EL MANISERO
(Un cuento breve de Miguel Keegan)
En tardes frías, grises y lloviznosas como la de hoy, se me
junta en la memoria un rebaño de recuerdos de mi lejana infancia con otras
tardes, las del antiguo Boulogne Sur Mer.
Durante los años cincuenta, se empezaron a reunir las primeras casitas blancas de la incipiente clase media, construidas con un orden primoroso pero con una evidente falta de recursos. Por eso es que, si bien todas lucían bellas y prolijas, se notaba que estaban armadas de manera de poder continuarse en un futuro, casi con seguridad no muy lejano.
Cada casita contaba con un terreno más o menos amplio, con la suficiente superficie como para poder desarrollar en él un jardín con cuatro o cinco árboles o una discreta quintita, capaz de generar las hortalizas imprescindibles para una sopa y un guiso diario, lo que no era poco decir durante los años aquellos.
Las primeras calles se estiraban entre los verdes y blancos, como largas cintas de asfalto capaces de diseñar los bocetos del barrio que llegaría a ser. Lentamente se fueron multiplicando y se extendieron hacia la puesta del sol, mientras los árboles crecían y crecían en su intención de alcanzar las nubes.
En las casas comenzaron a verse muchachas encintas y
berreantes bebés, al tiempo que por las calles hicieron su aparición, y cada
vez con mayor asiduidad, los vendedores ambulantes, en carros tirados por
fuertes caballos y unos todavía escasos camiones multicolores, que otorgaron al
caserío unas cuantas pinceladas de alegría.
Una tarde, justamente también fría, gris y con muchas ganas de llovizna, corrió estridente por los aires un desconocido pitido que heló los corazones de la gente. Sin saber de qué podría tratarse, mil ojos se acercaron a las ventanas para espiar. Y descubrieron que circulaba por la calle un raro triciclo con una mini carrocería semejante a una locomotora. La conducía un robusto pedaleador quien era, además del conductor, el calderista que mantenía encendido algo similar a una salamandra, sobre la que se calentaba y tostaba una cantidad opulenta de maníes humeantes y aromáticos.
¡Maníes! En aquel modesto barrio no era habitual la presencia de un manisero y muchas personas ni siquiera tenían todavía un cabal conocimiento de lo que eran los maníes. Por eso fue que mi Madre debió explicarme con toda su paciencia que no se amasaban en la mesa de la cocina, como ella lo hacía con los ñoquis, sino que eran un tipo de raíces que se recogían de la tierra como las papas…
Durante el primer invierno que nos visitó, el manisero nos explicó a los chicos del barrio, algunos de sus preciados secretos. Así, con la circunspección propia de un sacerdote, ante nuestros ojos ávidos abrió los arcones de los maníes que debían calentarse, los que debían tostarse y los que todavía estaban sin procesar. A continuación nos mostró el hornillo donde se producía la trasmutación que los transformaba de crudos a tostados, o de fríos a calientes. Cuando nos acercamos a él nos acogió un calorcillo de lo más amable, como un abrazo maternal. Pero al abrir propiamente la mágica salamandra, vimos una gran cantidad de brasas de un amenazador rojo iridiscente, que de amables no tenían nada. Más vale se podía afirmar que era un pequeño infierno contenido en uno de los gabinetes secretos de aquel singular vehículo, al que decidimos llamar la Tricicleta de Satanás.
Prolijamente colgados a un costado del horno se alineaba una
pequeña hilera de instrumentos para encender, mantener y avivar el fuego, que a
nuestras mentes infantiles se nos antojaba como un juego de instrumentos de
tortura. Y el inocente manicero, manipulando con gran habilidad esos hierros en
los momentos de atizar, se nos transformaba en el mismísimo demonio dirigiendo
las llamaradas del infierno. En circunstancias así, el mismo hombre que en otros momentos plegaba con magistral
prestidigitación la hoja de diario que se convertiría en el cucurucho que
contendría el cálido tesoro, también se nos podía manifestar como una figura
horrenda con cuernos y cola, colmillos de serpiente y largas uñas negras
capaces de fetear una persona de un solo zarpazo. Fea imagen en verdad,
especialmente para un chiquillo de ocho años que fue él solito por su
cucurucho.
- ¿Te gustaría echar un vistazo al horno? –me dijo con una sonrisa que se me figuró la más siniestra que hube visto en aquella mi breve vida.
- ¡Fíjate bien! – exclamó – Tal vez tengas suerte y puedas
ver mucho más que tus amigos…
- Y diciéndome esto, sin que yo pudiera pensarlo mucho,
abrió inesperadamente la puerta del
horno como lo había hecho en tantas otras ocasiones, pero esta vez fue para mí
sólo y antes de que yo juntara el valor suficiente para mirar.
Creo que lo notó, porque sus ojos se cambiaron de pronto y
casi despidieron el mismo fuego que su horno
y todo él adoptó la forma de los de un reptiloide de dos pies… De dos
horrendos pies como de cocodrilo, poniendo el marco a una robusta cola que se
agitaba amenazadora sobre la calle. En un inexplicable rapto de valor, soporté
la fea visión y al mismo tiempo dirigí mis ojos hacia el horno donde pude ver
espantado una enorme caverna llena de fuegos, mil fuegos, un millón de fuegos
que se agitaban y estallaban con espantoso fragor, como si fuesen los mismos
del centro de la tierra… Y entre las crepitantes brasas de esa caverna, bien
hacia el fondo, pude ver cómo una gran cantidad de niños aullaba entre el fuego
vivo, quemándose igual que simples muñecos de plástico…
No quise ver más. Algo estalló bajo mis pies, que me llevó a casa como en un vuelo. Y llegué más que pronto, espantado, jadeante y sin poder decir una palabra… sin los maníes y sin el billete de un peso, que Dios sabrá donde fue a parar después que eché a correr despavorido.
Mamá me regañó con aspereza al escuchar mi relato y me amenazó con un castigo ejemplar si volvía a mentir de esa manera. Con toda seguridad Ella actuó con la sensata firmeza de una Madre que está educando a su hijo. Pero todavía hoy yo me pregunto a quién podría acudir un niño que vive una experiencia como aquella, que para toda la vida lo dejaría marcado y no pudo hallarle una explicación ni siquiera al llegar el ocaso de su vida…
Es probable que una chispa de fantasía me haya permitido
atisbar una realidad paralela, como un indicio de mi futura facilidad para
lograr trances y mirar hacia otros planos, lo que me permitiría con los años
liberar almas en pena y escribir cuentos imposibles de aceptar, que nadie jamás
creería.
Nunca hallé explicación del todo coherente a aquella visión
y aún hoy al recordarla sé que no fue ilusión ni mentira. Aprendí de grande que
es posible la coexistencia de planos y dimensiones y que no es tan extraño que
se abra ante nuestros ojos un vórtice, portal
o ventana que nos comunique con un extraño más allá. En especial para un chiquillo sensible y con
un cierto despertar psíquico o mediumnidad, como lo fui.
Debí aceptar que en nuestro mundo en ocasiones suceden
hechos sobrenaturales que no son una fantasía, pero tampoco pueden ser creídos,
comprendidos, explicados ni aceptados por todos, como una rara posible
pesadilla que se presenta en vigilia…
Y así fue que debí resignarme a vivir con ella.
15 de Julio de 2020
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