sinfonía. Las diferentes bocinas indicando partidas y llegadas de convoyes me invitan a viajar en ellos, o junto a ellos, hacia lugares lejanos mucho más allá de la ciudad. Y aún en esa desesperante sucesión de ruidos, encuentro una melodía y un ritmo capaces de elevarme hacia las máximas ensoñaciones. 

Seguramente haya quienes se espanten con esta idea y lo entiendo. Es natural que suceda. Pero yo, todavía hoy, cada vez que paso por una estación o cruce ferroviario, me detengo unos minutos para observar qué sucede, disfrutarlo y seguir luego mis pasos con energías renovadas.

En algunas ocasiones, en ese extraño umbral del despertarse no del todo, y acompañado por los ruidos de los trenes, me imagino viajando hacia alguna localidad incierta, viendo cómo pasa con rapidez el paisaje cercano a las  ventanillas.

De pronto me encuentro volando por encima del tren como un barrilete, adelantándome un poco, mirando hacia todas partes, desplazándome en un placentero paseo. En un instante puedo internarme por parajes en los que nunca anduve, donde las vías cruzan o bordean ríos, precipicios, pastizales y sembrados. O pasan rozando fábricas ruidosas, estaciones derruidas o cementerios en absoluto silencio. O salto de un tren a otro con total naturalidad, paseando entre los vagones como en una caminata idílica, sorteando cargas de todo tipo: piedras robadas a las canteras de flemáticas montañas, troncos talados a los bosques generosos y asustados animales trasladados al matadero, que me miran con una última, ansiosa e infundada esperanza de salvación. 

También me encontré alguna vez conduciendo uno de ellos. Manejando los controles de una gran diésel, arrastrando una infinita serpiente de vagones que se pierde a mis espaldas como mis días vividos. Es de noche y no puedo verla. Sé que en cada vagón viajan muchas personas y en los furgones hay incontables cantidades  de valiosas mercancías. Cada vez que acciono algo de la consola de mandos, la poderosa máquina responde con temblores y rugidos. En ocasiones la misión se escapa de mis manos y se traslada a una realidad paralela y me lo advierte con el bramido estremecedor de su claxon y el titánico motor despidiendo fuegos y humos como un volcán. Y esa paralela realidad se me presenta con todo su estupor, cuando la locomotora se detiene ante el laberinto de vías de un Centro de Cambios. Se abren entonces ante mí una multitud de posibilidades en un mar de rieles brillantes cruzándose mil veces, dibujando un desafiante crochet de idas y vueltas, unos sobre otros, con puentes de señales, semáforos, palancas de cambios y, lo peor, una multitud de otros trenes alrededor esperando mis decisiones para tomar las suyas. Observo los controles tratando de adivinar qué hacer, mientras afuera el horario impacienta a otros conductores que me atizan con más bocinas aún, accionando sin piedad sobre mis nervios. Pocos pueden imaginar el ensordecedor clamor que producen diez, veinte o cien trenes bramando al mismo tiempo, taladrándome el alma. Mientras tanto, en los puentes de señales suben y bajan varillas de colores emitiendo órdenes que no entiendo y los cambistas agitan desde sus puestos apremiantes banderas exigiéndome una decisión inmediata. De pronto y a las puertas del colapso, algo estalla junto a mi y una fuerte luz me arranca de la escena para llevarme a otro destino, a otro desafío, a otra aventura de rieles infinitos…

Ocasiones hay en las que me interno en lugares donde parece reinar un tiempo diferente, rodeado por desaparecidas locomotoras de vapor, negras y temperamentales, sacudiendo con notoria furia los aceros de sus transmisiones. Me veo sumido en el armado de trenes para pasajeros que ya no existen, entre mortecinas luces anaranjadas y señales con fuegos alimentados a queroseno. Lo más extraño en todas esas experiencias es que las personas que forman parte de las escenas se ven con rostros difusos e imprecisos, como si me ocultaran su identidad y se mueven en una realidad que se percibe diferente. No sostengo diálogos con ellos, no sonríen, sus ojos son inexpresivos y sin luz y todas las imágenes que capto son sólo eso, escenas silenciosas, como si con ese peculiar efecto me quisieran recordar que ese no es mi tiempo. Llega un momento en que todo se disipa sin dejar más rastro que un parcial recuerdo, como un libro al que le faltan hojas. Estos raros sueños suelen terminar con un convoy amigable deteniéndose lentamente, mientras veo desde la cabina acercarse uno tras otro los brillos palpitantes de la siguiente estación, invitándome a recuperarme de esa exigencia en el silencio de su amable y acogedora sala de espera.

El mundo de los sueños tiene reglas firmes, pues de otra manera no podría coexistir con la realidad. Debido a que se trata de existencias diferentes, es posible entre ellas apenas una cierta proximidad, una discreta influencia, una mínima empatía accidental. No más. Normalmente no se permite que interfieran las vivencias de uno con las del otro, porque el resultado sería caótico y la existencia, tal como está diagramada desde los mundos superiores, no tendría sentido. Pero cuando la influencia, el contacto o la comunicación es permitida, se le debe prestar gran atención, pues siempre significa algo bueno o importante y encierra una pista, señal o símbolo, vinculado a algo que nos atañe.

Me pregunto qué propósito tienen estos sueños, ya que no son aislados ni casuales sino que parecen obedecer a algún propósito. En ellos no aprecio  mensajes, pedidos ni advertencias, sino que más vale me parece que son una conexión entre los trenes reales de la estación cercana y mi dormida conciencia de las madrugadas, a la que le proponen escenas para plasmar tal vez en algún trabajo posterior. 

Podría ser que en esos lugares se hallen cautivas las almas de los fallecidos en accidentes de otros tiempos, esforzándose para salir de su prisión a través de pedidos de auxilio incluídos en las imágenes ofrecidas. Pero nunca recibí uno de esos pedidos, al menos en forma consciente.  

Existen también lugares donde por afinidad se reúnen las energías surgidas de pensamientos obsesivos y criminales, hasta alcanzar la masa crítica que les permita manifestarse en nuestra dimensión. Este hecho es real pero, por fortuna, poco frecuente y es causante de pavorosos accidentes y de aberrantes y complicados crímenes difíciles de esclarecer, debido a la conjunción de factores intervinientes de inusuales procedencias, que dificultan en grado sumo el posterior análisis de la criminalística. 

Seguramente si se tratara de eso mis sueños serían agitados y obsesivos. Pero, hasta hoy al menos, mis agradables sueños ferroviarios son por completo inocentes, sólo breves experiencias que pretendo lucir en la forma de esta simple crónica. 

Es posible que un día se manifieste por completo y claramente el motivo verdadero de ellos, que hasta ahora permanece en calmada espera porque yo no lo alcanzo a descubrir.

Y, finalmente, podría ser la manifestación de un llamado mostrándome una cantidad de sendas o vías hacia una nueva posibilidad de vida, una actividad diferente que me requiere o el desafío a una modificación en la quietud de mis días. Si de esto se tratara debería aguzar mis búsquedas interiores procurando descubrir si hay algún rostro espiándome desde el futuro o desde un incierto ángulo de mis maduros devaneos…

04 – El Llamado del Purgatorio

Antes de comenzar con este particular llamado y previo al relato de una completa experiencia de este tipo, insistiré en la regla de los planos de existencia recordando que conviven entre si, pero no se comunican. Sólo puede haber unos pocos instantes fugaces de influencia entre ellos por razones específicas y no más. Es un toque breve, inasible, ínfimo. Valga como prueba el hecho de que muchas veces no podemos recordar lo que soñamos y hasta nos sucede que, cuando intentamos hacerlo, se nos escapa de la conciencia, aún cuando parecía que lo habíamos recuperado.

Se inició este sueño como tantos otros. Sabía que era la hora del descanso y me hallaba volando por el cielo nocturno con la conocida sensación de no tener peso, no tener cuerpo y no saber qué me esperaba por delante. Volaba como vapor en los suaves alientos de la brisa y veía cómo la ciudad debajo de mí disminuía de tamaño a cada segundo, mientras el cielo adoptaba una cerrada oscuridad en la que me envolvía. 

De pronto sentí que debajo de donde volaba se comenzó a abrir un espacio diferente, hacia el que me sentí irrefrenablemente arrastrado. Era el vacío que marcaba el inicio de un mundo nuevo para mí, infinito, desconocido, en el que ahora era amable pero firmemente atraído. Aparecieron pinceladas de luz a mi alrededor que me dejaron descubrir que estaba transitando por encima de las cumbres de una cordillera interminable, de la que no podía ver ni sus faldas ni su fin. Toda ella estaba semicubierta por una espesa niebla gris que no permitía distinguir detalles. Un aliento gélido apareció de pronto y el paisaje se redujo a montañas, niebla, frío y ondulantes corrientes luminosas. Sentí que podía ser un paisaje propio de los Andes, pero no tenía manera de confirmarlo.

De pronto algo me detuvo en el aire y quedé como suspendido entre esas montañas de incomparable majestad. Desde allí se me fue manifestando un paisaje que lentamente pude admirar. Y se fueron dibujando ante mis ojos durísimas laderas opacas y precipicios de ignotas profundidades. Desde abajo ascendían volutas de nubes heladas y raros fragores incomprensibles, semejantes al resuello de una infinidad de fuelles de herrería. Fui atraído hacia abajo, justamente hacia la fuente de las nubes heladas y el resuello infinito. 

Al acercarme a la base de las montañas, que ya para ese momento veía que era toda una gran cadena, podía descubrir entre los vapores helados a una inmensa muchedumbre atrapada entre lo más espeso de la niebla. No hallé forma de saber qué ocurría en ese lugar, pero pronto comprendí que era un lugar de padecimiento. Desde cerca se podía ver que aquel desmesurado resuello era la suma de gritos, llantos y gemidos provenientes de esos desamparados. Pude suponer que eso era al menos una parte de un lugar de expiación, tal vez uno de los niveles del infierno… Los condenados me alargaban sus brazos pidiendo ayuda, pero una fuerza poderosa impedía tanto que ellos me tocaran como que yo pretendiera acercarme. No me es posible relatar todo lo que allí puede verse. 

Una miríada de figuras dolientes, desdibujadas, pidiendo compasión y auxilio, llamando a quien pueda sacarlos de allí. Parecidos a los fantasmas de las historietas, sólo que apenas podían moverse y sus voces eran mal articuladas y poco entendibles. A veces, de entre todas las voces desesperadas, se alzaba un grito desgarrador. Un grito que cruzaba la nubosa cordillera hasta alcanzar otras regiones más allá de mi conciencia, un grito doliente que me erizaba y sobrecogía. En un momento pretendí huir de allí. Sin que me importe si eran o no almas dolientes que me alargaban sus brazos y que parecían estar impedidas de liberarse de ese mal lugar, pensé en dejarlas libradas a su suerte para ponerme a salvo. Y no pude. La niebla helada ya se había posesionado de mi y ahora yo era una más de aquellas almas condenadas. Desconozco qué tipos de grillos, cadenas y ataduras rodearon mi ser para acercarme hacia aquella gran masa de seres. Pero no me aprisionaron. Me retuvieron un momento para que, de entre todos ellos, uno de los condenados pudiera hablarme. Se hallaba, como los demás, por debajo de donde permanecía yo, flotando dentro de aquel espacio aterrador. Me miró amigablemente a pesar de su dolor y sentí que ante mí se hallaba alguien familiar, conocido, querido… pero no llegaba a descubrir de quién se trataba. Dentro del padecimiento que veía en sus ojos, una luz de amor brilló de pronto. Y me habló de Alma a Alma.

- Este es el lugar donde venimos a pagar nuestros errores -sentí que me decía- nuestras culpas, el daño y el mal que hacemos. Pagamos aquellas equivocaciones que cometemos, seguros de cumplir con nuestro deber. Pero Vos no tenés nada que hacer aquí, este no es tu lugar, así que vuelve a tu mundo, ya ves cómo estoy, libérate de tu compromiso… 

Al oír sus últimas palabras lo reconocí. Era uno de mis amigos de la infancia que de joven fue un ardiente activista político entregado por completo a la misión de divulgar sus ideales. Teníamos algo más de veinte años, no era la mejor época del país y la violencia llamaba a los más osados. Yo no acepté esa forma de trabajar y aunque entendí sus razones no le pude siquiera desear buena suerte. Como creo que se debe hacer en estos casos, entendiendo su buena intención le pedí a Dios que lo bendiga y nuestra amistad tomó un descanso vitalicio.  Supe que desplegó gran actividad en lo suyo, hasta que una noche fue secuestrado y desaparecido y desde entonces nunca más supe de él.

No hubo saludo ni despedida. En ese instante mi prisión invisible se abrió y nuevamente fui tomado por la fuerza conductora que comenzó a jalarme con lentitud en sentido contrario al anterior. Supe que pronto me hallaría ante un nuevo llamado y me preparé para favorecer su manifestación…

05 – El Llamado de los Maestros

Sin poder resistirme, la fuerza que antes me conducía a los abismos ahora me izaba hacia las cumbres. Otra vez volví a recorrer la infinita cordillera gris hasta salir de la niebla helada, para ver cómo el paisaje parecía dulcificarse. Y así fue, porque no tardé en hallarme en un clima diferente, donde el aire era cálido, casi diría acogedor y la roca, que lo llenaba todo, parecía tornarse sutilmente amable. Una tenue claridad se hizo apenas perceptible entre tantas piedras, otorgándoles ciertos brillos amorosos que presagiaban algo bueno. Aquella debía ser, sin duda alguna, la cordillera más alta y más larga del mundo, o del mundo que haya sido, pues a estas alturas de los acontecimientos, ya no puedo asegurar dónde estuve. Decía que comenzaba a percibirse una tenue claridad que permitía descubrir la verdadera naturaleza de las rocas, una cordillera que parecía no tener fin, ni hacia abajo ni hacia arriba, como si uniera los abismos del Infierno con los Portales del Cielo. En mi lento ascenso sentía cómo también la luz había aparecido decididamente, dando a cada montaña colores, formas y texturas diferentes, pero sin que por ello pudiera descubrir el más leve indicio de dónde estaba.

Mi ascenso en un momento se detuvo. Nada de nuevo atraía mi atención. Hacia abajo sólo frío y oscuridad. Hacia arriba, calidez y luz. Y en mi derredor, montañas, montañas y más montañas… 

Sin el más mínimo sonido que lo advirtiera, se abrió en la pared de roca un tipo de balcón que permitía ver un ambiente interior iluminado, del que salía un aliento de luz dorada. Algo me atrajo hacia allí y sentí que atravesaba un gran muro tal vez de cristal, sólido pero transparente, hasta que ingresé a una inmensa caverna cuyos límites no alcanzaba a descubrir. Apenas entré sentí que tras e mí el muro se cerraba, sin que pudiera verse rastros de él. Disfruté muchísimo de una grata visión, ya que aquel lugar tenía una especial atmósfera de templo, universidad y laboratorio. Entre colosales bóvedas de roca y columnas de suave luminosidad podían descubrirse en algunos ángulos semiescondidos, tentadoras escaleras que subían o bajaban en espirales apenas perceptibles. Reinaba un silencio absoluto y yo me hallaba sólo en una estancia desde donde divisaba a pocos pasos una biblioteca infinita. Allí todo era inmaculado, perfecto, mágico. Hasta donde llegaba la vista había estanterías llenas de libros. Grandes libros prolijamente encuadernados y conservados, con pequeños caracteres de una escritura incierta. Reinaba una prolijidad asombrosa y un clima que puedo describir como de opulencia espiritual y me despertaba cierto recelo presentir que poco tenía de humano. 

De pronto se materializó ante mí una venerable figura, algo así como un antiguo Patriarca, Druida o Arconte, vestido con un imponente hábito negro con capucha. No hallo palabras para describir el fenómeno, pues pareció haberse constituido a partir de los átomos del aire, con un leve vórtice inicial que se convirtió luego en una nubecilla blanca, después en una vacilante silueta gris y, finalmente, en la presencia severa pero dulce de alguien de gran Sabiduría y Poder. En ese lugar no existían movimientos ni palabras como las que conocemos. La comunicación era tal vez telepática, interior, espiritual. Los escasos traslados y movimientos eran leves, armoniosos y similares a una danza. La luz se hacía solamente donde había que mirar y parecía brotar de los objetos. En el aire flotaba un agradable aroma de incienso y una bella música, tal vez de armonio, apenas perceptible, que traía evocaciones de los Maestros Clásicos. No había lugar para el temor, la impaciencia o la curiosidad. Todo era perfecto.

- Estás en el Umbral de Otro Mundo- me dijo el Patriarca – y viniste por una tarea especial en la que ahora serás instruido.

La misma fuerza conducente de siempre, me guió hacia otras dependencias que aparecían a medida que la luz las descubría. Atravesé así inmensas galerías bellamente ornamentadas, como podrían haberlo sido las antiguas Catedrales italianas. Y llegué a la Madre de las Bibliotecas, que llamo así porque no hallo otra forma de describirla, por su grandiosidad y belleza. Del mismo modo que el Patriarca, una segunda presencia se me manifestó de la nada, pero esta era femenina y, aunque era bellísima, también impresionaba mucho más su aura de Sabiduría y Poder que su femineidad. Al verla creí que podía ser la Virgen María, pero callé respetuoso.

- Yo te instruiré en la especial tarea que motiva tu visita a este lugar. Deberás aprender la Esencia de todo el Conocimiento Humano. La llevarás contigo para cuando sea necesario disponer de Ella, sin importar cuándo ni dónde. Mientras esto no te sea revelado, sólo serás un Mensajero, un Portador y no podrás ni sabrás usarla. Ni siquiera recordarás que la llevas en Ti. –Y sin decir más se adelantó hacia los libros y yo la seguí sin saberlo.

- Ahora levanta tus manos y abre los brazos y todo tu Ser a los libros que aquí ves y deja que la Esencia de todo el Conocimiento Humano te posea. Ríndete a Ella y préstate así a una Vida de servicio. A partir de ahora, eres un Portador-.

Juro que no sentí ni la más leve intención de nada y creo que ni siquiera en esos momentos tenía el menor auto dominio. Me parece más que guiaban mi Ser por completo, desde la posición de un Poder Superior, porque sentí cómo se abrieron mis brazos y se encendió en mi interior toda la Luz de las Inmensidades Cósmicas en un instante, dejándome aturdido por completo. Me poseyó una brillante llamarada oro rubí que inflamó el aire a mi alrededor y, al consumirse, me dejó rodeado de una poderosa Aura luminosa de un color dorado pulsante que de alguna rara manera se sintonizó con mi corazón, mi respiración y todo mi Ser. Latía mi corazón y el aura de luz latía dentro de mí y a mi alrededor… En ese momento también el Patriarca se hallaba a mi lado y ambos permanecieron impasibles hasta que, algo más tarde me recuperé. 

Entonces me condujeron, muy dulcemente pero con firmeza y sin palabras, desde allí hasta las dependencias anteriores. Me acercaron a la entrada, que se me presentaba abierta en un bello balcón de cristal llameante y… ambos me despidieron con una sonrisa. Fue esa la mejor sonrisa que sentí en toda la vida y, al recordarla, todavía hoy mi ser se estremece. Con esa sonrisa recibí un gran efluvio de Amor, del sublime Amor de los Maestros. Y en los momentos de dolor o zozobra que a veces debo afrontar, el recuerdo de esas Maravillosas Presencias me da fuerzas para continuar.

Pasaron muchos años desde aquella experiencia y no sé ni sabré nunca tal vez en qué consista aquella Misión, pero vivo esperando siempre el momento en que Algo Superior me haga aquella Revelación que espero pacientemente.

06 – El Llamado del Pasado

Ahora pasaré a relatar el llamado de otra noche. También es proveniente de lo Desconocido, por eso lo incluyo a continuación, aunque no tenga relación con el anterior. Proviene más del Pasado que desde lo Desconocido y fue consecuencia de un ejercicio espiritual que realicé como parte de mis estudios y experiencias esotéricas durante mi juventud, a los que de vez en cuando procuro actualizar. Se trató de un simple experimento para descubrir una pasada encarnación, un trabajo nada difícil de realizar pero sí de interpretar, debido a que las respuestas a menudo se manifiestan como parte de la trama de una historia y se deben separar los datos que son útiles, del conjunto de relleno que agrega la conciencia al despertar para permitirnos su mejor comprensión. 

Lo importante es que me dormí dando a mi mente el pedido de conectarse con la Gran Fuente, con la certeza de que ella sabe buscar, seleccionar y mostrar mejor que el ordenador más sofisticado. En eso estaba cuando me sentí transportado a un lugar fuera de mi realidad. Apareció a mi derredor una inmensa nube de arena blanca y fina que se pegaba con rabia en cada poro, levantada por una miríada de fieros caballos y sus jinetes. Un fragor de galopes, armas, relinchos y gritos de muerte se mezclaba con la arena en un caliente frenesí que lo cubría todo. El aire se había tornado una idea de muerte inminente que espantaba a todos los corazones y cubría el sol rápidamente con una sobrecogedora oscuridad rojiza que daba idea de un río de sangre alimentando el desierto. 

Por un lado, un millón de invasores agitaba el suelo como un terremoto y, por otro, una incontable cantidad de invadidos corría de un lado a otro dentro de una pequeña y hermosa ciudad, para ponerse a salvo sin lograrlo, ya que donde no llegaban las certeras flechas llegaban las furiosas cimitarras, las sibilantes hachas y, en el último de los casos, los salvajes mandobles. Hombres y caballos lucían pintarrajeos hechos con sangre y a los cascos de estos les habían colocado un tipo raro de herradura de hierro para que al golpear sobre la arena sonara como un estallido, todo esto con el sólo propósito de resultar más amedrentadores ante sus invadidos, quienes salían de palacios y viviendas en multitudes desesperadas para salvar sus vidas rindiéndose. 

Ante tal apocalipsis yo me descubrí como un Gran Sacerdote saliendo de un Templo de columnas gigantescas y gradas interminables, ataviado con algunos accesorios ritualísticos. La muchedumbre se dividía entre quienes acudían al invasor para rendirse y quienes me suplicaban que, como sacerdote, los salvase de la muerte. Mal podía yo hacer algo por ellos cuando presentí que era una presa tan codiciada o más que el rey o los nobles y que, de hallarme, sería sometido a las peores torturas. La reina y sus cortesanas me rodeaban pidiéndome protección, pero yo estaba más entregado a los trámites de una deshonrosa y cobarde huida. En mi conciencia sabía que mi deber era actuar en beneficio de mi gente, pero grandes fueron mi estupor y vergüenza al saber que por miedo estaba listo para la actitud más deleznable. Por todos los medios procuraba hacerme oír por mi conciencia, gritándole a voz en cuello su indignidad, pero ella, totalmente indiferente a mis gritos y creo que sin oírlos siquiera, me decidió a colocarme los atavíos sacerdotales más preciados y lanzarme a las calles procurando que la horda enemiga me aceptase una rendición incondicional. No sé si decir que me siguieron o, mejor aún, le siguieron, la reina con buena parte de la corte, sirvientes, esclavos y una gran muchedumbre con tesoros y ofrendas de incalculable valor, convencidos de mi acertada decisión. Escuché con espanto las noticias del aplastamiento despojado de toda misericordia de nuestro ejército, hasta aquel momento la defensa de un territorio teísta,  productivo y pacífico, poseedor de una cultura superior, orgullo de aquellos parajes. Diría que aquella debió ser una batalla en lo que es hoy Irak, Irán u otro país de aquella región. No puedo ubicar en qué tiempo se desarrolló, pero es probable que fuera mucho antes de Cristo. No pude hallar máquina de guerra alguna, pero los arcos eran de doble curva y las lanzas, extremadamente largas, terminaban en una hoja cortada en forma de medialuna, como una hoz. Conformaban aquel ejército varios grupos étnicos, aunque todos eran de aspecto oriental, como chinos, mongoles o malayos. Eran una visión aterradora, apocalíptica, en la que corría la sangre como un río, estallaba el fuego como si se valieran de elementos de fácil combustión y atacaban con una ferocidad que antes nunca vi. Llegó el momento en que quedé expuesto a la vanguardia de aquella horda y los más adelantados jinetes se abalanzaron sobre mí. Vi los guerreros más criminales dirigir sobre mí sus cabalgaduras. El más cercano debía estar sin dudas poseído por un demonio, por la extrema ira que despedía su mirada. Percibí en ese instante hasta una clara intención de canibalismo y quedé preso del más elemental espanto, paralizado, frío, temblequeando… y traté de balbucear una frase coherente de rendición. Recuerdo claramente que pedí clemencia, rogué misericordia, supliqué por un acuerdo o tregua, pero fue inútil. Vi cómo se alzaron amenazadoras hacia mí cientos de relucientes cimitarras ensangrentadas, ávidas de hundirse en mis entrañas como una pluma en su tintero. Me quedaba poco tiempo de vida y preferí morir como el peor de los cobardes, lo que me preparó para una muerte sin honor y sin paz. 

Una lanza me atravesó a la altura del estómago y por detrás de mí sentí morir varias personas amadas que creían en mi… Creo que la reina, alguna sacerdotisa o, lo peor, tal vez alguna de las vestales… 

Mientras se hizo el silencio dentro de mí, a mi alrededor la hecatombe recién se iniciaba. Mil escenas desgarradoras afligieron mi alma hasta límites insondables. Sufrí aquella cobardía mucho más que la muerte. Vi cómo se regocijaban ante mis despojos paseados en picas entre la horda, sin comprender tanta locura y crueldad. Lo peor de la humanidad se puso de manifiesto en aquella tarde, ante un paisaje natural de gran belleza, con una luz de mil matices que sacaba de la arena un brillo singular. Tras la ciudad en ruinas se alzaban unas sierras multicolores, con fuentes y ríos de frescura embriagante, de amables verdores donde crecían frondosos árboles y yacía un infinito fondo de trinos amorosos. Pero aquella ciudad de singular belleza estaba muriendo en una muerte ominosa, con sus moradores de mejor fortuna, muertos y abandonados a la naturaleza. Los demás, torturados sin motivo ni piedad, las mujeres esclavizadas para diversos servicios incalificables y los hombres sanos tomados como botín de guerra, igual que animales y objetos preciados. 

Yo, tal vez por mis pesares y vergüenzas, quedé atrapado en una espesa nube negra que borró mi conciencia. Cayó la noche sobre la ciudad incendiada y en las armas de los vencedores se multiplicaban las llamas. Viéndolas pude confirmar mi sospecha de que aquella había sido una ciudad de lo que hoy es el Medio Oriente, y que ese lugar y una amplia región de esa parte del mundo, sería por siglos un Centro de Energía Negativa, donde las guerras serían permanentes y reinarían por todos los tiempos el dolor, el miedo, la muerte y mil miserias humanas. Las cimitarras se alzaron entre aullidos que llegaron al Cielo. Y creo que recién ahí morí. 

Ignoro cuánto tiempo transcurrió desde aquel momento. Sólo puedo decir que, al evocar una de mis pasadas encarnaciones en aquel experimento esotérico, me topé con ésta ingrata parte de mi inconsciencia que permanecía oculta en algún escaparate prohibido de mi alma. Posiblemente ese capítulo de mi plan de vidas quedó en algún abismo interdimensional, atravesado sin poder ser digerido, fuera del archivo, perdido de la secuencia normal de mis tiempos. Pero ahora, al despertarlo, recuperarlo y confrontarlo… volvió con sus cuentas pendientes y dolores al rojo vivo. Hoy sé que los peores momentos de nuestra larga existencia, cuando son tan pesarosos que no nos dejan sacar una lección positiva, pueden quedar en algún umbral fuera de nuestra realidad normal, para ser más tarde recuperados, elaborados y aceptados para continuar nuestra existencia libres de esa carga oscura que, de otra manera, siempre estaría a la espera de su turno para ser tratada. Todavía hoy, pasados ya muchos años de la recuperación de aquella experiencia, siento un profundo descontento a causa de ella y procuro llevar una vida noble, honorable y solidaria, como para compensar ante la Rueda de Encarnaciones aquel bochornoso capítulo de mi historia. Tal vez por eso es que siento una gran aversión hacia toda violencia, injusticia y violación. Detesto las armas y todo lo que tiene relación con ellas y procuro crear en los demás la idea de que la mejor forma de solucionar desentendimientos es buscando puntos de posibles afinidades, evitando agresiones de cualquier tipo, con la certeza de que, como lo semejante atrae a lo semejante, así la violencia atrae a la violencia, creando un vórtice de energía similar que será difícil controlar más tarde. La noche de las cimitarras me enseñó que es mejor morir con dignidad y sin resentimientos. Si vamos a morir, que sea de manera tal que la lección nos sirva. El odio de las guerras y luchas no es útil para la Eternidad. Aún el hombre no reconoce que, siempre después de cada guerra, viene una recomposición de la trama de realidades hasta que el vencedor determina cómo el vencido debe humillarse ante él mucho más todavía, a veces hasta que no queden trazas de sí, hasta desaparecer de la vida, de la historia y de la eternidad. Como si su existencia no fuera reconocida ni por Dios. Por eso aún hay guerras y las habrá, aunque yo me esfuerce para no volver a participar más de ninguna. Pero tuve también un mensaje positivo, pues supe que llegará el día en que el hombre superará su actual condición natural de guerrero y podrá disfrutar de una nueva vida de paz… pero será muy lejos de aquí.

07 – El Llamado de los Invisibles

El fenómeno del sueño es algo que aún no se descubrió en toda su magnificencia. Los estudios efectuados no pudieron darle explicaciones satisfactorias, por lo que su naturaleza y sus verdaderos alcances aún permanecen fuera del dominio de la ciencia. Por eso es que debemos mantener la calma cuando nos enfrentemos a un suceso de los muchos que se conocen, que nos asombre, nos extrañe o nos amedrente. Como estos que detallaré a continuación.

Este hecho le ocurrió en su infancia a unos amigos de gran confianza, una noche cualquiera de su tranquila vida de casados, durante unas felices vacaciones en la chacra de sus tíos. Este es su relato.

“Una noche desperté debido a unos extraños ruidos en la habitación donde dormía con mi esposa. Todavía en los dudosos umbrales de la duermevela, creí verla sentada al borde de la cama, entregada a una animada conversación. Y digo creí porque no hablaba con su voz sino con un raro tono que no le conocía. Al prestarle atención me alarmó percibir que lo hacía en un idioma que no distinguía y con una musicalidad e inflexiones que no le eran propios. El diálogo continuó inmutable a pesar de mi incorporación. No podía ver con quién hablaba mi señora y no estaba seguro que en verdad hubiera un interlocutor con ella, pues me parecía oír sólo su voz. En la penumbra de la habitación las sombras me despertaban ciertos recelos que no podía dominar. No me decidía a encender la luz para no cortar o interrumpir aquella sesión, pero tampoco podía permanecer en ascuas. Me levanté para acercarme y ver mejor. Un frío intenso recorrió todo mi cuerpo al verla transfigurada. Tenía el rostro como el de un niño pequeño de unos cuatro o cinco años, la mirada con un brillo intenso y dirigida a un más allá remoto, irradiando un halo luminoso de un tono rosa rubí. Lucía una sonrisa de éxtasis y se expresaba con susurros, como para evitar que otros escuchen. Además, no se veía a quien se dirigía y eso me despertaba un poco de temor, más por inseguridad que por otra razón. El inusual idioma en que se expresaba incluía chasquidos de lengua, vibraciones de los labios, guturalidades yuxtapuestas y diversas casi onomatopeyas que hacían pensar en un idioma extraterrestre o extra dimensional. Su mirada me atravesaba como dirigiéndose a otro Ser, a otra Presencia, mientras yo quedaba relegado a nada más que un invisible muro o a un transparente espectador. En estos casos el tiempo resulta incierto, pues a nadie se le ocurre controlarlo y los distintos hechos o escenas parecen sumarse, aunque en realidad sólo transcurre un fenómeno único con varias manifestaciones. Recordé los casos de sonambulismo, con sujetos que dentro del más profundo sueño despliegan tareas cotidianas sin despertarse y sin guardar recuerdo de ellas más tarde, al volver al estado de vigilia. Hay abundantes registros de casos increíbles, en los que los sujetos efectúan diversas tareas con igual o mejor destreza que estando despiertos.   

“Al cabo de una hora más o menos, mi señora se despidió de alguien, se acomodó nuevamente en la cama y volvió a dormirse como si nada hubiera sucedido. Digo se despidió, porque a pesar de no entender lo que decía, estaba seguro de haber  interpretado en ese sentido las inflexiones de su voz y los gestos. Se apagaron de su rostro todas las raras manifestaciones del incidente y yo quedé perplejo, desvelado y sin decidirme a actuar, pues no tenía idea de qué sería lo mejor. 

A la mañana siguiente, cuando le relaté lo ocurrido me miró incrédula y me juró no tener ni idea del tema, así que no volvimos a tratarlo y todo se perdió en la bruma del pasado. 

“Pero no dejo de destacar que el incidente se repitió alguna otra vez, siempre en el mismo lugar y con los mismos detalles, como si se tratara de una entidad invisible que se hallaba instalada en aquella habitación y venía a vernos. Aquellos encuentros finalizaron cuando dejamos de viajar a la chacra, que pasó a otros propietarios y se dejaron ir sin dejarme más que la duda, sin consecuencias ni enseñanzas de valor.”

Quienes conocemos algo del tema sabemos que las causas de esos raros fenómenos pueden ser muchas y lo más sensato es dejar que sucedan y estar atentos a ver si un día ocurre algo especial que ponga en evidencia el tipo de llamado que nos despierta. Y tratar de descubrir cual es el medio o la causa que permite establecer ese raro contacto con los Seres y Reinos Invisibles…

08 – El Llamado del Abuelo

Mis tontas rebeldías de juventud hicieron que dejara de lado mis vacaciones en la casa de mis Abuelos y parientes en los verdes campos del paraje La Blanqueada, en Navarro. Mientras fui niño y pasaba los veranos allí junto a mis padres, viví días felices que aún mantengo tibios en el recuerdo. Cierro los ojos ahora y vuelvo a estar en la mesa familiar por las mañanas, compartiendo un desayuno de fiesta junto a primos, tíos y hasta algunos parientes que no conocía. La vida en la ciudad no era para mis padres la misma que se vivía en el campo, con sus tiempos cómodos, la mesa bien provista y las risas espontáneas. Hoy sé del sacrificio que hicieron para procurarnos una vida mejor y para que sus hijos pudiéramos estudiar y ser profesionales, aunque luego no les dimos el gusto. 

Como si me hubiera enemistado con esos días de amor y dicha, al cursar la secundaria preferí la compañía de los amigos a las vacaciones junto a la familia. Me fui alejando lentamente, con o sin excusas y, finalmente, las descarté. Dejé de lado un tesoro infinito de realidades que no existen en la ciudad y no pensé más que a los Abuelos les hacía bien nuestras visitas. Me hice sombra.

Una tarde como cualquiera otra llegué a casa y descubrí un ambiente de pesar que me incluyó. La noticia era la partida del Abuelo Juan, tal vez el más próximo para mí, aquel al que más me parecía y del que había recibido como herencia la música, y las tradiciones y enseñanzas de su historia, filosofía y religión.

Hacía años que no lo visitaba pero sabía que estaba siempre allí, paseándose en su jardín, recorriendo el frondoso monte o arrellanado en su viejo sillón, batiendo manteca casera, fumando agradables tabacos en su mágica pipa o zurrando en su acordeón alegres chotises de otros lares. Como decía, yo sentía que él estaba allí y que de alguna manera se mantenía siempre firme aquella conexión espiritual que nos unía. Y así era, en efecto. Pero el vinculo material es diferente. El abrazo y las miradas no pueden reemplazarse por los buenos recuerdos y el abismo quedó abierto, de esa forma, a partir de entonces. Tampoco había asistido al velatorio ni al entierro, así que el abismo fue mayor. Y resultó que, a poco de haber ocurrido su partida, la ausencia del Abuelo Juan se hizo notoria. No sirvió de nada que un día fuese a visitar su vieja casa poco antes de que fuese demolida. Al contrario, ver su jardín y su huerta invadida por la maleza, aumentaron mi pesar. Ya sin consuelo decidí hacer algo para remediar mi mal comportamiento y una noche tomé mi archivo de Ejercicios Esotéricos para iniciar un trabajo de Magia Blanca. Promediando la madrugada, cuando en la ciudad todo era silencio y calma, armé mi Oratorio y comencé el trabajo. Por obvias razones no entraré en detalles acerca de cómo se efectúa uno de estos ejercicios. De todos modos en esta época muchos conocen ya de qué se trata y de cómo, por respeto, debe preservarse su esencia. Al amanecer, el trabajo estaba hecho. Ahora había que esperar con calma y nada más. 

Sucedió como siempre con estos ejercicios: el resultado llegó cuando me olvidé de él. Me vino la respuesta varios meses después en un sueño muy particular, de esos que no dejan duda de lo que son. 

Andaba yo recorriendo la vieja chacra, ahora dedicada al pastoreo de vacunos, como en un simple paseo. Más que recorrerla debo decir que flotaba sobre ella, en un momento en que el sol de la tarde en retirada hacía que las cosas vibraran en sus formas y colores, como para que notara que estaban vivas, más vivas que en otro momento, dando así al lugar la inconfundible pincelada del más allá, el reino de los sueños, el lugar de los llamados y los mensajes de los que se fueron. No relacionaba hasta allí esta onírica experiencia con nada en particular, ya que es común que regrese a la vida de mi niñez en aquellos parajes, reviviendo escenas de fogatas, paseos en sulqui, cabalgatas y juegos en trojas y parvas, con mis hermanos, primos y otros miembros de la familia.

Me hallaba flotando en el campo más próximo a lo que había sido la casa, muy cerca del frondoso monte, junto a los cinco álamos que alguna vez el Abuelo había plantado representando a la familia, los padres y los tres hijos. Curiosamente, cada vez que se marchaba uno de ellos, por alguna rara razón desaparecía también uno de los álamos, ya sea por un rayo, un viento o una sequía. Aquel día, en realidad ya no quedaba ninguno. Sin embargo, allí se erguían en mi visión los cinco. Álamos blancos, altísimos, vibrantes, que con la brisa de la tarde siseaban un Ángelus fantástico, con el fondo sacro de un ocaso multicolor, comparable al de una pintura del renacimiento. Desde el no muy alejado monte llegaba el austero rumor de las casuarinas, también viejas amigas de la infancia, cuyas siluetas se mecían suavemente con el viento, recordándome cuando jugaba entre ellas a los exploradores. A mi alrededor gramillas, gramillones y tréboles tapizaban generosamente el anchuroso parque, en el que más allá se alzaba todavía en pie y funcionando, la añosa bomba con la que el Abuelo se ejercitaba cada día para que el agua no les faltase a sus vacas. Ahora un molino moderno y efectivo cumple sobradamente esa tarea y los animales se arremolinan alrededor del tanque australiano para beber según su turno. Mucho hubiera disfrutado accionando la bomba y estuve a punto de intentarlo, pero me contuve al recordar que es casi imposible para un espíritu en sueños mover un objeto material… 

Sumido en estas cavilaciones no me di cuenta que frente a mí comenzaba a manifestarse una vez más el fenómeno de la visión atemporal y, a partir de los átomos del aire, se me presentó como en tantas otras ocasiones, primero el leve vórtice inicial, luego la nubecilla blanca, poco después la vacilante silueta gris y finalmente la manifestación completa, la presencia amorosa, dulce y feliz del Abuelo Juan. 

Lo vi tal como lo recordaba, con un sano aspecto septuagenario y sus clásicas prendas agrarias de los sesenta. Una camisa blanca de mangas largas y con bolsillos, una bombacha bataraza, un pañuelo azul oscuro anudado al cuello, un par de alpargatas negras, su viejo bastón de roble seguramente cortado, tallado y pulido por los gnomos y su pipa corva, humeando secretas mixturas de tabacos que olían a chocolate y aquel reloj de bolsillo que por su historia y fama debí escribir un cuento aparte. 

Casi olvidaba el motivo de mi presencia onírica en aquel campo. Poco útil hubiera resultado que viajara hasta él personalmente, pues nada me garantizaba la posibilidad de un encuentro con el Abuelo. Pero de esta manera, con el ejercicio de por medio, era una certeza. Tal vez debería insistir un par de veces en el peor de los casos, pero el encuentro era factible realmente. 

Mi propósito era encontrarme con el Abuelo, darle un gran abrazo y disculparme por mis faltas de cariño. Pero al verlo recuerdo que en este plano no son posibles los abrazos ni ninguna otra forma de expresión cariñosa como los besos o los apretones de manos. Nada más son posibles los diálogos entre Almas. Realmente no es necesario más, pero la naturaleza carnal requiere manifestaciones más ampulosas, más concretas, más acordes a la necesidad física. Y no pueden realizarse. Así que debí limitarme al diálogo de almas y conformarme con ello.

El me sonreía con la sonrisa que le recordaba, apoyado en su bastón. Dio una mirada inicial al reloj, como previniendo un exceso. Preparaba mis humanas excusas, pero sentí que no eran necesarias. Un encuentro así no debe opacarse con esas mundanidades y así lo acepté. En mi Alma sentía sus conceptos mas que sus palabras y las emociones crecieron, no sé si en mi mente o en mi corazón… pero crecieron mucho. No me cabían ya en todo el Ser. Y a medida que lo sentía crecía un Amor inmenso entre ambos que se manifestó en una nube rosa rubí que a los dos nos incluyó en un huevo energético poderoso cuyo poder me movilizó durante varios días… 

Un encuentro así no insume mucho tiempo. No es como en nuestro plano, que uno va de visita y se tiende una mesa en señal de agasajo, cuando más surtida, mejor. Allí no caben esos gestos ni debe medirse el tiempo, pues todo al trasladarse sería tan breve que no podría medirse. 

Pronto el campo de energía comenzó a debilitarse y el aire pareció tensarse entre el Abuelo y yo. Y como sucede siempre, el Abuelo primero vibró, se hizo lentamente una silueta gris y finalmente una nubecilla blanca que dio paso a un breve vórtice en el aire, que desapareció sin más. Quedé sólo en la oscuridad de la noche, viendo las estrellas dibujando en el cielo figuras caprichosas. Ya nada me quedaba por hacer allí. Turbado todavía por la emoción y el amor manifestados en la experiencia enfoqué mi mente en el regreso, que no tardó en concretarse. Creo que debo decir que desperté inicialmente desconsolado, pues sentía la necesidad de ser un niño de nuevo por más tiempo, para quedarme en el regazo del Abuelo o permanecer a su lado escuchando relatos de las viejas Leyendas Irlandesas que tanto amábamos los dos…

El encuentro fue mucho más elocuente de lo que  esperaba y, ya recobrado y en plena vigilia, me sentí sumamente complacido por haberlo concretado. No me quedaron nostalgias ni tristezas por la partida del Abuelo, pues por el encuentro confirmé –aunque a esta altura no necesitaba confirmación alguna- que quienes se marcharon siguen entre nosotros después de haberse ido. Y que pueden ser evocados a través de las prácticas correctas, cada vez que resulte imprescindible y con el respeto que la actividad lo exige. 

Hoy, mientras cae la tarde, pongo fin a este relato para ir a fumarme una carga de aquel agradable tabaco achocolatado en la antigua pipa corva que heredé del Abuelo, junto a su viejo bastón de roble cortado, tallado y pulido por los gnomos…

09 – El Llamado de las Encarnaciones

Como nos sucede a todos los que creemos en esta antigua teoría, desde que la conocí me interesó averiguar algo más sobre ella. Poco fue lo que disfruté de lo leído y aprendido de las enseñanzas básicas de las Escuelas Esotéricas y nunca me satisfizo por completo la curiosidad, la cantidad de publicaciones que hay al respecto. Presentía que había mucho más. Me dormía con el  pensamiento en el tesoro inmenso de enseñanzas que podría obtenerse si se llegase a alcanzar el archivo de encarnaciones de cada uno, porque estaba persuadido que de esa manera se lograría la Sabiduría, uno de los Dones Divinos según la Tradición Cristiana. 

Así fue que inicié un simple ejercicio para ese fin, el único que conozco para aprehender algo que se halla fuera de nuestro alcance y que no esté vinculado a intereses de terceros, en cuyo caso tenemos el acceso vedado o condicionado a él. Cada noche enfocaba la conciencia en el propósito que me animaba, esperando recibir, como en tantas ocasiones anteriores, una respuesta en sueños. Sabía que era difícil se me manifestara así no más algo tan bien guardado, pero confiaba en que al menos se me podían alguna vez aparecer pistas. 

Podía ser una respuesta, por ejemplo, que viera en sueños un gran libro, un grande y hermoso libro cuyo título, no más, fuera un indicio. Posiblemente, al cabo de varias noches de insistencia viera la primera página. El Reino de los Sueños o Reino Invisible, tiene muchas formas y recursos para brindarnos sus bendiciones. Y, del mismo modo, si algo nos está vedado es inútil que insistamos pues es inflexible totalmente. Sabemos que la verdad se halla a nuestro alcance en todas sus manifestaciones y se nos oculta todo lo que nos perjudica. “No comerás del árbol de la ciencia, del bien y del mal” dice el Mandato Divino en la vieja tradición y permanecerá vigente por siempre y es bueno meditar en él. 

Las noches pasaban sin novedad y lentamente el interés se me fue diluyendo. Nunca abandoné el sencillo ritual nocturno de dormirme, tanto en la cama como en el sillón de mi escritorio, con el pensamiento enfocado en el propósito que me motivaba. Pero por la insistencia no tardó en convertirse en un gesto casi automático.

Estas tareas tienen relativo éxito. Como lo dije, no todo puede saberse, aunque lo buscado nos pertenezca o no, sea nuestro o creamos que lo sea. Ante estos temas de nada sirve argumentar sobre derechos, pues nadie los conoce mejor que el Cósmico o la Naturaleza. Y si ella dispone que nuestros supuestos derechos no son válidos, no debe quedarnos duda de que no lo es. Hemos llegado a ser tan rebeldes, impertinentes y desubicados, que nos creemos con el derecho de juzgar hasta al mismo Dios y desconocer las duras leyes de la Naturaleza, lo que nos condujo a ser una raza decadente que se aproxima a su autodestrucción. No nos importan los delicados equilibrios naturales ni aunque sean los que regulan nuestra vida y destino. Está bien que nos valgamos de los recursos que fueron puestos para nuestra subsistencia y disfrute, pero bueno es reconocer que hasta ellos tienen un límite de uso. Pobre el hombre que para utilizar las piedras destruye y allana la montaña. Pobre el hombre que ganó al vender un pez y ahora llena su barco de peces casi hasta hundirlo. Pobre el hombre que disfrutó vendiendo un violín y ahora tala el bosque para tratar de vender decenas. Pobre el hombre que mirando volar las aves pretende que Dios le de alas y le permita volar como ellas. 

La oscuridad de la noche nuevamente se iluminó. Se hizo apenas trasparente y, sin ceder el paso a la luz por completo, permitió que el aire vibrara una vez más ante mí y, con el mismo leve vórtice inicial que ya conozco, se convirtió en una nubecilla blanca, después en una vacilante silueta gris y, finalmente, en la majestuosa presencia de un Ser resplandeciente irradiando una fuerte luz oro rubí a su alrededor. Desde un escritorio y sillón de un material del mismo tono, parecía presidir una gran sala luminosa llena de libros vibrantes. Y todo el conjunto parecía estar emplazado dentro de una  gigantesca caverna abovedada, de cuyas paredes y techo también emanaba luz. Pero si se la miraba detenidamente, podía apreciarse que todo vibraba y latía suavemente, y a cada latido se llegaba a ver que aquel todo eran muchísimos conjuntos unos dentro, sobre y tras otros, de modo que llegaban a ser un Perpetuum Continuum de Existencias simultáneas y móviles. Hubiera jurado que estaba ante lo que los esotéricos conocían con el nombre de Registro Akásico.

- Soy el Supremo Escriba -dijo el ser luminoso y me señaló un gran sillón que no había visto antes, similar al que ocupaba él- y entiendo que deseas conocer tus vidas pasadas- .

Asentí medrosamente con un balbuceo. 

- Y qué quieres saber? –me preguntó con un aire paternal y superior que me hizo entender que mis deseos eran todos puro tonterías…

Sin poder articular una palabra ni siquiera armar un pensamiento coherente, me dí cuenta que era inútil pretender describir algo que no conocía ante el Escriba. No podía explicarle mi propósito humano y banal.

- Tratándose de encarnaciones pasadas, comenzó a explicarme adivinando mis inquietudes, hay que ser muy explícitos al referirnos a ellas, pues el Archivo Cósmico de Eternidades no se trata de una biblioteca donde miras al pasar, sino una multiplicidad de vidas en diferentes dimensiones, planos y niveles simultáneos de existencia. No se  debe pedir examinar un dato como curiosidad, sino que debe haber un motivo importante, decisivo, fundamental, que justifique el movimiento de energías necesario para lograr una respuesta que te resulte coherente. El lenguaje del Archivo Cósmico está vedado al alcance del ser humano. Pretender conocer una pasada encarnación no es como recordar qué cenaste anoche. Por eso debe hacerse la consulta con datos coherentes con el método de registro, sino es como utilizar un idioma que no se entiende o una llave que no es de allí. Ahora… puedes ofrecer un dato preciso en tu consulta?

- Venerable Escriba –comencé a explicar después de pensar un instante– deseo conocer por qué hay tantos hechos ajenos a mi vida que me parecen vividos en otro momento y lugar, aunque hoy me resulten lejanos o imposibles… Por qué tantos rostros me resulten familiares, por qué en muchas ocasiones siento que este no es mi planeta ni mi tiempo y por qué existe una infinidad de cosas que me parecen recordar pero se me escapan al concentrarme en ellas…

- Querido Consultante –respondió el Escriba – Todo lo vivido queda guardado en el Akásico y cada uno de nosotros permanece por siempre conectado a ello, pero sin tener la posibilidad del acceso consciente. El Hombre, en su búsqueda de evolución no debe valerse de sus memorias atávicas, sino que debe hacerlo en base a los pasos que da por la vida con esfuerzo y hasta con dolor. De todos modos, los Maestros del Sueño en circunstancias especiales permitirán que tenga sutiles contactos con un dato que significará un adelanto particular en su esfuerzo de vida. Cuando sucede uno de esos contactos, su resonancia perdurará en su subconsciencia en forma indirecta, como un recuerdo impreciso o una vaga sensación. También puede sucederle que se tope a veces con algo que le resulta familiar pero sabe que no lo había visto antes. Esa familiaridad se debe a que ese algo estará o estuvo vinculado a él en algún momento y no pasará mucho tiempo para que lo compruebe- .

Mi diálogo con el Escriba se extendió durante unas cuantas lecciones de modo que al despertar creí haber soñado durante días. Pero no tardé en comprobar que apenas me había adormilado un momento en mi sillón. 

Tal vez la enseñanza más importante que me brindó fue explicarme que la Meditación es la única llave o clave capaz de abrirnos los secretos que se nos puedan revelar. Y si con ella no surgen resultados positivos, simplemente debemos dejar de lado, momentáneamente al menos, el intento. La meditación hace que llegue a nuestra mente en el instante apropiado la idea, el sueño o la imagen de lo que solicitamos. Sólo se debe esperar. Seguramente, una noche de insomnio, en esos momentos en que uno no puede precisar si está despierto o dormido, de pronto vibre el aire y se manifieste una clara respuesta a alguno de los interrogantes presentados en el ejercicio de meditación. 

Otra noche sin dormir. Esta, dedicada ya para una nueva experiencia. En mi Oratorio, la llama de las velas temblaban en el fresco de la madrugada. Sin apuro, meditando en uno de mis habituales ejercicios, veía cómo el humo del incienso se elevaba en sutiles nubes y era movido con delicadeza por la brisa que por la ventana apenas se sugería desde el patio de casa. Afuera el amable silencio era recortado ritmicamente por el canto de un grillo, mientras el espejo al fondo de la mesa reflejaba mi rostro maduro apenas iluminado. Como en otras ocasiones formulé desde mi interior las consultas cuyas respuestas esperaba. Pero aquella noche sí hubo respuesta. Tembló el aire y una nubecilla blanca apareció ante mis ojos, latió unas pocas veces y desapareció. Cuando empece a creer que nada había cambiado, noté que la imagen que el espejo me devolvía era distinta. Ya no era yo. Con temor recordé las viejas historias de espejos que dejan ver imágenes infernales y no me decidía a mirarlo directamente. Bajé los ojos hacia mi regazo y me sobresalté al ver que vestía una larga y oscura túnica sacerdotal ceñida por un cordón claro con tres nudos, lo que me reveló que era el hábito de un franciscano. Me tranquilizó recordar que esa orden practicaba la pobreza, la castidad y la obediencia como estricta norma de vida y que sus miembros se tenían por clérigos amorosos y confiables, por lo que me animé a levantar la vista y contemplar la imagen en el espejo. Con seguridad vería mi rostro algo cambiado, como el de algún antepasado, sin duda adornado con una mirada dulce y devota, acostumbrados los ojos a la arrobada contemplación mística. Un rostro que sería en adelante mi ejemplo, mi búsqueda, mi ideal… Pero me equivoqué. No hallé nada de terrorífico, ni diabólico. Pero ciertamente no vi un rostro piadoso. Más vale todo lo contrario. Fue como ver a un bis tatarabuelo, que al levantar el rostro y correrse su capucha descubrió el rostro de un ser realmente malvado. De mirada torva y desafiante, nariz afilada y aguileña, labios delgados y sonrisa irónica, cejas espesas y barba larga, confundida con los cabellos y la capucha en una maraña indescriptible. Sin que hablara podía oír su voz dentro de mi ser, como si yo mismo me hablase. 

- No creerás que siempre has sido la criatura mansa, cobarde y amable que hoy eres. Durante años has manchado tus manos con sangre inocente, has causado daño y horror, como sacerdote te has valido de tus hábitos para mentir y sacar provecho de quienes confiaron en ti, pecaste en las peores formas y fuiste cínico con tu Fe. Por eso querías saber de tus interiores inquietudes, qué era esa secreta oscuridad que se cernía en tu interior y te obligaba a saber… Quieres más, eh, quieres saber más?

- Diciendo esto me miró con ojos llameantes y me señaló amenazante con un dedo largo y corvo, con largas uñas ganchudas que parecían querer salirse del espejo y penetrarme el cuello… Espantado, sentí que despertaba de ese trance con un latido tan fuerte que pareció estallar dentro de mi pecho. Todo estaba igual a lo que era antes del ejercicio. Esas y otras palabras del mismo tono resonaban aún dentro de mi ser, causándome por un lado una gran pena y decepción, pero por otro la satisfacción de haber sacado a la luz una carga emocional antigua y pesada.

Durante el resto del día la imagen que vi en el espejo pareció seguirme a todas partes, como si cada transeúnte fuera el franciscano infernal. Es probable que a través de ese fenómeno aquella alma se hubiera aliviado, pero lo hizo cargándome a mi sus culpas, como si yo fuera el heredero de ellas. Y tal vez así sea… El suceso se disolvió en mi memoria como ocurre con todo y continué mi existencia sin más problemas. En algún archivo de mi pasado remoto late aún y probablemente lata por siempre aquella fea imagen de un franciscano lujurioso, frío, corrupto y malévolo que me espantó desde el espejo. Y aún hoy me pregunto si es útil o no y de qué puede servirnos esforzarnos para conocer las vidas de nuestros múltiples pasados…

10 – El Llamado del Cofre

Yacía yo aparentemente en una cómoda y rica cama, por completo rodeada de paredes de fino cristal. Por lo relucientes, sus caras internas me reflejaban todo tipo de imágenes, que se tornaban confusas al fundirse con las que veía a través de ellas. Detrás de los cristales se agolpaban varios rostros desconocidos, desaforados, gesticulantes, que se empujaban mirándome como a un ser de otro mundo, riéndose y señalándome entre burlas, cambiando opiniones entre sí sobre mi inesperada presencia en ese lugar. 

Recordando todo un poco mejor, aún hoy creo ver que el reluciente cristal era como una celda, una cárcel, o la cama de un hospital en la que me estarían sometiendo a algún tratamiento que no conocía. En realidad no conocía nada, era yo nada más un recién llegado que ignoraba lo que sucedía a mi alrededor. Al relatar aquella rara  experiencia, hoy puedo agregar que todo me resultaba no sólo desconocido sino también inexplicable y amedrentador. Me parece que la celda constaba de cuatro paredes nada más y le faltaba la parte superior, la que sería el techo o tapa. Había mucho ruido y una gran cantidad de gente que se desplazaba a uno y otro lado. Entre una infinita algarabía, unos llamaban a otros para que vinieran a observarme, como a un objeto curioso o un espécimen único. Desde alguna parte llegaba una música rítmica que aprovechaban unos pocos para bailar en mi presencia. Y así, en medio de aquel aquellarre incomprensible, yo me sentía extraviado, casi inconsciente, en un raro sopor por completo fuera de mi naturaleza. Más allá de la celda y la gente, según hoy lo puedo definir, el lugar aquel era un salón enorme, bellamente decorado e iluminado por infinitas bombillas en costosas arañas que colgaban del techo y por doquier se apreciaban  esmerados ornamentos de flores exóticas que ponían en el aire una grata fragancia. Por alguna razón mis movimientos eran sumamente limitados y mi voz, no obstante mis esfuerzos, no llegaba a articular palabra. Harto de aquel apocalipsis de gente, ruido y luz, movido por una poderosa fuerza interior que me obligó a manifestar mi descontento e incomodidad, grité con todas mis fuerzas, como si en ese grito pusiera mi destino en un intento de pedir auxilio. Abruptamente mi grito clamante hizo callar toda manifestación en mi derredor, pero, apenas pasó la sorpresa inicial, provocó en los presentes una sensación de ternura y compasión que otra vez los convocó junto a los cristales.

Un segundo grito clamante desde lo más hondo de mi ser estalló dentro del cofre haciendo que la vida se detuviera. Seguidamente me desperté y me descubrí en mi cama, transpirado y confuso. Me levanté con dificultad y, mientras me encaminaba a la ducha, me dije que esa no era la primera vez que había tenido ese sueño. Y así me asaltó otra inquietud, que se sumó a las que ya tenía en mis días normales. 

Aquel sueño no era de esos que guardan una advertencia o aviso como para estar alerta. Tampoco era de los que contienen un mensaje para descifrar. Ni me parecía tampoco algo vinculado a fenómenos esotéricos o a llamados desde otros planos. No encajaba la posibilidad de un vínculo con los ruidos de la calle, a esa hora atestada de vehículos. Y la ruidosa estación ferroviaria, de la que ya traté en otra ocasión, también me parecía estar fuera de toda sospecha. Así que, sin poder dar con la punta que me lleve a descubrir la umbría maraña de aquel sueño, decidí dejarlo para que el tiempo haga a su manera luz sobre él. 

No recuerdo cuándo fue la primera vez que lo tuve. Pero me atrevía a afirmar que desde chico me perseguía aquel raro sueño, que me hacía despertar inquieto y asustado. Supe que se llamaba sueño o pesadilla recurrente. Con los años me acostumbré a sufrirlo y ya había aceptado con resignación que de vez en cuando se me manifestara. Aprendí a convivir con él, sabiendo que yacía agazapado en algún lugar de mi subconsciente listo para dar su acostumbrada función justo cuando parecía ya no volver más y cuando menos lo esperaba. 

Una vez, aún en la juventud, lo consulté con mi familia y lo consideraron una simple pesadilla sin darle importancia. Ni siquiera los más mayores se interesaron en ofrecer una explicación. Los amigos llanamente se rieron y me sugirieron ver a un analista. Todos le daban al tema tan poca atención, que cuando les comentaba que una vez más la experiencia se me había repetido, ni siquiera sabían bien a qué me refería. Y eso hacía que me sintiera sólo ante lo desconocido, pues yo bien sabía que tras ese tipo de sueños siempre hay algo que no está en orden dentro de uno. 

Siendo ya algo maduro pensé en buscar la causa del sueño por el método esotérico, pero sentía que aún me faltaban datos importantes para intentarlo. En ese aspecto no descubría ni por asomo cómo preguntar o decretar para que se hiciera luz sobre el problema. Y seguí esperando. No sabía cuántos años debería soportar con esa carga. Y el sueño se repetía de vez en cuando, siempre de la misma manera en cada detalle, casi como si se tratase de una grabación interna. 

Un día acepté conversar de esto con un psicólogo y acudí a uno que me recomendaron unos amigos. La experiencia fue infructuosa, porque me dijo que debería iniciar un largo tratamiento, como un viaje que se hundiría en lo más profundo de mi psiquis hasta hallar el origen de esa anomalía. Mandé al cuerno al analista con su viaje y seguí esperando sin decidir nada más por el momento.

Pasaron los años y mis padres y tíos se convirtieron en unos ancianos canosos con muchos deseos de irse con los Maestros. Habíamos llegado a esa altura de la vida en que las reuniones importantes como los cumpleaños, los aniversarios y las fiestas de Navidad y Año Nuevo, reunían a tan pocos comensales que la cena se servía en una mesa pequeña, con menús discretos ajustados a los problemas de salud de cada uno. Mi Madre fue la primera en irse del grupo más íntimo y quienes nos seguíamos reuniendo no podíamos evitar el dolor que nos provocaba su silla vacía. 

Fue durante una de las últimas reuniones del grupo familiar en mi casa paterna, cuando el mayor de mis tíos cumplía sus noventa años. Por fortuna, entre nosotros se hallaba mi Esposa, quien me sirvió de testigo memorioso. Hubo una conversación que se inició nostalgiosa por demás pero se fue animando lentamente, después de las copas del brindis. Llegó el momento en que Papá y el Tío comenzaron a recordar sus épocas juveniles transcurridas en el campo y revivieron anécdotas graciosas que pusieron la risa al alcance de todos. En un momento, se dio el tema del casamiento del Tío y tanto él como Papá rejuvenecieron de pronto recordando los detalles de la gran fiesta que se realizó aquélla noche. Ambos intercambiaron escenas vividas hacía más de cincuenta años que nosotros escuchábamos absortos. 

Juntos rememoraron el alquiler del más grande salón del hotel de la ciudad, en el que se había reunido una gran cantidad de invitados. Todos bailaban felices con la música de una pequeña orquesta mientras desde las enormes arañas de cristal que colgaban del techo la luz se esparcía hacia todos los ángulos del salón. Por doquier se veían esmerados ornamentos de flores exóticas que ponían en el aire una grata fragancia mientras varios espejos en las paredes producían multitud de reflejos, que se colaban hasta las copas y cubiertos llenando el ambiente de color.

Llamando la atención de los invitados, en uno de los lados de ese ambiente se había dispuesto un exhibidor para los regalos de la boda, en el que un bellísimo cofre de cristal se hallaba destinado para los más costosos. En un momento, considerando que yo había nacido pocos días antes de la fiesta, alguien decidió como broma colocarme dentro de aquel cofre para algarabía de todos y desfilaron ante él riendo, aplaudiendo, señalando y haciendo los comentarios más ingeniosos que podían…

Al oír esos comentarios mi duda de toda la vida de pronto se aclaró. La respuesta fue como un estallido de luz en todo mi ser. El misterio o el llamado del Cofre era sólo una imagen que por alguna razón no fue secuenciada en el archivo normal de mi subconsciente y quedó así aislada en un umbral indefinido del que se asomaba en ocasiones como una señal incomprensible.

Inútil fue pretender descubrir por qué una imagen de mis primeros días de vida quedó fuera de orden y sin acomodar en el archivo correspondiente, en el que debían yacer seguramente infinidad de similares  sensaciones. Es normal que en ese lugar de la mente queda secuenciada la información instintiva que permite el elemental reconocimiento maternal, la inicial protección, la alimentación primaria y las sensaciones básicas del tiempo y el entorno. Es probable que ese fuera el indicio de que algo no funcionó bien durante mis primeros días de vida y procuré recopilar algo de esos datos entre los mayores. Descubrí que hubo en aquel tiempo una zozobra de pocos días debido a una vacuna que me trajo unas leves complicaciones, una serie inesperada de traslados motivada por el casamiento del tío y una mudanza local como consecuencia de ello. Si bien eso no ocasionó daño alguno, tal vez haya provocado algunas emociones discordantes en mis mayores que pudieran significar la causa de la desclasificación de aquella vivencia, que sola se acomodó más de cincuenta años después.

La incluí en esta serie de llamados porque a pesar de no revestir un carácter esotérico, se trata de una experiencia que demuestra claramente cómo funciona este tipo de fenómeno poco común y cómo nuestra mente puede presentarnos interesantes efectos psíquicos que pueden malinterpretarse. Y también lo incluí porque este sueño fue el motivo de que pasara más de una noche sin dormir, en una excelente muestra de insomnio digna de presentarse como modelo, cavilando sobre un misterio que nunca imaginé tendría una causa tan inesperada e inocente.

Hasta aquí la narración de unos pocos de mis Llamados e Insomnios. Probablemente algún otro me inspire un nuevo cuento dentro de unos días, pero si sucede quedará para otra ocasión. Espero que hayan disfrutado mis relatos. Saludos Cordiales!

Fin

09.12.2018 


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