ELEGIA AL CIRCO QUE SE FUE
ELEGÍA AL CIRCO QUE SE FUE
1 - Prefacio
Llegaron y no sé de dónde. Se fueron y no sé por qué. Estuvieron y me obsequiaron un instante de niñez ida que ya hace tiempo había olvidado. Me dejaron una música que jamás se borrará del pentagrama de mi alma. Con su arte crearon en mi una miríada de delicias que nunca me será posible describir. Se ganaron mi gratitud, la gratitud de los niños y la gratitud de todos los que, sin ser ya niños, siempre estamos dispuestos a volver a serlo.
Tal vez sean Ustedes seres ideales que duren sólo lo que una función y desaparezcan. Tal vez sean fantasmas, como en mi historia. Tal vez sean máquinas guiadas por hombres de rostros severos y manos duras. Tal vez sean artistas de la más honda inspiración, capaces de elevar al espectador al más encumbrado nivel de la función intelectiva. Tal vez sean todo esto, o nada de lo que se me pueda ocurrir.
Tal vez sean algo sublime, fuera de nuestra lógica y entendimiento. No sé, pero sea lo que fuere, les doy la seguridad de que los esfuerzos de vuestra obra contribuyen a hacer bueno al hombre y, en medio de tanta angustia como la que hoy reina, vuestro sano humorismo, vuestra inocente belleza, vuestra realidad que no puede ser cruda, vuestra pureza cristalina, permite a quien asiste a vuestro espectáculo recordar que alguna vez creyó que todo era bueno y, en el fondo de su ser, sentirse limpio y poder creer.
Mientras haya quienes armen una carpa para instalar un circo, habrá gente con la risa a flor de labios, con la inocencia a ras de piel, con la niñez en las alforjas.
Por ella y por toda la belleza que nos obsequian, nada más gracias. Para Ustedes este pequeño homenaje.
2 – Llega el Circo
Caía sobre mis pies una larga jornada de oficina. Con timbres de teléfonos que berreaban como bebés. Con tamborileos de máquinas de escribir que zapateaban como bailarinas de varieté. Con innumerables papeles que traducían en números impresos la vida y la obra de cientos de personas.
En tal estado de ánimo, todo se ve como a través de un caleidoscopio que transforma las cosas en multicolores imágenes extrañas, reduciendo el mundo a una serie de elementos que sólo nos permiten apreciar lo que nos rodea de una forma vaga e imprecisa, que apenas nos deja sentir de las cosas sus aspectos más próximos y característicos.
Así pues, volvía yo de mi rutina, sin detenerme a observar nada de lo que transcurría a mi alrededor. Hasta que, de pronto, noté que algo nuevo había en la ciudad. Vi gente que se detenía mirando algo que no era de todos los días. Además, se sentía en el aire una cosa peculiar, que presagiaba habría de romper la habitual monotonía de aquella ciudad sin veleidades.
A la derecha del camino principal, varios metros hacia el interior de los terrenos sin edificar, se habían detenido unos cuantos camiones rojos, enormes, imponentes, de los que una veintena de hombres descargaban multicolores objetos extraños, para depositarlos sobre la hierba. Un gran cartel apoyado provisoriamente sobre un poste, rezaba: “En breve Gran Circo Maxwell, Carthumn & Co.”
Ese cartel, como un preciso mecanismo mágico, despertó en mi interior al niño que se había dormido hacía años. Y el cansado oficinista que volvía de su rutina permitió que aflore un chico ávido de colores, luces y banda de música. Todo mi interior se llenó de un entusiasmo nuevo, de una alegría explosiva que no podía controlar, de una ansiedad que me aislaba del tiempo y las obligaciones.
Ajenos a los numerosos ojos que los observaban, los hombres colocaban los bultos unos sobre otros o unos al lado de otros, según un aparente orden predeterminado. Rápidamente rasuraron el pasto, limpiaron el lugar de objetos que había dispersos y comenzaron a dibujar sobre la tierra unos círculos concéntricos que, sin dudas, serían el principio de la maravillosa casa de alegrías que es un circo.
Pocas horas más tarde, entre la algarabía de los aún presentes, arribaron numerosos vehículos de todo tipo, unos tras otros meticulosamente, con inscripciones de la misma empresa. Automóviles, camionetas, jeeps y hasta tractores arrastrando carromatos, casas rodantes y jaulas con fieras. Parecía un largo tren dividido en secciones, trayendo milagros y maravillas. Se alinearon atrás de los camiones y de ellos descendieron más y más personas, cada una con una misión que cumplir, aprendida de memoria. Se podía ver así un trabajo automático, con hombres laboriosos y eficientes, llevando a cabo una tarea que ya conocían demasiado bien, tratando de finalizarla lo antes posible.
Se clavaron altísimos mástiles, se extendieron cuerdas de larguras infinitas, se desenrollaron intrincadas piezas de lona y se instalaron pequeñas tiendas. De la línea de la electricidad que bordea la calle, se tomó la energía necesaria con una madeja de cables y custodiadas cajas con extraños circuitos. Las jaulas con las fieras se acomodaron en un sector minuciosamente vallado para que los curiosos no se acercaran. Cuando cayó el sol aún no estaba terminado de construir el circo, pero ya había bombillas eléctricas por doquier, iluminando un trabajo de titanes que, paradojicamente, parecían hormigas.
Hombres de oscuros semblantes manipulaban herramientas y materiales con singular maestría, transformando miles de pequeños objetos en aparejos, secciones de carpa, partes de escenario y mil otros elementos incomprensibles.
Temía quedarme allí más tiempo, seguro de que luego ya no me podría marchar. Entonces decidí irme, con la mayor de las tristezas. Hubiera preferido quedarme hasta verlo completo, aunque estaba seguro que fácilmente demorarían toda la noche hasta el otro día.
Con la proa de mi alma hacia mi casa, ninguna otra cosa poblaba mi pensamiento. Y sólo el circo, el dulce y maravilloso circo, era el pasajero de mi conciencia.
Atrás habían quedado los teléfonos, las dactilografías y los innumerables papeles con números impresos. Mi vida toda no era más que un circo. Y yo me sentía un gran artista internacional, rey del trapecio, mago de los malabares, amo de las acrobacias… Y todos los ruidos de la calle eran el más caluroso aplauso que me ofrecían.
Señoras y Señores, distinguido público, en este preciso instante, he llegado a mi casa.
3 – Una Fiebre de Circo
Al día siguiente tuve un despertar como cualquier otro. Trinó el despertador, sonrió mi ventana llena de luz, brotó el agua de las canillas. Y como quien nota tras la convalescencia que se ha recuperado, me creí otro. Se había marchado de mí la terrible fiebre circense, dejándome una gran confusión en la mente, con pensamientos mezclados que no sabían dónde colocarse.
Anduve aquel día como un resorte vencido, haciéndolo todo con apatía y sin esmero. Mis recuerdos de la tarde anterior eran remotos y opacos. Al intentar atraparlos se esfumaban con rapidez.
Al regresar, mis pies traían una jornada de oficina más larga y tediosa que nunca. Con pasos melancólicos e inseguros llegué hasta la estación, donde estallaban los trenes con infernal estrépito y allí sucedió el milagro. Mis ojos, llenos de incredulidad, se encontraron con un enorme hongo de lona verde alzándose a la derecha del camino principal.
Las cosquillas que le hacía el viento lo obligaba a hincharse y contraerse como la monstruosa barriga de una rana. Enhiestos los mástiles, tensas las cuerdas, multicolores las vallas, había allí toda una pequeña ciudad dentro de otra más grande, que duraría nada más que el tiempo suficiente para que a todos se nos hiciera costumbre verla y luego, seguramente, se marcharía una noche, de improviso, sin decir adiós, sin hacer ruido, rumbo a otras tierras, llevándose su magia a otras ciudades cuya gente se hubiera olvidado de reír.
Pronto llegué a la entrada del circo, que estaba como cosida con unas cuerdas entrelazadas que cerraban el paso. Espié por unas rendijas y apenas pude adivinar entre las penumbras los contornos de mil sillas dispuestas alrededor de la pista. Lo demás, tanto podía ser circo o no, pues no se alcanzaba a distinguir. El silencio, era roto unicamente por el viento que se colaba entre la lona y los ruidos que hacían unos chiquillos que como yo iban a espiar. Al notarlos, un pudor ruboroso me indujo a marcharme disimuladamente y me alejé de allí con cautela tratando de no tropezar con las estacas y poleas que habían sido regadas por los alrededores.
Un giro en torno a la carpa me permitió llegar hasta su parte posterior, donde se hallaban las tiendas y trailers en cuyo interior podía intuir cientos de historias. También por allí estaban las jaulas con las perezosas fieras que dormían al sol sin el menor indicio de ferocidad. Otros animales menos peligrosos pastaban sujetos por cuerdas, despreocupadamente, con la paz del trabajador que gana su sustento. Pero por más que caminé, no pude descubrir en ningún momento a alguno de los artistas cuyo número se anunciaba en los cartelones. En esos momentos el único indicio de la presencia del hombre, eran unas cuántas prendas que se r, pero temía levantar los ojos en la mitad de la faena y, aún con medio cuerpo afuera, encontrar un lustroso par de botas sustentando a un corpulento maestro de ceremonias, de largos bigotes y alta galera, con un respetable látigo en la mano. Y mi deseo de aventuras se marchaba más rápido de lo que había llegado.
Resignado a la inutilidad de la insistencia, decidí dejar la investigación para otra oportunidad. En realidad, se me había transformado en una necesidad irrefrenable el descubrir a los artistas entregados a sus tareas cotidianas, en trajes de todos los días, en ropas de entrecasa. Estaba seguro que andarían por ahí, paseándose entre los carromatos, practicando al sol alguno de sus actos más difíciles, dándole de comer a algún animal o, al menos, paseándose simplemente al aire libre. Pero no fue así.
Damas y caballeros, queridos niños, en este preciso instante, viendo ya caer la tarde, vuelvo a encaminarme a mi casa…
4 – La vida color de Circo
Los días pasaban uno tras otro y el circo permanecía en su sitio habitual como una larga visita. Durante el día era una montaña verde en la ciudad, una inmensa tortuga dormida, una colosal torta de lona y hierro.
Pero por las noches, cuando adquiría vida, se poblaba de luces de mil colores, se henchía de gente y manaba una música alegre y singular que atraía a quienes la oían con una fuerza irresistible. Aparecían por allí, entonces, mil sonrisas inocentes y otros tantos pares de ojos preñados de gozosas fantasías, listos para testimoniar las más arriesgadas proezas circenses. Finalmente llegaban desde algún punto indeterminado de la zona los consabidos vendedores de golosinas y globos, raros seres que nadie sabe de dónde surgen, pero llegan en el mejor momento de los encuentros, aprovechando el medio propicio para ofrecer sus mercaderías.
Los días pasaban, decía, y yo por una u otra causa debía posponer mi visita al circo sin remedio. La impotencia era cada vez mayor, pero debía resignarme a volver a casa sin haber franqueado el vestíbulo de lona. Sabía que no podría resistir mucho tiempo sin hacerlo, con riesgos de encontrarme un día con la penosa novedad de que se había marchado por la noche.
Pero llegó finalmente el momento tan esperado y un domingo por la tarde me hallé formando una larga fila frente al carromato en el que vendían las entradas. De todas partes venía gente que se sumaba a la ya iniciada serpiente ondulante que no terminaba de transcurrir ante la ventanilla, tras la que una mujer de aspecto grave y severo tomaba el dinero y entregaba la entrada, la alquímica llave de la puerta de la alegría, el pasaporte a la felicidad, el premio al haber sido niño…
Al fin crucé el vestíbulo de lona, con la misma emoción que si hubiera sido la barrera del tiempo. Un grupo de bellas muchachas uniformadas me dio la bienvenida como a tantas otras personas que llegaban y a mí se me figuraron todas ellas un manojo de sutiles flores de campo que sólo sabían reír.
Tomé ubicación en la platea, que no hubiera cambiado por nada del mundo, en medio de una misteriosa penumbra que presagiaba una luminosa función. Algunas tenues lamparillas encendidas como por descuido, parecían disimulados ojos vigilantes custodiando los misterios que allí podían existir. Cada vez llegaba más gente. Las sillas vacías eran menos cada vez que las miraba y una sutil música brotaba de un altoparlante impidiendo que alguien se marchara.
De improviso la música sutil se silenció. Y, primero uno y después otro, dos poderosos reflectores se encendieron desde diferentes recónditos lugares y se encontraron en el centro de la pista. Se alzó el telón permitiendo el ingreso a los artistas y estalló la música con sus acordes característicos, obligando al cuerpo a sumarse a ella con un gesto de nota procurando ubicarse en el pentagrama. Estallaron luces de colores por aquí y por allí, los espectadores se tensaron como arcos en las sillas y el elegante Maestro de Ceremonias saludó a las autoridades del lugar y al público, en nombre de la empresa Maxwell, Carthumn & Company, diciendo que se complacía de estar ante un auditorio tan distinguido.
Y tras esa presentación de rigor, comenzó la función propiamente dicha. Y todo ese mundo pleno de infinitos misterios para los profanos, comenzó a derramarse a raudales sobre ojos hambrientos de delicias y manos anhelantes de aplausos.
Se sucedieron los números con vertiginosa rapidez, confundiendo al Alma con sensaciones que no podían ser captadas en plenitud. Hombres y mujeres de otros mundos aparecían volando entre cuerdas, arrojándose desde trapecios, pendulando sobre camas elásticas, efectuando ballets sobre caballos, meciéndose en cuerdas como serpientes en las ramas, haciendo ronronear a feroces leones como si fueran gatos de alfombra, obligando a las bestias a sumar como peritos y otras tantas cosas increíbles que se me hace difícil enumerar por falta de palabras.
Me restregaba los ojos queriendo comprobar si eran reales esas muchachas prisioneras en mallas de luces que, con diminutos piececillos de resorte, saltaban como locas pelotas de goma. Pendientes de cuerdas se columpiaban, dejando escapar de sus prendas destellos multicolores de reflector más lentejuela. Y, en una perfecta armonía entre carne y cuerda, surgía ante mis ojos azorados una sobrenatural ondulación de niñas y aire. Entre ellas y el abismo, sólo una tensa red de hilo custodiaba el precioso tesoro que airoso se burlaba de la gravedad.
Y luego los volantineros, hop, vals vienés al aire, hombre al aire, uno, y vuelve, dos, y hop, sigue el vals. Y otra vez, que va y que vuelve, como un péndulo vivo que indica unos segundos en los que todos contienen el aliento. ¡Hop, hop y más hop! Y eso es poco. Salto al vacío con los ojos vendados y las manos atadas y otro volantinero que lo aguarda a quién sabe cuántos metros de altura, con la serena seguridad de quien camina por la vereda y lee el periódico al mismo tiempo… Se detienen los pechos, enmudecen las gargantas, se desorbitan los ojos. Y los volantineros saltan una y otra vez por los aires, semejantes a una cometa. Hasta que por fin, cuando ya nadie puede resistir más, terminan su faena y se van, gallardos, esbeltos, ágiles como pumas, devolviendo la paz a los corazones que los observaron desde abajo. Vuelen, vuelen volantistas, trépense hasta el cielo, vivos aeroplanos, y después enséñenle a volar a la Humanidad entera, para que pueda llegar cerca de Dios y ser mejor alguna vez…
Pero eso no es todo y siguen llegando otros seres que demuestran no temer a nada, trepando por cualquier cosa que sirva para trepar, haciendo mil cabriolas sobre cuerdas tensadas de uno al otro lado de la pista, como un diámetro maldito.
Y luego los caballos bailarines, que parecen sonreír satisfechos cuando al público aplaude, como chicos de la primaria, y no tienen inconvenientes ni les importa un maravedí que el rey de la selva sea el hombre.
Y qué decir de los payasos que todo el mundo no conozca… nacidos cuando el primer hombre se puso a hacer monigotadas para que ría su hijo. Rostros pintarrajeados donde no siempre se esconde la tristeza, pues si fueran tristes no podrían ser payasos. Trepando escaleras por detrás, haciendo malabares con gorros, guantes y bastones, dando giros imposibles en bicicletas desarmables, espantando con caídas que no llegan a serlo y sorprendiendo con sofisticadas fintas y maniobras para ponerse y quitarse un sobretodo…
Graciosa ecuyere que pasaste frente a mí en volutas de caballo, en zapatillas plenas de soles pequeños… En qué lejana estrella tendrás tu casa, que hacia ella te fuiste cabalgando después de pasar sonriéndome detrás de una nube de crines de tu Pegaso y cabellos tuyos pintados de noche…
En plena función mi cuerpo mustio quedó en la silla, solitario. Y mi Alma, desprendida de El por un momento, se coló a la pista y voló entre los trapecios, reptó entre cuerdas, hizo cabriolas desde los palos mayores, y se arrojó una y mil veces a la cama elástica, manchada con las luces reflectoras que se deshacían en millones de astillas coloreadas. Y fue amable domador, feliz payaso, avezado ilusionista, temerario trapecista, desquiciado equilibrista, ista de todo. Y plena, feliz, satisfecha, mi Alma en un momento volvió al cuerpo, que la aguardaba en la silla ya impaciente. Y me recuperé de tanta magia con gran dificultad. No quería dejar de ser el Circo que se había instalado en mi interior, ni quería alejarme de su música y su luz, y me hubiera quedado a dormir bajo la carpa que respiraba con la noche y con la brisa.
Lloró mi corazón al ver la bandera en la pista como símbolo de la Hermandad de las Naciones que convivían en el circo, sabiendo que acababa la función. Y todos los artistas tenían una bandera que agitaban al son de la música más feliz que se hubo escrito.
Y se curvaron los cuerpos elásticos en un “Gracias” efusivo y melancólico. Y sonó el último e inconfundible Sol-Do de los finales. Y se apagaron los reflectores como fósforos. Las bombillas de colores también cerraron sus ojos brillantes. Los artistas se perdieron veloces por el escenario, ahora oscuro. El público se marchó veloz, como la vida. Y todos se fueron. Y se hizo la oscuridad. Y fue el silencio. La nada. Todo acabó. Hubo que irse a casa. Me quedé un rato inmóvil, como tratando de ver qué ocurría. Nadie me llamó. Nadie me tocó. Nada quebró el silencio y ni siquiera se pudo oír el ruido del viento entre las lonas. Nada de nada.
5. Se apagaron las luces
La soledad se hizo cada vez más profunda, el silencio alcanzó límites insospechables, la tristeza creció como hiedra en el abismo de mi Alma.
Lentamente me fui hacia la noche, que latía afuera sus aflicciones. Sin deseos de marcharme di varias vueltas en torno al círculo de la Felicidad, tomando mil precauciones para no quedar prisionero de las cuerdas que reptaban por el suelo.
Ninguno de los artistas que hubieron actuado minutos antes en la pista, aparecía por allí en esos momentos. Pero un vaho de quimeras merodeando por los alrededores me aseguraba que, sin lugar a dudas, aunque yo no los viera, allí estaban todavía.
En la parte de atrás de la carpa, entre los carromatos, colgaban lamparillas encendidas que debían alumbrar algo particular que yo no alcanzaba a descubrir.
Las ideas se me arremolinaban en dudas y mentiras que ni yo mismo creía. Buscaba explicaciones inútiles e innecesarias sin saber quién había formulado la pregunta, ni cual era esta.
Vi a las mismas bestias de siempre, a los mismos vehículos, a los mismos objetos que, de tanto verme pasar, ya me conocían. Como tantas otras veces, el camión tanque lloraba sus gotas a través de la canilla mal cerrada.
Una bombilla de pronto se apagó. Al poco rato la siguió una segunda. Todas las bombillas se apagaron en breves segundos sin que yo pudiera saber quién las controlaba.
Lo más veloz que pude, volví a la entrada que estaba al otro lado del circo. Y cuando llegué estaba cerrada, con la conocida costura de cuerdas. ¿Quién cerró así la entrada a mi Mundo de Sueños Imposibles? Aún se movían las lonas, como si las manos que las habían cerrado aún estuvieran por ahí, sin dejarse ver.
Fue entonces cuando se me ocurrió la idea de los Fantasmas. Y desde ese instante comencé a preguntarme si los artistas del circo no serían Almas Vagabundas aguardando el momento de poder entrar al Paraíso, pagando culpas viejas de esa singular manera.
En realidad el aspecto de los artistas, si uno bien lo analizaba, era etéreo.
Pero… ¿acaso era posible que esas tiernas figurillas de ceñida malla y zapatillas voladoras, pudieran haber sido pecadores merecedores del Purgatorio? ¿Acaso esos maravillosos seres podían ser las ominosas Almas de temibles criminales que residen en las cercanías del Averno? ¿Agentes del más angustioso horror, ladrones de paz, asesinos de alegrías bien ganadas, terroristas en países de cuentos de Hadas, traficantes de sueños y amores juveniles? Si, podrían, me dijo una voz interior. Y me sentí presa de un temor indescriptible. Si, por qué no, bien podrían ser las Almas en Pena de cien generaciones de pecadores perdidas en el último sótano del espacio…
¿El sueño me estaría jugando una mala pasada? ¿La fantasía tal vez había superado mi capacidad de realidad? ¿Mi imaginación habría abierto demasiado sus compuertas? No lo supe. Y hasta hoy me dura la duda de si serán o no fantasmas los artistas de circo.
Al otro día, volviendo de la oficina fui hacia allí. Y mis pies se debieron aferrar muy bien a la calle para no dejarme caer. El circo, mi circo, había desaparecido. Ya no había allí ni cuerdas, ni mástiles, ni lonas verdes, ni carteles de colores, ni carromatos trotamundos, ni nada parecido. Apenas me recobré corri hacia el lugar donde había andado tanto los últimos días y comprobé que ni siquiera había dejado un mísero clavo olvidado, como para asegurarme que allí estuvo el circo. Parecía que hasta habían tapado cuidadosamente los hoyos donde habían estado clavados los palos y estacas. Ni siquiera quedaban huellas de los numerosos vehículos que por allí habían pasado. ¿Cómo saber si en realidad habría estado el circo allí?
Cerca pasaron varios niños que me miraron extrañados. Ellos tal vez me habrían podido decir algo, pero preferí no preguntarles, con el secreto temor de que me respondieran que no, que ningún circo había estado allí, o cosa parecida.
¿Qué oscuro rincón de los cielos los tendrían como visita? ¿En qué vasta región del firmamento estarían clavadas ahora sus tiendas? ¿Qué ignotas tierras pisarían los neumáticos de sus carromatos? ¿En qué mítica región estelar desplegarían sus alas luminosas salpicadas de ígneas lentejuelas? ¿Dónde sonarían los instrumentos de la banda aquellas melodías, bellas para todos los planetas? ¿Qué astro vería danzar el vals a los caballos? ¿Dónde estaría el camión cisterna con la canilla mal cerrada, perdiendo sus preciosas gotas lágrima, como estrellas fugaces, despreocupadamente?
No importa. Cualquier lugar es bueno para el circo y donde quiera que esté sé que habrá alguien inspirándose un poema, un cuento, o una canción en él. Merodeando por sus alrededores por las noches. Soñando, después de concluida la función, con zapatillas voladoras.
Me levanté sin darme cuenta, poniendo rumbo a casa con ganas de llorar.
30 de abril de 1980
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